ISSN 2618-5628
 
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El desafío de transformarse en adulto
 
Houlberg, Jessica
Fundación Foro
 
Radivoy, María José
Fundación Foro
 

 

Introducción

Al recibir un paciente en nuestra práctica clínica, uno de los primeros datos que preguntamos, además del nombre es la edad. La edad se presenta como un primer dato para empezar a poner en contexto a esa persona, a ese sujeto y el motivo de consulta por el cual recurren a nosotros. De hecho habemos quienes nos dedicamos a atender niñas/os, adolescentes o adultas/os exclusivamente, hay formaciones y especialistas en una u otra etapa vital. Y es que no hace falta trabajar en salud mental, para saber y entender que cada etapa vital tiene sus propios desafíos y crisis características.

La psicología evolutiva, también llamada psicología del desarrollo o de los ciclos vitales, es una rama de la psicología que atraviesa de manera transversal nuestra práctica profesional, sin importar la escuela teórica a la que seamos más afines o la especialización que tengamos en uno u otro campo del amplísimo mundo que abarca la profesión.

La Psicología Evolutiva estudia los cambios cognitivos, emocionales y comportamentales de la persona a lo largo de su desarrollo, entendiendo por desarrollo el acceso a estados cada vez más complejos y “mejores” que los anteriores (Cantero y col., 2011)

No es casual que esta rama de la psicología se haya dedicado a estudiar principalmente los cambios que se suceden durante la infancia y adolescencia, puesto que estas son las etapas donde a distintos niveles (biológico, cognitivo, conductual y emocional) los mismos son más vertiginosos y notorios. Hacia fines de la adolescencia y alcanzada la etapa adulta sabemos hoy que el ser humano se encuentra a nivel físico y neurocognitivo en el máximo potencial de sus capacidades.

Pero el desarrollo no culmina con el inicio de la etapa adulta, de hecho consideramos que la adultez temprana (etapa comprendida entre los 20 y los 40 años de edad aproximadamente) es una etapa vital con enormes y variados retos y en donde se ponen de relieve los múltiples factores, biológicos, psicológicos, sociales, culturales, e incluso económicos y étnicos, que darán un encuadre a las posibilidades de alcance del “máximo potencial” de desarrollo de la persona humana.

Una vez alcanzado el “máximo potencial” biológico y cognitivo, comienzan los que son quizás los mayores desafíos que enfrenta la persona humana en el camino hacia la construcción de su identidad y el alcance de la “mejor versión” de sí mismo.

Es en esta etapa donde en la gran mayoría de las culturas y en todo el escalafón socioeconómico, los seres humanos deben enfrentar, la salida del hogar de la familia de origen, la elección de una vocación, independencia económica, la toma de decisiones respecto de la propia parentalidad y la pareja, en pocas palabras, la construcción de un proyecto vital. Todas estas decisiones y elecciones se ven, de una u otra manera, acompañadas por un desarrollo personal producto de un aprendizaje creciente que irá enmarcando y afianzando la identidad adulta y durante este proceso, en el mejor de los casos, florecerá una conciencia creciente de autodeterminación.

La idea de escribir este artículo surgió de la frecuencia con que recibimos en nuestra consulta adultas/os jóvenes, que en muchos casos y por diversos motivos no se sienten seguras/os de considerarse como tales, angustiados y en crisis por las dificultades que encuentran en la consecución de los objetivos considerados como “pilares de la vida adulta”. A esto se agrega que aunque en muchas ocasiones el motivo de consulta no sean directa o explícitamente las dificultades en la resolución de estas “tareas”, la sintomatología con que se presentan se ve atravesada,o incluso agravada por las mismas.

A partir de lo dicho y desde ese interés de aportar y enriquecer miradas decidimos reflexionar sobre la adultez como concepto actual. ¿Qué significa ser adulta/o hoy?, ¿Cuáles son las tareas implícitas que asigna la sociedad a esta etapa vital?, ¿Realmente hay dificultades a la hora de ingresar en la adultez o se ha modificado la construcción de lo que hoy significa ser adulta/o?, ¿Hay una nueva forma de abordar la adultez por parte de la generación “Millennial” y la emergente generación “Centennial”? , ¿Qué conceptos o valores se asocian a la adultez y cómo los entienden las/os jóvenes de hoy? , ¿Cual es el rol de la autodeterminación en la vivencia de una adultez plena?

