ISSN 2618-5628
 
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Maternaje, Parentalidad    
     

 
Reflexiones sobre la parentalidad por adopción
 
Elizondo, Celeste
Universidad de Buenos Aires (UBA)
Juzgado de Familia Nro 3 de San Isidro
 

 

Introducción

Durante siglos la adopción ha sido considerada una forma de darle hijos a matrimonios con imposibilidad de gestar, también un acto altruista, solidario, de beneficencia, tal vez una forma de realizar un aporte a la comunidad. De una manera u otra, desde una perspectiva adultocéntrica, se centró la mirada de la sociedad y del Estado, en los postulantes que deseaban/querían adoptar un hijo/a.

Actualmente, en Argentina, un nuevo paradigma de la adopción, propone un proceso centrado en el interés superior del niño, niña y adolescente sin cuidados parentales, escuchando y priorizando sus necesidades y deseos para que puedan volver a tener una familia.

De esta manera, los niños, quedaron ubicados en el centro de la escena, priorizándose su derecho a crecer y desarrollarse dentro de un ámbito familiar. Se trata de asegurar el derecho de los niños a vivir en una familia que brinde cuidados y sostén físico, psicológico y emocional, como cimiento fundamental de un desarrollo estable y seguro: La mirada está puesta en la construcción del vínculo.

La propuesta del presente trabajo es reflexionar sobre el proyecto de parentalidad a través de la adopción, desde una perspectiva psico-social, partiendo de la maternidad y de la paternidad, como funciones, que exceden los aspectos biológicos.

Asimismo, una invitación a reflexionar sobre nuestro quehacer como profesionales de la salud mental trabajando en interdisciplina, en la conformación de la configuración familiar adoptiva.

 

Adopción y algunos mitos…

Para reflexionar sobre el proyecto de parentalidad a través de la adopción, me parece necesario aclarar conceptos básicos sobre el proceso y la figura de adopción, para poder enfocarnos luego, en desarrollar conceptos sobre maternidad y la paternidad como funciones, desde la perspectiva psico-social.

Considero fundamental esclarecer conceptos y desterrar mitos que circulan en relación a la temática que demuestran cierta idealización, prejuicios y creencias en el imaginario social.

Asimismo, quisiera aclarar que el presente artículo se basa en la Ley Argentina, con vigencia en todo el territorio nacional.

También agregar, que cuando menciono “madre” o “padre”, estoy refiriéndome a funciones que pueden asumirse independientemente del sexo biológico.

En primer término, para definir la adopción, quisiera destacar que, desde nuestro Código Civil de la Nación Argentina (CCN), reformado en 2015, Título V: Filiación. Capítulo 1: Disposiciones generales; Art 558), la adopción se define como una fuente filial.

Según se establece, contamos con tres fuentes de filiación:

-Biológica (por naturaleza, también definida actualmente “espontanea”)

-Técnicas de reproducción humana: “T.R.H.A.” (implica voluntad procreacional)

-Adopción (se construye el vínculo filiatorio a través de una sentencia judicial)

Por tanto, la adopción es una figura legal, la cual se rige por el principio de interés superior del niño, niña o adolescente, esto implica asegurar la protección y cuidado de los mismos, teniendo como eje:

-El Respeto por su derecho a la identidad.

-El agotamiento de las posibilidades de permanecer en su familia de origen o ampliada.

-La preservación de los vínculos con los otros hermanos.

-El derecho a conocer sus orígenes.

-El derecho a que su opinión sea tenida en cuenta según su edad y su madurez, es por ello que a partir de los 10 años el consentimiento del niño es obligatorio.

La invitación es pensar la adopción como un proyecto en sí mismo, considerada como un proyecto de familia disponible para un niño o niña que por diversos motivos ha sido privado de crecer en el seno de su familia de origen.

Desde esta perspectiva, es dable aclarar, que la adopción no es una forma de dar hijos a quienes no los tienen (Giberti, 2010), es decir, la adopción se trata de dar solución a la problemática del niño y no al deseo o necesidad de los adultos de ser padres, aunque ellos también se verán beneficiados cumpliendo su deseo de maternidad y/o paternidad.

