ISSN 2618-5628
 
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Desarrollo de competencias psicoterapéuticas basadas en Mindfulness
 
Candarle, Javier
Centro de Terapia Cognitiva (CTC)
 

 

Para el momento en el que escribo este apartado, llevo unos diez años de práctica, profundización y aprendizaje de este fértil camino. Cuando allá lejos y hace tiempo conocí el programa de ocho semanas (MBSR), de ninguna manera deseaba llevarlo a mi consultorio. No quería que algo más en mi vida se transformara en trabajo. Estaba agotado de la psicoterapia, tanto desde el lugar del paciente como desde el rol de psicoterapeuta. De la mano de otros colegas del Centro de Terapia Cognitiva de Buenos Aires, atravesé un intenso proceso que me fue transformando de una manera sencilla y gradual pero a la vez radical. El contacto con la experiencia directa por sobre la intelectualización y las racionalizaciones explicativas, el retorno respetuoso y minucioso al cuerpo, la menor reactividad y el incremento de la autoconsciencia no rumiativa, así como la apertura hacia el amor y la compasión tanto hacia mí como hacia todos los otros congéneres, me hicieron sentir que habitaba la mejor versión de mí mismo. La práctica personal me había transformado en otra persona, y entonces me resultaba inevitable el deseo de llevar este diamante a los demás. Poco a poco, la Atención Plena comenzó a filtrarse en mi consultorio. Comencé a habitar los principios técnicos de la terapia cognitiva y noté que podía intervenir técnicamente con una calidad y una hondura diferente.

Hace ya algunos años, la práctica de Mindfulness está impactando de una manera fértil, prolífica y prometedora en todo el campo de la psicoterapia y en especial en el de la Terapia Cognitiva. Dentro de dicho campo, están saliendo a luz una buena cantidad de modelos emergentes que configuran lo que se ha dado llamar "la Tercera ola de psicoterapias cognitivas". Este grupo de dispositivos para aliviar el sufrimiento humano implican una revalorización de los preceptos y procedimientos de los modelos conductuales de primera generación, con un profundo enriquecimiento devenido de los aportes, conceptos y prácticas de Mindfulness y de la psicología budista.

Entre los tantos que se encuentran en plena ebullición, podemos mencionar a la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) (Hayes, Strosahl y Wilson, 1999, Hayes, Luoma, Bond, Masuda y Lillis, 2006, Hayes y Strosahl, 2004); la Psicoterapia Analítica Funcional (FAP) (Kohlenberg y Tsai, 1991, la Terapia Dialéctico Conductual (DBT) (Linehan, 1993); la Terapia Integral de Pareja (IBCT) (Jacobson y Christensen, 1996), la Terapia Cognitiva Basada en Mindfulness para la depresión (MBCT) (Segal, Teasdale y Williams, 2002), entre otros.

La mayoría de estos procedimientos incluyen articulaciones más o menos complejas entre la moderna psicoterapia de Occidente y las perspectivas de la antigua psicología budista. En esta intersección se generan nuevas maneras de explicar y comprender el sufrimiento de la psiquis humana. Pero, ¿cómo articular algo que emerge de un contexto religioso y milenario, como es Mindfulness, con la psicoterapia occidental de sólidas estructuras científicas? Es un verdadero desafío lograr articulaciones serias y consistentes que no se tornen en un pastiche, al decir de la ingeniosa colega española Isabel Caro Gabalda (2003). Paul Fulton (2005) describe la intersección entre Mindfulness y la psicoterapia como un continuo que va desde un polo implícito, donde el terapeuta es el que practica e influye en el proceso desde su práctica personal, hasta un polo explícito, en el cual se instruye al paciente sobre ciertas prácticas y procedimientos tendientes a reducir su sufrimiento y aumentar su bienestar.

En este apartado me propongo hacer foco en el polo más implícito del mencionado continuo, desarrollando el impacto que tiene la práctica del Mindfulness sobre el terapeuta. A grandes rasgos, y en esto profundizaremos más adelante, un clínico que practica se torna una persona más atenta y concentrada, con una mayor tolerancia afectiva y una incrementada capacidad de aceptación y empatía. Mindfulness puede transformarnos en profesionales menos reactivos y por ende más ecuánimes, amorosos y compasivos.

