ISSN 2618-5628
 
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Adultos mayores    
Adaptación, Inteligencia, Longevidad    
     

 
Adaptación creativa y longevidad; más que una función ejecutiva. Mirada integradora
 
Allegri, Ricardo
FLENI
 
Iturry, Mónica
Hospital de Agudos Dr. Abel Zubizarreta
 
Leis, Adriana
Sanatorio de la Trinidad Mitre
 

 

Iniciamos este capítulo con una reflexiva frase:

“…vivir en el presente significa hacer un esfuerzo de valentía para no aferrarse a un montón de vivencias y realidades tristes o caducas. Cuando se abandona lo conocido, las pequeñas costumbres, los pensamientos de siempre, de entrada hay mucha soledad. Cuesta confiar en que llegará algo nueva que pueda alimentarnos en cuerpo y alma...” (Punzet, 2014).

Las condiciones de la realidad cambian todos los días e impactan en el estado de ánimo y muchas veces en la funcionalidad. Resulta un desafío para los adultos mayores (AM) asimilar ciertos cambios y adaptarse a estos escenarios cambiantes. Consideramos este un factor de suma relevancia, desde una perspectiva integradora, para poder ajustar nuestras intervenciones terapéuticas, con el objetivo de mantener una adecuada calidad de vida y evitar la dependencia de nuestros pacientes, manteniendo su autonomía el mayor tiempo posible. Nos proponemos construir estrategias integrales e integrativas, para poder desarrollar herramientas asistenciales, en orden de dar respuesta a esta problemática, en situaciones amenazadora, para los AM. Uno de aspectos fundamentales en la práctica diaria se relaciona a la detección de factores predictores que puedan presentarse en pacientes de riesgo, para accionar de manera oportuna y precoz. Para ello, la evaluación de las funciones cerebrales superiores y la obtención de un perfil neuropsicológico del paciente resulta de suma importancia.

Es central considerar el proceso de adaptación que se logra a través del paso de los años. Esta capacidad convive junto con la variabilidad, la posibilidad de cambio constante y el buen porvenir del ser humano que le permite crear ambientes y ecologías propias para poder desarrollarse. La naturaleza humana a la que antes había considerado como un sustantivo singular, se volvió plural y pluralista, esto se debe a la presencia de diversas ecologías y ambientes creados, lo que diferencia a los seres humanos, unos de otros, por el ambiente que los rodea, el tiempo y el espacio que transitan. Esta diversidad es lo que permite un potencial inédito y único (Bronfenbrenner, 1987).

Empezaremos por definir algunos de los conceptos que abordaremos en esta exposición. Llamaremos adaptación al proceso mediante el cual un grupo o un individuo modifica sus patrones de comportamiento para ajustarse a las normas imperantes en el medio social en que se mueve. Asimismo, existen numerosas maneras de definir creatividad, dentro de ellas encontramos las propuestas por Paul Torrance, Donald Mac Kinnon y Howard Gardner. En la primera de ellas se define al proceso creativo como la manifestación de una cierta forma de sensibilidad a los problemas, carencias, lagunas del conocimiento, ausencias, privación de información, falta de equilibrio. Se encuentra atravesado por la motivación como motor fundamental para identificar el problema, definirlo, planificar un plan de acción, formular hipótesis, poner a prueba el pensamiento, automonitoreo de las propias conductas, recalcular, flexibilidad cognitiva para ajustar un plan, comprobar los cambios, mejorarlos y concluir el proceso hasta llegar a la meta. Por otro lado, Mac Kinnon define a la creatividad en tres aspectos. En primer lugar como una respuesta fuera de lo convencional, poco frecuente; originalidad en el pensamiento y en la acción, pero adaptada a la realidad y a una meta bien definida; y por último, profundización en una idea singular, reflexión sobre aquella idea y desarrollo para llevarla a cabo (López Pérez, 2017). Por último, Howard Gardner (2010) define al individuo creativo como una persona que tiene la capacidad de generar ideas nuevas, resolver cuestiones con periodicidad y promover resultados en una primera instancia en un terreno novedoso, poco estudiado pero luego con la experimentación logra ser aceptado en un contexto cultural concreto. Los creadores son diferentes unos de otros y esta peculiaridad es definida tanto por su inteligencia dominante como por el rango de apertura y la combinación de ellas.