En este punto, queda planteada la necesidad de evaluar cuán elaborada está la imposibilidad de gestar, en quienes se ofrezcan como pretensos adoptantes (Alkolombre, 2012; Otero, 2019). El duelo no resuelto por cada uno de los padres adoptivos puede traer consecuencias negativas al individuo, a su pareja y al futuro hijo adoptivo, afectando al individuo y a su familia (Azócar, 2000).

Soulé (1986) propuso al respecto: “Es preciso hablar de la fecundación y mostrar que es esto lo que no se ha podido realizar, pero que las relaciones sexuales de los padres tienen unos vínculos y unas actividades normales. Los padres adoptivos deben saber hablar de su esterilidad, sin mostrar al niño que ellos están heridos aún. Es preciso que esta esterilidad y la herida del amor propio sean superadas, ya que si no, el niño adoptado tendrá siempre la impresión de que está aquí para llenar alguna cosa y no por él mismo”.

Cabe aclarar que si bien, la infertilidad no es una psicopatología, el diagnóstico y tratamiento con Técnicas de Reproducción Asistida (TRHA) significa un proceso largo y estresante (Moreno-Rosset, 2000) que provoca alteraciones emocionales como ansiedad y depresión, en un porcentaje elevado de parejas (Moreno-Rosset, 2000; Smeenk et al., 2001; Moreno-Rosset y Martín, 2009; Seibel et al., 2003; Chang, Chen, Juang y Tsai, 2004, entre otros).

Izzedin- Bouquet De Duran (2011) plantea que la infertilidad y el sometimiento a técnicas de fertilización asistida son ejes centrales para la Psicología de la Reproducción ya que son factibles de desencadenar alteraciones emocionales, trastornos psicológicos, frustración y mucho estrés. Los autores concluyen que, el impacto psicológico de los tratamientos de infertilidad suele ser negativo y la orientación y/o intervenciones psicológicas muestran resultados positivos que regulan los desajustes emocionales en las parejas infértiles.

En esta línea, otro estudio (Espinoza, Yuraszeck, Salas, 2004) llega a la conclusión que los padres que estén adecuadamente preparados a la situación de adopción, que tienen resueltos sus problemas de infertilidad y/o de pareja relacionados a la adopción, podrán ayudar mejor a sus hijos adoptivos y afrontar el desafío extra de ser padres adoptivos.

Por lo antes planteado, resulta indispensable revisar este aspecto en quienes se presenten como postulantes para afrontar un proyecto adoptivo.

La adopción también está asociada a un acto de solidaridad o beneficencia (Moreno, 2000), entendida como un acto altruista, idealizando a los adoptantes y al acto de adoptar (Otero, 2019). Estas representaciones tan arraigadas en el imaginario social y colectivo, derivan de usos, costumbres y prácticas del pasado (Fernández, 2015).

Si nos remontamos a la historia, en nuestro país, en épocas coloniales, era frecuente encontrar niños abandonados en las calles que morían de frio o comidos por animales (Fernández, 2015), pensemos que, en aquella época, la concepción de infancia no existía como tal (Aries, 1987), asimismo, los factores morales en relación a los embarazos extramatrimoniales, la maternidad y paternidad, estaban regidos por los valores de la Iglesia Católica (Moreno, 2004).

La creación de la Casa de los niños Expósitos, fue la respuesta del Virrey a la problemática de los abandonos de niños, pensada como un servicio a Dios y al Rey, la casa tenía dos objetivos: caridad y la formación de los niños y niñas para el progreso económico de la sociedad. Esta institución era regulada por la Iglesia y mantenida por personas de alta representación social, con la fuerte concepción cristiana de economía de salvación, esto es aportar recursos materiales y así, asegurarse la salvación de sus almas (Fernández, 2015).

Estas tareas pasaron de ser coordinadas por la Iglesia a manos de las Sociedades de Beneficencia. Luego estas Sociedades de Beneficencia fueron intervenidas por el Estado, con el objetivo de realizar un ordenamiento social. Así observamos, cómo las nociones de caridad, beneficencia, altruismo y control social, se fueron instalando. (Fernández, 2015; Golbert, 2010; Moreno, 2004).