 

La adultez como constructo social multideterminado y el contexto familiar latinoamericano

Los seres humanos somos seres de lenguaje, sociales, sistémicos e interdependientes. Atravesamos nuestra socialización primaria en el seno familiar. El sistema familiar nos estructura y nos define. En esencia las familias dan marcos de pertenencia y normatividad que deben apoyar la pertenencia pero también favorecer la individuación. Las familias sin embargo están en constante intercambio de información con lo social y cultural, las familias cumplen ciclos recursivos y espiralados nutriéndose de la cultura y brindando homeostasis al devenir del ser humano. De acuerdo al concepto de familia de Minuchin (1984) “La familia es un grupo natural que en el curso del tiempo ha elaborado pautas de interacción. Estas constituyen la estructura familiar que a su vez rige el funcionamiento de sus miembros. Debe apoyar la individuación y a la vez brindar un marco de pertenencia¨. La familia como primer agente de socialización nos brinda un contexto de pertenencia complejo que nos define y condiciona. Es en un sano equilibrio entre individuación y pertenencia que podemos pensar en una entrada genuina a la adultez. Siguiendo la mirada de Minuchin, podemos clasificar a las familias en aglutinadas o desligadas. Siendo las primeras de límites difusos, con un exaltado sentido de pertenencia y cierto abandono de la autonomía. Por el contrario las familias desligadas presentan una mínima cohesión entre sus miembros y máxima individualidad.

Las familias latinoamericanas tienen como modelo dominante el de ¨la familia nuclear como modelo ideal con presencia de ambos padres vinculados por matrimonio, con perspectiva de convivencia de larga duración, hijos propios y rígida distribución de roles¨ (Arriaga 2007).

Si bien aún en latinoamérica prevalece desde un modelo patriarcal este tipo de modelo familiar, la creciente incorporación de la mujer al mercado laboral, la globalización y la apertura social a temas como la legalización del aborto, la diversidad de género, la ley de matrimonio igualitario son sólo algunos ejemplos de la creciente diversificación de las estructuras familiares.¨Existe gran variedad de arreglos familiares: las personas pueden optar por vivir solas, en parejas sin hijos, en hogares monoparentales, en uniones consensuales, en uniones homoparentales. Se sabe de un creciente número de familias ensambladas (parejas que se unen y traen sus hijos de uniones anteriores y de otros padres), así como de familias a distancia, producto de las migraciones de alguno de sus integrantes, pero cuyo peso se desconoce porque no es posible inferir su magnitud a partir de la información de censos de población y de encuestas de hogares¨ (Arriaga 2007).

La región latinoamericana es la más desigual del mundo. El estereotipo de la familia latinoamericana responde a los indicadores de familia aglutinada, padres sobreprotectores y presentes desde lo económico y psicológico. Con una necesidad de pertenencia y una cultura de unión familiar que por un lado establece lazos profundos y solidarios, una red de sostén invaluable pero que también puede incrementar las dificultades de emancipación económica, política y sobretodo psicológica. A su vez transmitiendo desde un modelo de organización patriarcal cierta desigualdad de género siendo la mujer visualizada como única cuidadora y agente de socialización de los hijos y al varón como principal proveedor económico. Si bien la mujer ha aumentado su participación en el mercado laboral como mencionamos anteriormente, dentro del seno familiar la distribución de roles y tareas está determinada por este modelo, sintiendo aún la mujer la sobrecarga de sostener ambos roles asignados. El modelo de masculinidad también en constante transformación nos habla de un mundo cambiante, donde el género pasa a ser un contínuo más diverso y flexible.

Dentro de la entrada a la adultez que es el eje de este artículo, este contexto económico social y de cambio de paradigma que viven las familias latinoamericanas impacta directamente en las/os jóvenes provocando un retraso en la edad del matrimonio, nuevas formas de relaciones de pareja, la disminución de la tasa de natalidad, un aumento en los años de escolarización y retraso del ingreso al mercado laboral. La jóven mujer latinoamericana se encuentra a su vez en tensión entre su creciente participación en el mercado laboral y el papel que socialmente se le asigna.

Entonces podemos concluir que la independencia económica y autonomía es más difícil de alcanzar en las/os jóvenes latinoamericanas/os debido al tipo de conformación familiar, a la estructura patriarcal y por el contexto socioeconómico que atraviesa la región.

