ISSN 2618-5628
 
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Pareja    
Alianza terapéutica, Psicoterapia    
     

 
La solidaridad vincular y otras búsquedas en los inicios del proceso terapéutico con parejas
 
Rubano, Fernando
Escuela Sistémica Argentina
 

 

La mayoría de los terapeutas que trabajamos con parejas sabemos que es uno de los escenarios clínicos más complejos y con más posibilidades de abandono de tratamientos, sumado al riesgo de tener intervenciones con resultados no deseados.

Por eso es indispensable la formación y supervisión que nos permita revisar y recrear nuestra tarea con parejas.

El eje de este artículo es transmitir herramientas de intervención que ayuden a desarrollar un camino terapéutico junto con los pacientes, en los primeros pasos del tratamiento.

 

El Vínculo: esa terceridad desconcertante

Cuando los terapeutas recibimos una pareja solemos encontrarnos en primera instancia con la incomodidad que sienten, al sentarse frente a ese desconocido con su padecimiento a cuesta, agregando que no vienen dos, vienen tres, cada uno de los participantes y el vínculo, ya que este es una terceridad que a su vez influye de manera diferente a cada miembro de la pareja (Mihanovich, 2013).

En general cada cual tendrá su propio enfrentamiento con la crisis del vínculo y seguramente con su pareja.

“…, con una perspectiva sistémica del “uno más uno son tres”, que ve la relación como otro protagonista activo…que abarca individuos y sistemas…, el paisaje adquiere relieve y se plantea nuevos interrogantes…Esta innovación cognitiva se consigue presentando enseguida, sin vacilación, la relación de pareja como un protagonista de pleno derecho cuya presencia en la sesión también se desea” (Caille, 2001).

A los terapeutas nos enfrenta a incluir en las sesiones al vínculo como esa “construcción” que la pareja ha llevado adelante desde el momento que decidieron elegirse; un recurso es poner en evidencia como han “invertido” en esa construcción (expectativas, sentimientos, criticas, etc.) y que les devuelve ese vínculo a cada uno de ellos. Tanto la inversión como lo que perciben como devolución del vínculo es un contenido esencial para el diagnóstico y el tratamiento.

Una vez que la pareja logra incluir y registrar esa terceridad se abre un escenario terapéutico distinto que posibilita generar “la solidaridad vincular” por lo cual ambos se unen para cuidar el vínculo más allá del malestar que todavía pueda permanecer en cada uno de ellos, por la figura del otro. Eso fortalecerá la relación y dará más tolerancia al proceso terapéutico.

Se puede cuidar la relación mientras se trabaja las dificultades relacionales.

Se puede motivar un esfuerzo relacional para cuidar a pesar que la pareja puede estar emocionalmente distanciada.

Se puede distinguir lo que sienten por la relación y lo que sienten por el otro.

Se puede evaluar junto a la pareja si es posible construir una “identidad vincular” que contenga y respete las identidades individuales.

En esta etapa de enorme vulnerabilidad los terapeutas tenemos un desafío complejo, que es ofrecerles “seguridad terapéutica” y un especial cuidado con el contenido que traen , como queja, enojo, confrontaciones, miedos, traiciones, desconfianza, desilusiones, desamor, etc.

La solidez de la formación, la sensibilidad para saber leer y mostrar el camino inicial y la seguridad que puede evidenciar el estilo del terapeuta, son condiciones necesarias.

De la queja al trabajo

En ese primer período de vulnerabilidad, el lugar del terapeuta también es vulnerable. Va a estar en riesgo por el estado de anomia que tendrá la relación y la posibilidad que sea arrastrado a un escenario en donde se desdibuje sus posibilidades de conducir el proceso.

El terapeuta comienza con los principios básicos de una buena terapia: escucha la perspectiva de cada uno de los integrantes y trata de comprender lo que cada uno espera del proceso y también explora la historia de la relación de pareja (Sheinkman, 2008).