Precisamente el Estado se asignó la tarea de educar a los niños vulnerables considerados en peligro, los mismos eran separados de sus familias de origen y alojados en instituciones que se proponían reemplazar las funciones de crianza (Golbert, 2010).

Observamos que muchas de estas ideas, aparecen aún instaladas en la actualidad y continúan calando hondo en nuestras subjetividades y en el inconsciente colectivo, el cambio de paradigma hacia el interior de las instituciones, y a nivel social, no es tarea sencilla.

La sanción de la Ley 26.061, abrió el camino hacia una mirada integral de derechos, el niño pasó de considerarse “objeto de tutela” a “sujeto de derechos” como la educación, salud, desarrollo social, cultura, recreación, juego y participación ciudadana. {ver nota de autor 1}.

Posteriormente, en la misma línea, llegaron las reformas del CCN, ya mencionadas.

Recapitulando, luego de un recorrido por las diferentes representaciones, preconceptos, creencias e ideas que circulan en relación a la temática, podemos esclarecer el origen de las mismas.

En la actualidad y como se mencionó previamente, se entiende por adopción o filiación adoptiva al acto jurídico mediante el cual se crea un vínculo de parentesco entre una o dos personas, se trata de procedimiento jurídico, con un innegable alcance en los aspectos psicológico y social, por lo que se considera debe ser abordada desde un punto de vista interdisciplinar.

El verbo adoptar, en su etimología proviene del latín “adoptāre”. Compuesto del prefijo ad: cercanía, proximidad; y de optāre: desear, elegir, escoger. De modo que adoptare expresa la idea de elegir o desear a alguien o algo para asociarlo o vincularlo a sí mismo.

Adoptar quiere decir prohijar, asegura Eva Giberti (1987): “Se trata de un niño que previamente no ha sido hijado, ya que no fue mantenido al lado de sus progenitores como aliados de su prole”, es cuidar a un niño para toda la vida ofreciendo cuidados y sostén físico, psicológico y emocional, como cimiento fundamental de un desarrollo estable y seguro, tal como regula nuestra legislación.

 

La mirada puesta en la infancia

El nuevo paradigma de adopción, centrado en el interés superior del niño, niña y adolescente sin cuidados parentales, cumple con escuchar y priorizar sus necesidades y deseos para que puedan volver a tener una familia. {ver nota de autor 2}.

Se busca una familia para el niño y no un niño para una familia”, parece un juego de palabras, pero resume todo un modelo de intervención. De esta manera, los niños, están ubicados en el centro de la escena, priorizándose su derecho a crecer y desarrollarse dentro de un ámbito familiar.

La literatura científica al respecto, desde diferentes corrientes teóricas, coinciden en que el niño depende de un otro que lo sostenga para poder construir la seguridad afectiva necesaria para su desarrollo.

Spitz (1945), a partir de sus investigaciones experimentales advirtió sobre los efectos adversos de la deprivación maternal y la falta de figuras de apego, demostrando las consecuencias en las diferentes áreas del desarrollo: motriz, cognitiva, el lenguaje y el área social. El desarrollo psíquico del niño depende absolutamente de un otro que le asegure intercambio de afecto y seguridad.

Particularmente, en el área de adopción, se trata de niños que han atravesado una ruptura vincular, adquiriendo huellas significativas en su psiquismo temprano. Esto requiere un trabajo de de-construir aquel desajuste vincular y favorecer la construcción de un vínculo saludable.

Lo interesante es que sucede independientemente de la edad del niño. Podemos observar niños que cronológicamente han pasado la primera infancia, efectuando una regresión a un estadio primario, como función reparadora lo cual nos recuerda la atemporalidad del psiquismo …

En el marco de un dispositivo grupal, en el que se ofrece un espacio de reflexión para familias por adopción, se presentó una madre que recientemente había adoptado a un niño de 8 años, describía con admiración y cierta preocupación que el mismo “pedía upa” y de ese modo se dormía, y por momentos “hablaba como bebé”.