La vida humana tiene aspectos biológicos propios del mundo animal y aspectos adquiridos y sociales netamente del mundo humano. Los seres humanos nacemos en estado de indefensión, inmadurez y dependencia. Muchas especies animales también, sin embargo rápidamente llegan a su madurez y autonomía. Hay animales que conservan cierto comportamiento social pero ninguna especie cumple el Ciclo Vital de la familia como lo hace el ser humano. Este concepto fue creado desde la psicología sistémica, por la escuela estratégica fundada por Haley (1980) a partir de las conceptualizaciones de Milton Erickson. Él desarrolló en concepto de Ciclo Vital de la Familia. Con sus etapas especificadas como: 1-Período del galanteo, 2- El matrimonio y sus consecuencias, 3-El nacimiento de los hijos ,4-Dificultades matrimoniales del período intermedio, 5-El destete de los padres ,6-El retiro de la vida adulta y la vejez.

Desde esta conceptualización podemos decir que la entrada a la vida adulta coincide con el período del galanteo y la formación de una familia (matrimonio y nacimiento de los hijos). Como mencionamos anteriormente cuando hablamos de familias nos referimos a toda la diversidad de nuevas conformaciones familiares. Hoy pensamos al Ciclo Vital de la Familia como el tránsito resultante de los interrogantes dominantes que la cultura y la especie nos ofrece. Es casi imposible no ir deteniéndose en los momentos de crisis vital marcados por la edad cronológica y biológica en gran medida y por el ritmo que la sociedad de acuerdo a nuestra etnia, urbanización y globalización, nos impone. La pregunta acerca de la pareja por ejemplo es inminente a partir de los 20 si no hemos tenido algún tipo de experiencia vincular o sexual, la pregunta acerca del deseo de ser padres a partir de los 30 parece ser un interrogante ineludible para las/os jóvenes, sobretodo en el género femenino. Estos interrogantes recurrentes en las distintas etapas de la vida no significan necesariamente que una persona que no conformó una familia o haya decidido no casarse no ingrese a la vida adulta. Estas son las preguntas que la cultura nos plantea y que cada individuo deberá responder para construir su proyecto de vida. Nos dan información sobre nuestros modelos, nos dan información sobre nuestra cultura y nos ponen en la necesidad de darles respuesta desde nuestra condición e individuación. En la búsqueda de la adultez es la respuesta al interrogante acerca de la pareja, la parentalidad y la conformación de una familia, la que definirá sin dudas nuestro proyecto de vida en el plano afectivo. Un proyecto de vida que entendemos saludable en tanto creativo, independiente y satisfactorio.

Concluimos entonces que la adultez es una construcción social multideterminada por nuestra biología, etnia,cultura,economía y psicología,. Es un constructo dinámico en pleno desarrollo y cambio.

Dentro del eje laboral y económico, otro pilar fundamental que debemos mencionar y que nos define como adultas/os productivas/os y creativas/os es la vocación. La vocación que tiene que ver con el llamado ¨vocare¨ a elegir un trabajo que nos dignifique, nos permita desarrollar nuestros talentos y nuestra identidad también parece afectado por esta realidad. No hay aún desarrolladas políticas sociales que permitan acuerdos equilibrados con respecto a las bases que proveen el bienestar: estado-mercado-familia-comunidad. Entonces el acceso a una elección vocacional depende en la mayoría de los casos del estrato social al que pertenecemos y sus consecuentes oportunidades educativas, laborales y por consecuencia económicas. Aún así la elección vocacional no siempre está garantizada desde las oportunidades educativas y económicas, el perfil de familia aglutinada también implica una influencia en la toma de decisiones de los hijos que en muchos casos eligen sus carreras o trabajos para satisfacer las expectativas de sus padres respondiendo al mandato familiar por encima del deseo personal. Como vemos son muchos los contextos que atraviesan e interpelan a las/os jóvenes adultas/os en el entramado de su identidad y el diseño y construcción de su proyecto de vida.

 

Nativos digitales; Millennials y Centennials ¿Hacia una nueva construcción de la adultez?

Frente a la pregunta: ¿qué significa para vos ser adulto? Responsabilidad, independencia y conciencia fueron los términos más utilizados en las respuestas de 65 jóvenes de entre 20 y 40 años invitados a contestar el cuestionario de Autopercepción de la Etapa Vital diseñado para este artículo. Si bien este cuestionario no tiene validez científica a fines de investigación enriquece a modo de sondeo de opinión las hipótesis y reflexiones del presente ensayo sobre la entrada a la adultez.