“…hay una diferencia entre comprender y ser comprendido…se trata de dos nociones totalmente distintas, esta noción no permite entender que porque yo comprenda al otro, el otro se sienta comprendido…puede haber amor, odio, veneración, admiración, etc., sin que esa persona se sienta comprendido, puedo ser amado sin que me sienta comprendido…este concepto es esencial en terapia y fundamental para el paciente… una persona puede pasar una existencia entera en convivencia sin sentir que fue comprendido por su pareja…” (Perrone, 2020).

Destaco estos dos comentarios para considerar con mayor énfasis la importancia que tiene la “sensibilidad de lectura” que debe poseer el terapeuta para desarrollar la habilidad de entender “la soledad de lo incomprensible” que genera un vínculo desgastado, amenazado, empobrecido. Al no ser comprendido por su pareja aparece el sentimiento de soledad. Surge ante el “no me entiende” y porque justamente entienden lo que está pasando en la pareja. Es tarea del terapeuta intervenir para darles la posibilidad de sentirse comprendidos. Esto puede generar en ellos los primeros cambios y mejorar la disponibilidad para sumarse al proceso terapéutico.

Los primeros encuentros deberían dar luz sobre la elección y decisión que tomaron para resolver sus problemas. Esto se dará en gran medida si el terapeuta logra ocupar el lugar de conductor del proceso, proponiendo un encuadre posible, siendo claro, comprensivo y estratégico con el contenido sufriente, promoviendo una alianza para llevar adelante un “proyecto terapéutico” (objetivos posibles y aprobados por la alianza terapéutica) (Des Champs, 2007).

Esta alianza terapéutica intenta generar un compromiso en principio con dos acciones: A) la redirección del motivo de consulta y

B) otorgar al terapeuta el manejo del proceso.

La primera (A) no intenta descartar el motivo de consulta inicial, pero es necesario que se encuentre un sentido u objetivo posible, considerados por ambos conyugues, de emprender un tratamiento. En la segunda, la conducción del tratamiento en manos de terapeuta, baja cierta competitividad a la pareja que de alguna manera se alivia al desligarse del control.

Este armado posibilita al profesional intervenir cortando las escaladas de maltrato, falta de respeto, agresión y hasta en ciertas ocasiones llegar a violencia (Montesano, 2016) y orientar la sesión hacia el nudo del problema que es lo que no pueden decir y necesitan decirlo. Es importante señalar esto se logra por el trabajo arqueológico que hace el terapeuta para que ellos puedan hablar de lo que les está sucediendo y en última instancia este el trabajo de fondo que implica este proceso.

Es central en este proceso tener en cuenta que los encuentros sesión a sesión son altamente dinámicos y muchas veces impredecibles, por lo cual la evaluación de la alianza debe hacerse permanentemente durante todo el proceso, es decir desde el inicio hasta el final. No es algo dado y que permanece estable a lo largo del proceso.

 

Ensanchar el pasillo relacional

En mi trabajo clínico propongo una metáfora que habla de los pasillos de las parejas, dando a entender que todas la parejas transitan sus vidas en un camino o pasillo el cual tiene a un lado el infierno y del otro el paraíso. Las parejas en su transitar se encuentran con obstáculos o amenazas. Las parejas con pasillos angostos, tienen poco espacio para tramitar el conflicto y dependerá de las habilidades para manejarlo que podrán acercarse al infierno o caer en él. También dentro de este grupo de parejas de pasillo angosto están aquella que aun viviendo los placeres del paraíso un detalle amenazante los coloca instantáneamente en el infierno. Por su lado, aquellas parejas con pasillos anchos tienen mayor posibilidad de manejar el límite y por lo general se mueven en un escenario relacional pautado implícita o explícitamente. A modo de síntesis, podríamos definir al espacio del pasillo como el sector de tolerancia de la pareja.