Se trataba de un niño, nacido de modo prematuro que requirió cuidados intensivos las primeras semanas de vida. La progenitora dejó el hospital, dejando al niño allí, desde aquel entonces, el Estado intervino con una medida de abrigo. El niño permaneció en el hospital hasta recuperar su adecuado estado de salud, ya que había estado muy comprometido, luego fue derivado a un hogar de la ciudad. La espera del niño fue más prolongada de lo esperable, porque en el proceso hubo diferentes cuestiones que se interpusieron.

Luego de dos vinculaciones fallidas, comenzó la vinculación con quienes por fin configuraría su familia, no fue sencillo, requirió de un gran acompañamiento institucional para todo el grupo familiar, además de los dispositivos individuales.

Al comenzar las vinculaciones, estas conductas regresivas no se presentaron, sino más bien se presentó como un niño desafiante y esquivo, no aceptaba plenamente el contacto físico, la madre relata que fue luego de un tiempo que el niño comenzó a expresar estas necesidades…”

Entendemos que dicha conducta es esperable, así como reparatoria y necesaria, ya que fue a partir de estos cuidados amorosos y sostenidos, la disponibilidad simbólica, emocional y material, es que el niño, puede hacer esa regresión, como una segunda vuelta, pero esta vez sostenido y cuidado. De ese modo favorece la creación de nuevas huellas, a través del establecimiento de un vínculo seguro que lo ayuda a desarrollarse física y psíquicamente de un modo saludable.

Luego en un marco individual, pudo profundizar en la comprensión de los efectos de la llegada al mundo del niño, las huellas de prematurez en el cuerpo y en el psiquismo, la falta de contacto o el escaso contacto de los primeros tiempos, pensar el abandono y la historia de su primera infancia y los efectos innegables de la institucionalización.

En este sentido podemos pensarlo como una segunda oportunidad para ese niño que apuesta nuevamente a un vínculo. No fue tarea fácil para esta madre que tuvo que disponer una presencia física permanente, por momentos agotadora según sus dichos.

Considerando con especial atención cuestiones emocionales que se constatan comúnmente en niños/as adoptados (Grinberg y Valcarce, 2003), quienes han de elaborar, además de los problemas inherentes al desarrollo normal, las experiencias y fantasías de haber sido abandonados, rechazados por sus padres biológicos, o la incapacidad de éstos para cuidarles. Los autores plantearon que no sólo existe la vivencia de una pérdida ocurrida, que produce dolor, vergüenza y rabia, sino la angustia de que pueda repetirse.

Este escenario estructural provoca un incremento de la ansiedad de separación, bien como aumento de la dependencia de la madre adoptiva o bien rechazarla para vengarse o anticiparse al rechazo.

En este punto cobran especial vigencia las palabras de Winnicott, (1963) “Aunque la adopción resulte exitosa, siempre implica algo distinto de lo habitual, tanto para los padres como para el niño”.

Guillen (2002) propone que la adopción será exitosa en la medida en que los problemas y avatares que conlleva vayan pudiendo solventarse sin un nivel de conflicto mayor que el que la propia situación genere, porque, espero que estemos de acuerdo, adopción exitosa no es aquella que no presenta problemas. Sospechosa sería la ausencia de éstos. Aquello distinto y poco habitual se presenta en los modos particulares de construir familias por adopción.

 

Maternidad desde el enfoque psicosocial

La maternidad como función excede el plano biológico, implica una serie de transformaciones psico sociales, transgeneracionales y familiares. Los vínculos se construyen, por lo que la parentalidad (por la vía que se presente), implica -siempre- la necesidad de un proceso simbólico, gradual, progresivo y complejo.

De esta manera, parafraseando a Daniel Stern (1999) podemos afirmar que una madre tiene que nacer psicológicamente al igual que su bebé nace de forma física.

Se trata del nacimiento de una nueva identidad, fruto del sentimiento de ser madre y que va a dar lugar a la aparición de lo que denomina la “psiquis materna”.