El perfil de la muestra fue homogéneo siendo 81,5% de género femenino {ver figura 1}, mayoritariamente en el rango comprendido entre 21 y 30 años de edad {ver figura 2} y con estudios universitarios en curso o completos. Cuando los interrogamos en relación a qué cosas les gustaría lograr antes de los 40 años, más del 90% de los/as encuestados/as mencionó estabilidad económica , laboral y formar una familia.

De las 65 personas encuestadas el 80% considera de importante a indispensable lograr una pareja estable en el lapso de 3 a 5 años {ver figura 3}. Mientras que el 47,7% no considera para nada importante tener hijas/os en este mismo lapso {ver figura 4}. El porcentaje mayor en orden de prioridades de importancia se lo adjudicó el ¨trabajar en algo que te guste¨ con el 99% , y el crecimiento económico con un 94% ambas variables puntuadas como importantes a indispensables en el cuestionario {ver figura 5} {ver figura 6}. El incipiente crecimiento de la mujer latinoamericana en el mercado laboral y económico, el acceso a la educación, el avance tecnológico, la globalización entre otros factores están generando una importante revisión en el rol social adjudicado a la mujer. Para las mujeres jóvenes de hoy es tan prioritario el trabajo y el crecimiento económico como lo es la formación de una pareja estable, quedando para muchas en un segundo plano, o al menos postergada, la decisión sobre una eventual parentalidad que hoy tampoco queda limitada a un reloj biológico, dados los avances en técnicas de fertilidad asistida. Aún así existe una tensión y superposición de roles, que genera con frecuencia la vivencia de sobrecarga en las mujeres latinoamericanas. La revisión sobre políticas de género orientadas a la igualdad de oportunidades y su consecuente realización en lo laboral y familiar afectivo creemos sería una forma de acompañar los cambios que esta generación de adultos emergentes nos invita a revisar y mejorar (Houlberg, Radivoy, Cuestionario :“Auto -percepción de la etapa vital”, 2020)

Las generaciones actuales como consecuencia de su inmersión en el mundo digital y globalizado tienen diferencias en su cosmovisión y construcción de la realidad. El fenómeno sociológico de la relación entre las/os jóvenes y las tecnologías digitales impacta en sus modos de relación, comunicación y participación cívica. La masificación del uso de las redes sociales y de internet en general ha modificado los modos de interacción surgiendo a su vez nuevos códigos comunicacionales entre las/os jóvenes. La interacción cara a cara ha sido reemplazada por un lenguaje visual, plagado de un sin fin de imágenes y códigos de interacción virtuales. (Murden y Cadenasso 2018)

Hoy las formas de interacción y participación de las/os jóvenes en la vida social tiene su canal de expresión de manera on line y tener acceso a las tecnologías es considerado un derecho, así lo expresa la firma en octubre de 2016 del Protocolo Adicional de la Convención Iberoamericana de derechos de Jóvenes (OIJ,2016) señalando expresamente en su artículo 5 que las personas jóvenes tienen derecho al acceso a las tecnologías de la Información y de la Comunicación (TIC), comprometiendo a los gobiernos a desarrollar e incentivar la formulación de de estrategias y prácticas óptimas que incrementen la posibilidad de todas las personas jóvenes de participar.

La hiperconectividad da lugar al hipervínculo y a la multitarea, las/os jóvenes de hoy tienen las e-competencias necesarias para poder leer información en internet a la vez que chatean, bajan música de sus dispositivos portátiles y participan de una convocatoria de participación cívica. Ya no se trata de incorporar información sino de saber buscarla, editarla y utilizarla. Estamos frente a una¨googleización de la memoria¨ (Reig y Vilches, 2013). Las/os jóvenes son denominados hoy de diversas maneras. Así podemos diferenciar a los ¨nativos digitales¨ o Millennials y Centennials de los ¨inmigrantes digitales¨o generación X, si bien ambas generaciones tienen un acceso y utilización de la tecnología fluida y cotidiana los nativos digitales presentan diferencias en sus procesos de subjetivación y maneras de procesar la información aún a niveles neurobiológicos de acuerdo a ciertas investigaciones en curso (Prensky, 2010).