Si bien la capacidad creadora es innata, las habilidades creativas no lo son, sino que se aprenden y se entrenan. Las mismas presentan 3 componentes. Por un lado, la habilidad relacionada con el pensamiento crítico y planteamiento de ideas, una segunda habilidad que permite interpretar situaciones y una tercera, ligada a la abstracción y motivación personal sobre lo que se hace, piensa o crea. En este sentido, “el entrenamiento creativo a edades avanzadas favorecerá su potencial de interpretación de las cosas, estableciendo una conexión e interrelación espontánea con su entorno y con las personas que le rodean”. (Carrascal y Solera, 2014).

Un cerebro innovador y creativo genera un bienestar emocional que ayuda a nuestro organismo a encarar los avatares de la vida. En la medida en la que nos sentimos creadores, innovadores, inventores o sensibles a la novedad, nuestra mente gestiona y gobierna mejor. “La capacidad creadora se desarrolla en torno a una flexibilidad de pensamiento o fluidez de ideas (inteligencia fluida). Y es también la aptitud de concebir ideas nuevas o de ver nuevas relaciones entre las cosas. La creatividad, como capacidad de generar ideas o resolver problemas, se implica directamente en el desarrollo de las personas, siendo una parte importante del potencial humano, que si es promovida a lo largo de su vida sería capaz de transformar, cambiar y mejorar su existencia. En este caso, para nuestros mayores, no es tan importante la creación de nuevos productos, el planteamiento de nuevas cuestiones o la definición de nuevos problemas, sino la exploración y el descubrimiento” (Gardner, 2010).

En ocasiones nos encontramos con un deterioro en el potencial creativo del AM y suele estar ligado a la falta de motivación y desarrollo. Es aquí cuando la intervención temprana y multifacética cobra vital importancia para forjar las conexiones que pongan en marcha el motor que induce el proceso vital para que la persona no pierda la oportunidad de seguir expresando sentimientos, emociones e ideas. Los AM necesitan adquirir nuevas herramientas que impulsen el accionar, sobre un entorno enriquecido y complejo y les permita formar respuestas alternativas, sobreponerse a los obstáculos y transformar el curso de acción de sus pensamientos y/o conductas cuando se desvíen de la meta. El desarrollo de un pensamiento espontáneo, creativo y flexible podría suplir la inexactitud del pensamiento lógico que puede verse deteriorado en el AM (Carrascal y Solera, 2014).

Los cambios se imponen y determinan nuestra calidad de vida. Si los asimilamos y nos acomodamos a ellos, se favorecerá el poder para adaptarnos positivamente a estos y conservar nuestra autonomía en el paso del tiempo. Las normativas desde las instituciones deben colaborar en brindar herramientas dinámicas, que permitan al AM contar con los recursos que brinden confianza y seguridad. Recordemos autores como Urie Bronfenbrenner pionero en señalar e incluir el concepto de ecología en el desarrollo humano y siendo determinante de la naturaleza humana en el ciclo de su vida. Bronfenbrenner (1987) nos enseña que el poder político puede colaborar en mejorar las condiciones de vida y mejorar el bienestar de la población. Las relaciones humanas y el desarrollo personal dependen del contexto y ambiente social e institucional sumado a la actividad individual.

El interés por la longevidad no puede empezar a una edad avanzada. Es preciso llevar a cabo una revisión fundamental de la asistencia sanitaria, desde el tratamiento de la patología hasta la promoción de la salud. La importancia de conocer el funcionamiento de las funciones cerebrales superiores es vital. Trabajar favoreciendo desde estrategias que las consideren y las incluyan potenciará cada intervención.