Esas parejas de pasillos angostos pueden engañarnos, haciéndonos creer que esa facilidad que tienen para entrar en el dramatismo, representa un mal pronóstico o son percibidas como vínculos caóticos a la espera de una oportunidad para separarse realmente. En algunas relaciones ese patrón representan una “dinámica muy adrenalínica” a la cual muchas veces no están tan dispuestos a abandonar como uno como terapeuta supone. En estos casos es allí donde reside el núcleo del problema más allá de lo dañino que pueda verse desde afuera.

A su vez, estas puestas en escena de la convivencia están afectadas por los márgenes que las micropolíticas de la intimidad proponen.

Los terapeuta debemos ser observadores de esos patrones y estar lejos de semejante hipótesis terminal, que nos lleve a realizar intervenciones indebidas, aquí voy recordar una frase de un gran maestro de terapeutas el Dr. Juan Luis Linares “…ningún terapeuta une lo que la pareja no desea unir, ni separa lo que la pareja no pretende separar”.

Trabajar sobre el escenario de la interacción implica detectar los mecanismos de defensa individuales y distinguir las señales (incluidas la corporales) que alertan sobre la amenaza y por consiguiente la reacción.

Trabajar sobre el área profunda que empuja a la superficie lo indeseable de cada paciente puede ser tarea de un espacio terapéutico individual.

La clínica de pareja pone, como ningún otro espacio clínico, en evidencia carencias y trastornos vinculares.

Una oportunidad para cuidar

No suele ser tan fácil que una pareja coincida en emprender un tratamiento psicológico, se conocen las dificultades que pueden surgir para que finalmente logren tomar la decisión. Por eso es tan importante considerar que sí lograron llegar a la consulta, nuestro compromiso con esa oportunidad debe llevarnos a desplegar los recursos necesarios que la pareja requiere del profesional en esa instancia de vulnerabilidad y de necesidad de cambio, aunque no sean estos aspectos los que ellos puedan evidenciar.

La construcción de la alianza terapéutica nos dará un marco ordenador (Des Champs, 2007).

Luego vendrá la tarea de escuchar las interpretaciones, expectativas y demás áreas del conflicto individual y los patrones de interacción que inciden sobre esa terceridad que es el vínculo.

Todas las parejas tienen tres voces dos que hablan de “mi voz”, es decir de cada uno de ellos y “la voz del nosotros”. En parejas muy desgastadas “la voz del nosotros” casi no se escucha. Muchas veces ellos quieren estar representados en “la voz del nosotros” aún cuando cada integrante grite para que su voz se haga escuchar.

Y es allí donde el terapeuta pueda incluir el nosotros en ese compromiso de lo posible, es decir la alianza terapéutica, incluyéndose como participante diferenciado del proceso.

El terapeuta cuando pregunta en el cierre de la sesión “…estamos de acuerdo?” no es una intervención inocente. Sabe que la respuesta provoca el desarme de “mi vos” y los invita a incluirse, siempre los alivia encontrarse aunque sea por un tiempo en ese pequeño acuerdo al que fueron invitados.

Los motivos de consulta suelen ser traídos bajo formulaciones diferentes del porqué la pareja está como está. Estas formulaciones son absolutamente necesarias considerarlas así como es esencial indagar desde donde se construyen para diseñar el proceso terapéutico.

El contenido que se necesita debemos buscarlo en:

a) el diagnóstico vincular de la familia de origen, el marco sociocultural y el diagnóstico vincular de la pareja;

b) el modelo de manejo del conflicto inadecuado y los patrones de interacción

c) Los mecanismos de defensa, memoria traumática etc.

Tengamos en cuenta que todo ese “material” no solo es movilizante sino que será utilizado a lo largo de todo el proceso terapéutico.

La etapa diagnostica también puede instrumentarse para facilitar el clima de confianza necesario para que la narrativa de cada uno de ellos permita ir mostrando el origen de conductas, identidades, interpretaciones de la realidad y manejos vinculares.