Esta generación de jóvenes hiperconectados y globalizados es también llamada “Generación we”, que se caracterizarían por su fuerte conciencia solidaria, un acento puesto en valores más humanos, por encima de lo material, con una mayor conciencia ecológica y participación política más activa y comprometida. La democratización de la información, inmediatez de las imágenes y el flujo veloz de la información las/os acerca a realidades disímiles y las/os invita a comprometerse con realidades lejanas pero a la vez próximas de manera virtual (Reig y Vilches, 2013). Una presencia comprometida en organizaciones de voluntariado, una actitud de tolerancia religiosa, de etnia, sexual. Un sentido de responsabilidad personal y conciencia del otro más marcada. Así los pilares mencionados anteriormente sobre los que se apoya el mundo adulto están en estas nuevas generaciones en segundo plano. Los tiempos para pasar por esas etapas no son tan rígidos, alcanzar objetivos lineales de éxito, por ejemplo en lo económico o laboral como un lugar al cual llegar o como un fin en sí mismo estarían subvalorados privilegiando los procesos por encima de los resultados, una búsqueda en relación a la felicidad más comprometida que se traduce en proyectos de vida más flexibles, fluidos y atemporales. (Murden y Cadenasso, 2018).

 

Algunos términos asociados a la adultez: ¿De qué hablamos cuando hablamos de responsabilidad, compromiso, independencia y autonomía?

Frente a la pregunta por el significado de la adultez, palabras como responsabilidad e independencia aparecen casi sin excepción. Y es que en el imaginario social el “Adulto” con A mayúscula aparece fuertemente ligado a la imagen de una persona mayor de 18 años con independencia económica de su familia de origen, capaz de garantizarse a sí mismo “el sustento” o condiciones mínimas de supervivencia (techo y comida).

En relación a la edad, cabe destacar que, si bien para el sistema jurídico normativo un joven de 18 años es considerado mayor de edad, en términos sociales y culturales las personas de esta edad están aún más ligadas a la imagen o idea de adolescencia que de adultez. De hecho en nuestro país existe legislación que ampara a las/os jóvenes que decidan proseguir sus estudios o prepararse profesionalmente en un arte u oficio, para que reciban -si necesitan- sostén económico de sus progenitores hasta los 25 años (art.663 del Código Civil y Comercial de la Nación), como así también muchas obras sociales incluyen dentro el “plan familiar” a las/os jóvenes de hasta 25 años. Al respecto cabe mencionar que de entre las/os 65 jóvenes que respondieron al cuestionario de “Auto-percepción de la Etapa Vital” (87,7% entre los 21 y 30 años) frente a la pregunta ¿Te consideras adulto/a? solo un 52,3% respondió que sí, mientras que un 41,5% respondió con la opción “tal vez” y el restante 6,2% respondió que no {ver figura 7}.

En cuanto al concepto de responsabilidad se lo suele asociar con el “hacerse cargo” ( como algo que hay que cargar, llevar a cuestas) de las propias decisiones y sus consecuencias (castigos o condenas sociales), así como con cumplir con las “obligaciones” de la vida adulta, asociadas a lo laboral y/o a la manutención y cuidado de los propios hijas/os en caso de tenerlas/os.

Así la responsabilidad aparece en la que es quizá la peor de las acepciones de la palabra como “obligación”, es decir algo que es impuesto desde afuera y que va muchas veces en contra de la voluntad o deseo subjetivo.

Frente a la pregunta por el significado subjetivo asignado al término “responsabilidad” algunas de las respuestas fueron: “En mi cabeza resuena casi como obligación” , “presión/ansiedad”, “hacer, resolver cuestiones que impone la sociedad, aunque no prefiera hacerlo”, “presiones”, “obligación que hay que cuidar”. (Houlberg, Radivoy, Cuestionario :“Auto -percepción de la etapa vital”, 2020)

No corre mejor suerte el concepto de “compromiso”, también asociado a la adultez, aparece asociado a “cumplir con las obligaciones y con la propia palabra”. Hay sin embargo en esto último una contradicción, puesto que si se trata de “la propia palabra” ¿quién obliga?. El concepto aparece así, también teñido por su peor acepción, “hacer algo por compromiso”, es hacer algo sin un deseo genuino de hacerlo y con la finalidad de cumplir una obligación impuesta desde afuera.

Vista desde esta perspectiva no es de extrañar que la adultez aparezca como el “cuco” al que ninguna/ningún adolescente sensata/o quisiera aproximarse y frente al cual hasta una/un octogenaria/o sentiría, si no es temor, al menos algo de rechazo.

Pero ésta es solo y afortunadamente una de las perspectivas y de las posibles miradas que aparecen en el imaginario social respecto del constructo de la adultez, por lo general entremezclada con concepciones más reflexivas y menos escabrosas, que trascienden lo heterónomo para adentrarse en los caminos que nos llevan a contemplar a la adultez como el reinado de la autonomía y la autodeterminación perfilando así una auténtica libertad del ser.