Continuaremos en este camino, conceptualizando las funciones ejecutivas (FE). Ellas engloban un amplio conjunto de aptitudes que permiten controlar, organizar, planificar y coordinar otras funciones cognitivas, emociones y manifestaciones conductuales mediante el autocontrol y autorregulación de nuestros comportamientos. Quien introdujo la importancia de las áreas frontales cerebrales en la regulación de la conducta, iniciación, motivación, formulación de metas y planes de acción en sujetos con lesión frontal fue Luria. Luego, Muriel Lezak, introdujo el término de FE para referirse a aquellas funciones cognitivas que necesitamos para que nuestra conducta sea eficaz, creativa y adaptada socialmente. Aportes fundamentales nos brindan Sholberg y Mateer al proponer elementos claves de estas funciones como la anticipación, elección de objetivos, autorregulación de la conducta, autocontrol y el uso del feedback ambiental. Sin embargo, quien más se ha dedicado a estudiar y ampliar el concepto de FE en los últimos años, es Javier Tirapu Ustárroz. Él propone que las funciones ejecutivas hacen referencia a la capacidad de hallar una solución para un problema nunca antes planteado, tomando en cuenta posibles consecuencias a las que podemos llegar si llevamos a cabo alguna de las soluciones posibles imaginadas (Climent-Martínez et al., 2014)

Nuestras conductas se verán modificadas y adaptadas según los requerimientos específicos a los que nos veamos enfrentados en una situación determinada.

Tirapu Uztárroz propone pensar el modelo de las FE basándose y repensando modelos teóricos de otros estudiosos del tema. Entonces, si la ecuación base de las FE es la formulación de un plan novedoso para llevar, de forma eficaz, un plan de acción frente a situaciones complejas, tendríamos que incluir la puesta en marcha de un sistema de control y regulación que supervise el ingreso de la información multisensorial, afectiva, cognitiva y motora.

En su modelo integrador, propone cuatro niveles de control de la conducta. Un sistema sensorial y perceptual: inconsciente, automático, rápido y responsable de conductas sobre aprendidas muy específicas del ambiente, un discriminador de conflictos: inconsciente, automático, opera a través de la memoria de trabajo y se encarga de la elección del mejor repertorio de acción cuando compiten varios esquemas, un sistema atencional superior: inconsciente, participa en situaciones nuevas a través de la anticipación, selección de objetos, planificación y supervisión, y por último, el marcador somático: estado somático emocional innato o aprendido, que al asociarse a las consecuencias de una acción amplifica la atención y la memoria de trabajo sobre ella, marcándola sobre el resto de opciones (Climent-Martínez et al., 2014). {ver tabla 1}

Las funciones ejecutivas están implicadas prácticamente en cualquier actividad que requiera organizarnos, planificar, resolver problemas, tomar decisiones o manipular datos. Asimismo nos ayudan a controlar nuestra atención cuando la tarea requiere de concentración, o cuando tenemos que tomar decisiones rápidas porque algo no ha salido tal como lo habíamos planeado y debemos “recalcular” frente a un suceso inesperado. Se ponen a prueba en tareas sencillas como servir un vaso de agua, para adaptarnos a los cambios de circunstancias generando alterativas posibles, como en la difícil tarea de construir un puente sobre un río.

Antonio Damasio nos hace pensar con su frase “somos nuestra toma de decisiones”. Consideramos que hay estrategias que favorecen la calidad de vida de los pacientes y para ello debemos estar atentos a los cambios del funcionamiento cerebral. En este capítulo focalizamos nuestra atención en las FE, en el proceso de envejecimiento, en como colaborar para promocionar una longevidad exitosa y prevenir la toma de decisiones riesgosa que impacta en la calidad de vida de los pacientes.