Convertirse en madre se consigue gracias al trabajo que cada mujer realiza en el campo de su mente, trabajo que se convierte en una actitud maternal, una experiencia profunda y privada, que, entre otras cuestiones implica la reorganización de su identidad (reorganizar sus roles e identidades previas, así como establecer nuevas prioridades)

Esta actitud maternal no se produce en un momento dramático concreto, postula Stern, sino que surge gradualmente a través del trabajo acumulativo de los meses que preceden y siguen al nacimiento físico del bebé, podríamos agregar a la adopción del niño/niña.

Oiberman, pionera en nuestro país en el estudio e investigación de la Psicología perinatal, afirma que la maternidad debe ser abordada como un proceso psicosocial. Este proceso se caracteriza por el contacto emocional que la madre le otorga a su hijo, que implica un proceso psíquico, una transformación, relativas al plano psicológico y emocional (Oiberman, A., 2008). {ver nota de autor 3}.

Los hijos biológicos también son hijos adoptados. El hecho de nacer no es suficiente para ser hijo de nuestros padres y el hecho de que tengamos hijos no es suficiente para que nos constituyamos como padres. Hay que dar un paso más trascendiendo a la biología para poder entrar en el terreno del afecto y el amor en el que incluir a ese niño/a (Guillen, 2002).

Este conjunto de procesos psicoafectivos que se desarrollan en la mujer, es denominado “Maternaje”, el mismo es definido como el conjunto de procesos psicoafectivos que se desarrollan e integran en ocasión de la maternidad (Recamier, 1979, citado por Oiberman, 2013).

Desde el aspecto psicológico, el maternaje supone la posibilidad de adquirir ciertas habilidades y aptitudes, es una disposición a conectarse emocionalmente con el niño/a que permite adecuar los cuidados a sus necesidades. No se basa en el instinto ni es natural en la especie humana, sino que requiere cierta capacidad de empatizar con niño, adecuando el registro de una serie de conductas no verbales (Oiberman y Paolini, 2018)

Asimismo, la interpretación que la madre haga sobre las conductas y señales del niño/a, la orientan a adaptar lo más posible su comportamiento para satisfacer las necesidades que el mismo vaya presentando. Se trata de una adaptación y regulación permanente, un ajuste entre ambos.

En términos de Winnicott (1971), una madre suficientemente buena, es aquella que cuenta con la capacidad de realizar una adaptación activa, viva y sensible a las necesidades de su hijo. Esto la remonta indefectiblemente a su propia infancia, a la propia historia de cuidado, a los patrones infantiles que dejaron huellas imborrables en su psiquismo.

Otro concepto clave que brindó Winnicott (1966), en esta línea, es “la devoción en el cuidado de su hijo”, que implica su adaptación sensible y activa a las necesidades del niño. La madre con una actitud devota, esto es, con una actitud de máxima entrega, de plena disposición o de total consagración, atenta al cuidado corriente.

En síntesis, entendemos que los vínculos se construyen, las parentalidades se construyen y requieren de procesos de trasformación y adaptación psíquicos y, asimismo, de una gran disponibilidad emocional, psíquica y física.

Para ello, es fundamental la presencia de una matriz de apoyo social para sostener, contener y acompañar dichos procesos, compuesta por la familia ampliada, la comunidad, las instituciones y sus profesionales intervinientes.

 

Intervenciones en el proceso de adopción

El quehacer profesional en los procesos de adopción es de gran riqueza y diversidad, entre otras cuestiones por su carácter interdisciplinar: abogados/as, Jueces, psicólogos/as, trabajadores/as sociales, psiquiatras, operadores, cuidadores, realizando intervenciones en un trabajo mancomunado con adultos y niños, instituciones y familias, entre deseos y esperas.

En lo que respecta al abordaje desde área psicológica, como psicólogos y psicólogas podemos intervenir tanto en la preparación y evaluación de familias que desean adoptar, en el seguimiento y preparación de los niños y niñas en estado de adoptabilidad, en el seguimiento de las familias que ya hayan adoptado o en la atención clínica de adultos, niños, y/o parejas, ejerciendo al interior de las instituciones y en la práctica clínica.

Desde el abordaje institucional, integrando los equipos técnicos de juzgados de familia, los registros de aspirantes a guarda con fines de adopción, equipos interdisciplinarios de hogares y los servicios locales de protección de derechos. La intervención se desarrolla durante las distintas etapas del proceso de adopción y los objetivos se enmarcan de acuerdo a la etapa del proceso y a la institución en la se encuadre dicha intervención.