Para empezar a hablar de autonomía y de autodeterminación en el ser humano adulto, se vuelve necesaria una breve reflexión acerca de la responsabilidad y del compromiso en tanto valores.

Empecemos por desglosar el concepto de “responsabilidad”.

En su origen etimológico “la palabra responsabilidad está formada por el sufijo idad- de cualidad y el sufijo latino -bilis ( que puede, que es capaz de, que es posible), se forma en efecto a partir del supino responsum (dar correspondencia a lo prometido, responder). Pero cabe añadir que este verbo se forma con el prefijo re- (reiteración, vuelta al punto de partida, ida de vuelta atrás) sobre el verbo latino spondere (prometer, obligarse, comprometerse a algo) Por eso la responsabilidad es la cualidad de aquel que es capaz de responder a sus compromisos” (deChile.net, 2020)

En síntesis es la habilidad de dar respuesta y/o de cumplir aquello a lo que nos comprometimos. Respecto del concepto de “compromiso”, la palabra viene del latín Compromissum que podría traducirse como “con- promesa”.

En relación a las promesas el sociólogo y filósofo Rafael Echeverría (2013) afirma en su libro “Ontología del lenguaje” que cada vez que hablamos estamos, de manera explícita o implícita, asumiendo un compromiso. Cuando hacemos afirmaciones nos comprometemos a que las mismas sean verdaderas, cuando hacemos declaraciones, nos comprometemos a actuar de manera consecuente así como a la validez de las mismas, cuando hacemos una promesa en sí misma (que implica a alguien que pide, alguien que ofrece y un acuerdo por parte de ambas partes en cuanto a las condiciones de satisfacción y al tiempo en que deberá cumplirse dicho contrato) nos comprometemos a cumplirla. Por supuesto las promesas pueden romperse, podemos hacer afirmaciones falsas, declaraciones inválidas, y no cumplir con nuestros acuerdos, pero lo que ponemos en juego allí es nuestra propia imagen y la confianza de los demás y de nosotros mismos hacia nuestra persona.

Llegada la adultez suponemos entonces que hemos alcanzado un grado suficiente de conciencia como para ser capaces de responder frente a nuestras promesas y que, de no hacerlo, lo que se pone en juego es la persona en la que nos constituimos a través de nuestras propias acciones. La responsabilidad surge de este modo como un valor y un eje coyuntural de la vida adulta. Pero consideramos que no hay verdadera responsabilidad si no se han pasado previamente por el propio tamiz las creencias aprendidas durante la infancia y la adolescencia. No existe libertad alguna si, en tanto adultas/os, no tomamos conciencia de que somos responsables de los juicios a partir de los cuales observamos el mundo y construimos nuestra particular versión de “la realidad”.

En otras palabras, asumirnos responsables, implica poner en nuestra propia tela de juicio, todos los juicios, opiniones o creencias que hemos aprendido durante nuestros años de crianza y dar respuesta frente a los mismos. Recién entonces podemos empezar a hablar de autonomía en la/el adulta/o.

Pero ¿qué es la autonomía?, ¿es lo mismo autonomía que independencia? No, de hecho es en la diferencia entre estos dos conceptos que radica la raíz de la confusión que suele asimilar y asemejar independencia con responsabilidad, cuando veremos que el hecho de ser independiente no implica necesariamente la habilidad para dar respuesta desde una auténtica autonomía.

Los Profesores en Psicología, Edward Deci y Richard Rayan en sus estudios sobre la motivación humana afirman que una persona puede ser independiente sin ser autónoma, ya que el concepto de independencia apunta a la capacidad de acción sin la necesidad de un otro que ayude o intervenga, mientras que el concepto de autonomía apunta a la capacidad de decidir libremente y elegir entre las propias opciones. Una acción independiente puede estar extrínsecamente motivada, es decir que se puede hacer algo en función de responder a necesidades o deseos que no son propios. Mientras que una acción autónoma responde a motivaciones intrínsecas, es decir que la persona ha adoptado como propias (Obregoso, 2016).

Alcanzar la autonomía implica por tanto, el tamizado de las propias creencias y opiniones de las que hablábamos más arriba. Una/un adulta/o sería desde esta perspectiva una persona que ha alcanzado (al menos) cierto nivel de autonomía.