Los trabajos realizados por Antonio Damasio y Antonie Bechara nos proponen un componente fundamental en el proceso de toma de decisiones. Ellos desarrollaron un término que denominaron marcador somático. Tal concepto se suma al resto de los procesos cognitivos como la planificación, memoria, conceptualización y atención entre otros tantos. El marcador somático aporta el componente emocional fundamental para tomar las decisiones ventajosas, estas emociones sirven como una alarma o como un incentivo. Si bien las funciones ejecutivas pueden elaborar múltiples hipótesis, no pueden establecer una preferencia por alguna de ellas y así tomar una decisión. De acuerdo con Damasio las emociones son un conjunto de cambios corporales que tienen una representación en el cerebro. Las emociones tienen cierta memoria de eventos pasados y de conocimientos previamente aprendidos, por tanto, estas emociones funcionan como una advertencia ante situaciones nuevas o rutinarias que presuponen consecuencias negativas, o por el contrario, como una motivación, cuando presumen un resultado positivo (Arteaga y Quebradas, 2010).

Para un abordaje diagnóstico y terapéutico integral del paciente adulto mayor, es necesario tener una mirada integradora. Resulta esencial analizar, y sobretodo, cuantificar las modalidades de funcionamiento cerebral para identificar y controlar posibles afectaciones a lo largo del tiempo. La evaluación de las funciones ejecutivas resulta un elemento básico en el estudio del envejecimiento, para ello existen diversos métodos dentro de los protocolos de evaluación neurocognitiva tanto para una modalidad presencial, así como también de manera virtual, acorde a las circunstancias del mundo moderno.

Por otro lado, para indagar sobre el estilo de vida, podemos por ejemplo evaluar la modalidad de reacción ante estímulos estresores que pueden presentarse en la vida cotidiana y qué tipo de reactor psicobiológico se presenta. Consideramos que la persona que no logra discernir si sus conductas son de riesgo o protectoras, falla en una actividad cerebral funcional de una manera que podría afectar su calidad de vida. Esta situación, en la que el paciente no logra percibir factores de riesgo, es un ejemplo de falla en la función ejecutiva.

Se define como factor de riesgo a toda condición y/o actividad del paciente o del ambiente que demuestre un aumento de la probabilidad de sufrir una afección o enfermedad en comparación a aquellos que no están expuestos a dicha condición. Conocidos factores de riesgo asociados al aumento de declinación cognitiva acorde a edad son por ejemplo el bajo nivel educativo y menor nivel socioeconómico. En relación a esto, enlazamos el término de Reserva Cognitiva (RC). Este término nace durante el estudio del vínculo entre el envejecimiento y el desarrollo de demencias, tratando de buscar relación entre el grado de patología cerebral objetivable y la relación con los síntomas clínicos, que no siempre resulta ser proporcional. La actividad intelectual que el individuo realice durante su vida resultará en la mayoría de los casos ser un factor de influencia en el desarrollo y progresión de los síntomas cognitivos. Se suman a estos factores ya mencionados, la implicancia de los factores de riesgo cardiovasculares en el riesgo de desarrollo de patologías neurológicas en general. Sin embargo, lo interesante de estos últimos, es que resultan ser en gran parte modificables con estilo de vida y cambio de hábitos.

Consideramos tomar el concepto de inteligencia como esa habilidad fundamental de toda operación mental. El estudio de la inteligencia ha sido motivo de numerosas investigaciones durante años, desde Spearman, Binet, Thurstone, Gardner hasta la actualidad que lo toma el Dr. Javier Tirapu Ustarroz en su trabajo ¿Son lo mismo inteligencia y funciones ejecutivas? En este artículo Tirapu Ustarroz (García Molina et al., 2010) revisa la relación de la inteligencia con la memoria de trabajo y con el constructo de las funciones ejecutivas. Quienes estudian la inteligencia, pese a los diferentes enfoques, concuerdan en la capacidad de razonamiento, comprensión de material abstracto, resolución de problemas, aprendizaje de la experiencia y adaptación al ambiente. Asimismo, desde a neuropsicología solemos agrupar a estas capacidades dentro de las denominadas FE y con ello asumimos que un sujeto con buen desempeño de sus FE es un sujeto inteligente. Es aquel que puede resolver situaciones novedosas y complejas, que a su vez puede rearmar un plan de acción y modificar el curso de su accionar si el contexto lo amerita enfocadas en predecir las posibles consecuencias. Tirapu Ustárroz refiere que para lograr disminuir la incertidumbre presente en el entorno, el sujeto traza posibles soluciones partiendo del conocimiento almacenado, de las demandas que provienen del ambiente, así como de las metas y objetivos perseguidos.