Considero fundamental que el trabajo con los pretensos adoptantes, comience por poder despejar prejuicios, mitos y fantasías relacionadas a la adopción como figura y al proceso propiamente dicho, pero también en relación a las parentalidades, revisar los modelos propios, los mandatos y las representaciones que acarrean. Se trabaja en relación a la disponibilidad adoptiva con los postulantes, fortalecer las construcciones familiares, visibilizar los procesos que deben atravesar los niños y niñas.

Es así, que creo relevante favorecer espacios individuales, espacios para la pareja y grupos de reflexión, lo que permite compartir y elaborar temores, dudas y fantasías. Existen modelos grupales de intervención pensados como un espacio de intercambio y sensibilización sobre la temática, generando además un espacio de alojamiento.

La propuesta es hacer que el tiempo de espera, sea un tiempo productivo, de re-pensarse y de interpelarse.

Es fundamental generar espacios donde poder pensarse ejerciendo el rol parental: ¿Cuál fue el recorrido del proyecto, como surge en sus vidas? ¿Cuáles son las representaciones de ser madre, de ser padre, qué significaciones imaginarias y simbólicas tienen sobre la parentalidad ¿cómo se imagina cada uno a sí mismo?

¿Cuál es la imagen introyectada de hijo?, es decir, ¿qué es “ser un hijo” para esa persona? inevitablemente los convoca a su historia, a sus modelos de apego, al entramado vincular que los atraviesa (Otero, 2019).

En cuanto a las crisis y a los duelos, ¿cómo las afrontan?, en lo singular y como pareja, si corresponde.

Resulta también fundamental el trabajo no sólo con las necesidades materiales y las obligaciones de crianza, sino también con la responsabilidad afectiva, lo que concierne a la protección y formación integral de los niños, teniendo en cuenta las necesidades subjetivas y deseos individuales.

Asimismo, la intervención requiere poder profundizar respecto a la red familiar y social, ¿cuentan con red sólida, contendora, o por el contrario es lábil, escasa, obstaculizadora? También poder revisar circuitos de la comunicación y consenso en la pareja.

Del mismo modo, poder acompañar a los niños, niñas y adolescentes, en su proceso, de acuerdo a la edad, se tratará de historizar, de poner palabras, de prestar significados, de acompañar la elaboración de su pasado.

Indagar ¿cómo le gustaría que sea su familia?, ¿Qué esperan de la misma? Rastrear fantasías, miedos, deseos, tramas vinculares. ¿Cuáles son sus características, sus necesidades bio-psico-sociales? Las necesidades y características de su subjetividad, serán faro a la hora de seleccionar la familia, tenemos la responsabilidad de acompañarlos empáticamente, en este tiempo de espera de una familia que los proteja, los respete, cuide y favorezca su desarrollo integral.

Para ello, como profesionales necesitamos contar con formación especializada y actualizada, supervisión permanente y nutrirnos de herramientas sólidas de evaluación y clínicas, que favorezcan intervenciones adecuadas y favorecedoras de proyectos adoptivos positivos.

 

Notas de autor

1. Ley Nacional N° 26.061 de Protección integral de los Derechos de las niñas, niños y adolescentes: tiene por objeto la protección integral de los derechos de las niñas, niños y adolescentes, para garantizar el ejercicio y disfrute pleno, efectivo y permanente de aquellos reconocidos en el ordenamiento jurídico nacional y en los tratados internacionales en los que la Nación sea parte. Los derechos aquí reconocidos están asegurados por su máxima exigibilidad y sustentados en el principio del interés superior del niño.

2. La Convención de los Derechos del Niño (1989), a la cual la República Argentina adhiere, reconoce el derecho a tener una familia, como uno de los derechos básicos del niño.

3. Especialidad de la Psicología que aborda el estudio e investigación del proceso de maternidad y paternidad, embarazo, parto, posparto y primera infancia.

 

Referencias

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4ta Edición - Julio 2020
 
 
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