Cabe mencionar aquí que, sin adentrarnos demasiado en temas filosóficos y/o teológicos y tras un breve recorrido por el estado del arte, creemos que hay una tendencia hacia un cambio de paradigma, en la concepciones de la responsabilidad y la autonomía como valores, que va desde una concepción kantiana de la autonomía, que aparece como teleológica (respondiente a un fin último, proveniente de un orden o voluntad superior) hacia una concepción nietzscheana donde el ser humano es autor de su propio destino (Diel, 2017), siendo el destino (fatum) una concatenación de acontecimientos creado por las propias acciones. (Niesztche, s.f.)

Ya lo decía el padre de la psicología evolutiva en el año 1934 “Para que una conducta pueda ser calificada de moral, es necesario algo más que un acuerdo exterior entre su contenido y el de las reglas comúnmente admitidas : es necesario además que la conciencia tienda a la moralidad como a un bien autónomo y sea capaz de apreciar el valor de las reglas que se le proponen.” (Piaget,1984, P.339)

¿Será entonces que en esta coyuntura entre la responsabilidad como “obligación” (motivación extrínseca) y la responsabilidad como habilidad de respuesta autónoma frente a la realidad generada por las propias acciones (motivación intrínseca) se vislumbra el salto cualitativo que abre paso a una vivencia más plena de la adultez?

Antes de cerrar este apartado y dar paso a las conclusiones del presente artículo, nos parece imprescindible mencionar que muchas veces el espacio terapéutico es un espacio que propicia la toma de conciencia individual de las cuestiones aquí mencionadas. Es frecuente que, como psicólogas/os, nos veamos ocupando el rol de facilitadoras/es de procesos en los cuales vemos a nuestros pacientes empoderarse, tomar las riendas de su propia vida, tomar decisiones, dejar de responder a mandatos (sociales, familiares, etc) para empezar a actuar en pos de sus propios deseos. Y en todos estos procesos lo que sucede no es otra cosa que el paso de la heteronomía a la autonomía, la toma de conciencia de la propia responsabilidad y de la autodeterminación de su ser.

 

Conclusiones: Autodeterminación y libertad, hacia un proyecto de vida digno de ser vivido.

La adultez consiste también en integrar los distintos aspectos de nuestro ser, consiste en una síntesis dinámica de quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes queremos ser en un interjuego interactivo y fluido con el medio, la cultura, la biología, el contexto . Jean Piaget planteaba que el proceso de aprendizaje no era más que un proceso de adaptación al mundo donde el niño se apodera del objeto mediante la asimilación, imponiendo sobre el mismo arbitrariamente sus características. Esto le permite entender la dimensión del mismo para así acomodarse en una segunda instancia aunque recursiva a las condiciones que el mismo objeto ofrecía a su cerebro. El ser humano vive en esta concesión dual constante de ser individuo y a la vez ser social, de imprimir su sello novedoso e inédito al mundo y sucumbir a los límites que la biología y la cultura le imponen. Ser adulta/o es asumir la responsabilidad y el compromiso de aceptar quienes estamos siendo y quiénes queremos ser, ya que la identidad si bien es dinámica se caracteriza por la estabilidad de seguir siendo en el cambio mismo, para ser distintos de los demás en el medio de todos. Poder entender este interjuego, para negociar el propio potencial con las posibilidades y marcadores del contexto, podríamos decir que es el arte de ser adultas/os.

Transformarse en adulta/o va mucho más allá de la edad, tiene que ver más con un posicionamiento frente a la vida, con un proceso de transición de la heteronomía a la autonomía, con asumirse con la “habilidad de dar respuesta” a aquellas situaciones que nos interpelan. Tiene que ver con tomar conciencia de que somos seres que vivimos dentro de marcos sociales y culturales que nos moldean, pero con posibilidades de autodeterminación casi infinitas y siempre presentes. Decidimos todo el tiempo y a cada momento, aunque a veces no seamos conscientes de que estamos decidiendo, siempre hay al menos una segunda opción. La etapa vital que aquí abordamos, adultez temprana o juventud, es la etapa en donde, (en condiciones óptimas) empezamos a tomar cada vez más decisiones de manera autónoma, y con ello ganamos dos cosas, libertad y responsabilidad, ¿Qué mejor que responder ante las propias decisiones?

A medida que la etapa adulta avanza nos volvemos cada vez más competentes en esto de responder, decidir y volver a responder, imprimiendo a cada paso algo de nuestra autenticidad, dando nuestras propias y auténticas pinceladas a esa identidad la más de las veces bastante frágil con la que abandonamos la adolescencia.