Sin embargo, decir que las FE son lo mismo que inteligencia es una mera generalización. Cattell propone una división sobre la inteligencia o factor g en dos subcomponentes: inteligencia fluida (If) e inteligencia cristalizada (Ic). La If está vinculada con la capacidad de resolver favorablemente las situaciones cambiantes que se presentan. En definitiva ser adaptativos frente a la demanda. Por otro lado, la Ic se relaciona con el aprendizaje y experiencia vivida, con la estimulación y el entorno que nos rodea. Si bien ambas inteligencias tienen un componente hereditario y de aprendizaje, el aspecto biológico tiene un mayor peso en la If y el cultural en la Ic (García-Molina et al., 2010).

Si nos detenemos en señalar la importancia de poder encarar nuevas problemáticas que se van presentando en el paso del tiempo, se debiera considerar la If como un factor importante para evaluar ya que se podría considerar un factor predictor temprano que nos permite evaluar la capacidad de resolución de problemáticas nuevas que el AM tendrá que continuar aprendiendo a resolver.

Ackerman (1988) demuestra que la ejecución en tareas novedosas mantiene íntima relación con las medidas de inteligencia. A medida que la habilidad o destreza del individuo aumenta, la necesidad de supervisión y control voluntario de los actos disminuye. Tales asociaciones apoyan la idea que ambos constructos hacen referencia a la capacidad del individuo para adaptarse al entorno y superar situaciones específicas, lo cual en última instancia, le permite desenvolverse satisfactoriamente en su vida diaria (García-Molina et al., 2010).

Consideramos de alguna manera que es factible diseñar nuestro envejecimiento controlando nuestro pensamiento y puesta en marcha de nuestra inteligencia y FE que nos permitan resolver las problemáticas ante lo nuevo y decidir por los factores protectores que colaboran a mantener la autonomía.

La perseverancia en conductas y pensamientos distorsionados generadores de un actuar rígido e inflexible, podría entonces ser considerado un predictor temprano de riesgo a tener en cuenta. En una sociedad que presenta cambios continuos, para que el AM logre una óptima inserción en la sociedad, tendrá que aprender a dejar de hacer lo mismo de la misma manera. Encontrar o descubrir que existen otros caminos que permiten llegar al mismo lugar. Establecer nuevas conexiones que transformen significativamente lo que ocurre en el cerebro y en el organismo humano. Volver a experimentar mediante un proceso voluntario utilizando nuevos patrones para re significar y recodificar experiencias. Desaprender algo para poder aprender algo nuevo es poder dejar de lado aquello que ya no nos es útil y aprender algo de forma distinta a la que durante años hemos realizado. Aprender implica un esfuerzo personal.

Una evaluación integral de estas concepciones teóricas implica la posibilidad de desarrollar una escucha y mirada preventiva en estadíos iniciales de declinación cognitiva, interpretando estos hallazgos como como una falta de flexibilidad cognitiva y marcador de riesgo para el progreso de síntomas cognitivos. Proponemos actuar en el área preventiva con estas consideraciones presentes, con el fin de operar cambios que favorezcan a los nuevos aprendizajes de los profesionales de esta área, con la intención de lograr mejorar la calidad de vida del adulto mayor y priorizando mantener su funcionalidad el mayor tiempo posible.