En nuestro trabajo siempre sumamos el vínculo terapéutico como un vehículo necesario para generar el clima de confianza y compromiso.

Por su lado, el Genograma de la historia vincular de cada uno de los cónyuge es una alternativa muy adecuada como recurso diagnóstico y escénico ya que puede ser utilizado y recreado durante todo el proceso clínico.

De aquí se desprende la necesidad que el terapeuta co-construya “una formulación del paso posible” diferente del que espera la pareja y obtener la aprobación de ambos, dará lugar a un cambio de actitud inicial y una proyección más positiva del sentido de la terapia. Es decir, este paso es el que pueden dar juntos como pareja y no el que podría dar cada uno de ellos en forma individual.

Por lo tanto, ensanchamos ese pasillo que podría aliviar el estado perturbador tomando como terapeutas la posición de mando y redefiniendo junto con la pareja la interpretación inicial del problema. Esto nos permitirá también reformular la posición confrontativa o competitiva que la pareja tiene frente al problema, presentando la idea asumir el compromiso de soldidarizar el vínculo para el proceso terapéutico.

Una definición posible de la Solidaridad Vincular en contraposición del modelo confrontativo que han venido conservando para atravesar los conflictos, dará lugar a una prescripción sobre la conducta a tener en cuenta y agregada como pauta relacional, que será evaluada en la sesiones posteriores.

Una alternativa para facilitar esta propuesta vincular es buscar antecedentes en los cuales la pareja trabajó hombro a hombro frente a un problema. Si bien, en general traen recuerdos de “enemigos externos” a la pareja y para ambos por igual, las preguntas circulares posibilitan mejorar la visión de estos recuerdos y la apertura para intentar modificar el patrón negativo de la interacción.

La claridad del mapa relacional que la pareja despliega en la etapa diagnostica pone en evidencia las formas del manejo del conflicto que terminan en lugares no deseados y considerar los caminos posibles hacia un cambio. Es importante tener en cuenta que la terapia de pareja suele implicar a hijos, decisiones de continuidad o separación, estados de soledad, padecimiento emocional profundo, violencia, etc., que nos mostrara las particularidades de ese sistema.

 

Referencias

Caillé, P. (2001). Uno Más Uno son Tres. La pareja revelada a sí misma. Barcelona: Paidos Iberica.

Des Champs, C. (2007). Intervenciones sistémicas, de intervenciones a

Invenciones. En Terapia Familiar Desde Iberoamérica, Ceberio, Linares y Medina (comps.). Tres Haches.

Mihanovich, M. J. (2013). La (a)ventura de vivir en pareja : teoría y práctica de su psicoterapia. Buenos Aires: Lugar Editorial

Montesano, A. (2016). El Diagrama Circular en terapia de pareja: Un mapa relacional para el proceso terapéutico. Revista de Psicoterapia, 27(104), 59-82.

Perrone, R. (2020). Lo esencial en terapia. Una visión pragmática del encuentro terapéutico. Conferencia presentada en Relates 2020, 3 y 4 de Julio de 2020, Asunción, Paraguay.

Rubano, R. (2017). Las Cinco Patas del Conflicto en la Terapia de pareja. Trabajo de formación de terapeutas. Escuela Sistémica Argentina.

Rubano, R. (2017). La Terapia del aprecio. Trabajo de formación de terapeutas. Escuela Sistémica Argentina.

Scheinkman, M. (2008). The Multi-level Approach: A Road Map for Couples Therapy [El Abordaje Multinivel: una hoja de ruta para la terapia de pareja]. Family Process, 47(2). Recuperado en https://12dc1471-e955-567f-7ec0-8296794f6b6a.filesusr.com/ugd/6eeb33_8bc0b71db6cc483aa54fd2a109a08cb8.pdf

 

 
4ta Edición - Julio 2020
 
 
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