Las formas de ver la adultez están cambiando, las/os jóvenes de hoy tienen quizá una mayor conciencia de la multiplicidad de posibilidades de “diseño” de la propia identidad y de construcción de un proyecto de vida. No responden menos que otras generaciones a lo que se espera socialmente de ellas/os, de hecho suelen estar muy preocupadas/os por hacerlo, pero debido a la globalización y digitalización de la cultura, tienen acceso a un panorama mucho más amplio de posibilidades de ser dentro de la sociedad.

Estas noticias alegrarian a Piaget, quien ya en 1934 haciendo un paralelismo la evolución psicológica del niño y la evolución social decía en las conclusiones de su libro “El criterio moral en el niño”: “La igualdad moral no es el resultado de un progreso hacia lo homogéneo..., sino de una movilidad que está en función de la diferenciación : cuanto más diferenciada está una sociedad, mejor pueden los individuos cambiar de situación según sus aptitudes y más se favorece la cooperación intelectual y moral.” (Piaget,1984, P.334)

También aparece entre las/os jóvenes de hoy una mayor tolerancia y respeto por la diversidad, se están abandonando las ideas rígidas y los compartimientos estancos, para abrir paso a constructos sociales más flexibles, fluidos y dinámicos. Frente a esta amplitud de posibilidades quizá aparezcan personalidades más auténticas y genuinas, aunque por las mismas razones estos procesos lleven un poco más de tiempo.

No hay tanto apuro por “establecerse” y formar una familia , las/os jóvenes saben ya que no es ese el “único horizonte aspiracional” y que su felicidad no está allí garantizada. Tienen mayor interés en viajar, en explorar un mundo googleizado que ofrece infinitas ventanas simultáneas para explicarlo y definirlo. Hoy la búsqueda de la felicidad es definitivamente otra.

Coincidimos con la hipótesis de Ryan y Deci, respecto de que los seres humanos tenemos una necesidad psicológica innata de sentir que somos seres que se autodeterminan (Orbegoso, 2016). Para que la adultez “deje de considerarse algo triste y aburrido” (Houlberg, Radivoy, Cuestionario :“Auto -percepción de la etapa vital”, 2020) tal como nos agregaba una/un de las/os jóvenes encuestadas/os, creemos que como sociedad deberíamos replantearnos nuestra mirada sobre esta etapa vital y repensar qué les estamos enseñando a nuestras/os niñas/os sobre valores como la responsabilidad, el compromiso y la autonomía. Del mismo modo no podemos dejar de atender la necesidad de fomentar la autonomía en función de la mencionada necesidad de autodeterminación.

No queremos dejar de agregar que consideramos que el espacio terapéutico, es un espacio propicio y potenciador para abrir los interrogantes entorno a estas cuestiones, para generar conciencia de responsabilidad y autonomía en nuestros pacientes con la finalidad última de que encuentren en la autodeterminación una adultez más plena.

Para finalizar quisiéramos agregar que en la reflexión sobre la temática aquí planteada el hablar sobre la construcción de la identidad y sobre la autonomía como un componente fundamental para vivir ese proceso en plenitud, resultó un tema recurrente y que dichas reflexiones nos remitieron a una frase de la película “Todo sobre mi madre” (1999) de Pedro Almodóvar en donde “La Agrado” (personaje interpretado por Antonia San Juan) expresa: “Me llaman la Agrado, porque toda mi vida sólo he pretendido hacerle la vida agradable a los demás. Además de agradable, soy muy auténtica...bueno, lo que les estaba diciendo, que cuesta mucho ser auténtica, señora, y en estas cosas no hay que ser rácana, porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma."

 

Referencias

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-Cantero V., M. P., Delgado Domenech B., Gión Méndez S., González Gómez C., Martínez Vicente A.B., Navarro Soria I., Pérez Pérez N., Valero Rodriguez J. (2011). «1.-Historia Y Conceptos De La Psicología Del Desarrollo». En Psicología Del Desarrollo Humano: Del Nacimiento A La Vejez. (p14).Alicante, España. Editorial club Universitario.

-Diel, L. (2017). La re- significación nietzscheana de virtud desde el horizonte de una autonomía postmetafísica. Nuevo Itinerario, Revista digital de Filosofía. Recuperado de: http://dx.doi.org/10.30972/nvt.0122957

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4ta Edición - Julio 2020
 
 
Figura 1
 
 
Figura 2
 
 
Figura 3
 
 
Figura 4
 
 
Figura 5
 
 
Figura 6
 
 
Figura 7
 
 
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