Ante afectaciones como las enfermedades neurodegenerativas, la búsqueda de predictores tempranos es fundamental. En este capítulo intentamos señalar la importancia de integrar conceptos que guíen nuestra percepción para diseñar nuestras intervenciones clínicas. Si fomentamos el desarrollo de habilidades cognitivas y afectivas mediante una planificación de actividades creativas, les permitiremos establecer relaciones entre los objetos de su entorno, lo cual les permitirá recordar hechos, términos y conceptos básicos aprendidos con anterioridad. En los últimos años escuchamos la importancia de transitar la longevidad con actitud positiva, activos física y mentalmente e integrados socialmente (Fernández-Ballesteros et al., 2005). Lograr este objetivo implica conocer sus motivaciones, su motor, para incorporarse en actividades que involucren todos estos aspectos en simultáneo y así favorecer su bienestar y calidad de vida. Ya conocemos el término de plasticidad cerebral y plasticidad cognitiva, es decir que aún el AM puede desarrollar conexiones y nuevos aprendizajes a lo largo de su vida demorando el declive cognitivo (Carrascal y Solera, 2014).

Las intervenciones desde la estimulación cognitiva, además del proceso creativo, promueven la adaptación y modelado de la conducta. Estas estrategias, operando en un contexto y ambiente determinado, actúan sobre la esfera física, mental, afectiva y social, previniendo los déficits que aparecen con el tiempo y aumentando el cúmulo de experiencias enriquecedoras que transforman la conciencia y modifican la forma de ver el mundo (Carrascal y Solera, 2014).

Necesitamos modelos teóricos de intervención que aborden al paciente desde las múltiples esferas posibles pues todas las variables que hemos descripto operan de forma conjunta y simultáneamente. Toda intervención que realicemos será aún más enriquecedora cuanto más holística e integrativa sea, cuanta mayor cantidad de aspectos incluyamos en nuestra participación. Asimismo podemos enfrentarnos a fracasos en el tratamiento y puede deberse tanto a una falla en la implementación terapéutica como a los sucesos propios de la vida humana. El sujeto participa activamente en la toma de decisiones y sus actos construyendo su realidad. Es inherente al ser humano la multiplicidad de vínculos y relaciones sociales y con ello el cambiante proceder y actuar a lo largo del ciclo vital (Fernández-Álvarez, 1992).

La prevención solo representa una parte del total equilibrio sanitario. La prevención de la enfermedad debe ligarse también con la promoción de positivas estrategias sanitarias” (Pelletier, 1986).

 

Referencias

Arteaga D, G. y Quebradas A, D. (2010). Funciones ejecutivas y marcadores somáticos: apuestas, razón y emociones. El Hombre y la Máquina, 34, 115-129.

Bronfenbrenner, U. (1987). La ecología del desarrollo humano. España: Paidós.

Carrascal, S., y Solera, E. (2014). Creatividad y desarrollo cognitivo en personas mayores. Arte, Individuo y Sociedad, 9-19.

Climent-Martínez, G., Luna-Lario, P., Bombín-González, I., Cifuentes-Rodríguez, A., Tirapu-Ustárroz, J., y Díaz-Orueta, U. (2014). Evaluación neuropsicológica de las funciones ejecutivas. Revista de Neurología, 465-75.

Fernández-Álvarez, H. (1992). Fundamentos de un modelo integrativo en psicoterapia. Paidos.

Fernández-Ballesteros, R., Caprara, M., & García, L. (2005). Vivir con Vitalidad-M: A European Multimedia Programme. Psychology in Spain, 9, 1-12.

García-Molina A, Tirapu-Ustárroz J, Luna-Lario P, Ibáñez J, Duque P. (2010) ¿Son lo mismo inteligencia y funciones ejecutivas? Rev Neurol, 50, 738-46.

Gardner, H. (2010). Mentes Creativas. Una antomía de la creatividad. Paidós Iberica.

López Pérez, R. (2017). Diccionario de la creatividad. Conceptos y expresiones para una comprensión de la creatividad. DECSA.

Pelletier, K. R. (1986). Longevidad. Como alcanzar nuestro potencial biológico. Editorial Hispano Europea.

Punzet, E. (2014). Una mochila para el universo. Destino.

 

 
4ta Edición - Julio 2020
 
 
Tabla 1
 
 
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