Veamos entonces, para los que aún no están al tanto, en qué consiste este fértil y prolífico constructo.

 

Qué es mindfulness. Una breve definición y caracterización

Si bien tenemos la posibilidad de encontrar una buena cantidad de precisiones en relación a lo que significa exactamente Mindfulness (o Atención Plena, la traducción que más se acerca al significado original en el inglés), una de las que se encuentra más extendida es la acuñada por John Kabat-Zinn (1994), quien la define como "la consciencia que emerge del hecho de prestar atención, de una manera particular: deliberadamente, al momento presente y con aceptación, sin juzgar". Lo primero que resalta de esta frase es que Mindfulness es entonces en principio un estado de consciencia y que tiene como característica principal el hecho de habitar la experiencia de una manera directa, total y en un estado de flexible fluidez perceptual. El término originariamente deriva de la palabra "sati", que en idioma Pali significa "recordar". Pero este no se refiere a recordar sucesos del pasado, sino que alude a la capacidad para recordar estar presentes y vivos a la realidad que se nos presenta un momento tras otro. La palabra viene del latín "recordari", formada por "re" (de nuevo) y "cordis" (corazón): volver a pasar la vida por nuestro corazón.

A raíz de nuestra capacidad simbólica, tendemos a quedar enredados en los laberintos y vericuetos de nuestra mente, alejándonos más y más de la crujiente vitalidad propia de la experiencia directa. En Oriente llaman "estar dormidos" a este desatento, difuminado e ilusorio modo de vivir en nuestros contenidos mentales. Cuando aprendemos a dirigir nuestra capacidad atencional de manera intencionada al momento presente, recuperamos la posibilidad de decidir dónde vamos a estar verdaderamente vivos y conscientes, y cortamos así el lazo reactivo sostenido con las ensoñaciones, anticipaciones y recuerdos que nos suelen dejar atrapados en narrativas simbólicas, tanto en nuestras vigilias como en los plácidos sueños que nos acunan durante la noche.

Nuestra verdadera vida transcurre en el lugar donde está nuestra atención. Cuando recuperamos la regulación intencional de esta enorme capacidad cognitiva, recobramos la habilidad de "estar donde ya estamos", al decir de Kabat-Zinn (1994). Y entonces podemos habitar la experiencia del presente de un modo completo y total. Estar de manera plena en el presente es estar con el corazón de la existencia. Luego de perdernos en los pasadizos de la mente, volvemos a pasar las cosas por el corazón. A medida que transcurre el fluir de los eventos, y si estamos verdaderamente atentos, podemos llegar a percibir también el modo en el que nos vinculamos con ellos. Y este es el otro aspecto central que encierra este potente camino. La verdadera liberación del sufrimiento ocurre en ese recóndito hiato que existe entre las experiencias que nos llegan momento a momento y nuestro modo de relacionarnos con ellas.

Hace más de dos mil quinientos años que la exquisita y compleja psicología budista descubrió nuestros condicionamientos más esenciales refrendados luego por la psicoterapia occidental: nos relacionamos con rechazo a las experiencias aversivas, con apego a las gustosas y con indiferencia a las que nos resultan neutras. Tanto la evitación de las experiencias desagradables como el aferramiento a las que nos resultan atractivas y generan placer, marcan para la psicología budista, la raíz misma de nuestro sufrimiento psicológico. "El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional", nos dice una antiquísima máxima budista, situando nuestro padecimiento psíquico en ese intersticio entre las experiencias por un lado y el modo en que elegimos relacionarnos con ellas por el otro.

En este mismo corazón conceptual es donde convergen los conocimientos de la terapia cognitiva con la antiquísima y rica tradición del abhidharma, la sabia psicología budista. "Las personas no sufrimos por los eventos, sino por el modo que tenemos de relacionarnos con ellos", nos dice Epícteto en la tradición epicúrea, base filosófica de la mencionada psicoterapia. Por lo tanto, junto con ese dominio atencional, desarrollamos la capacidad de estar en la experiencia sin los vaivenes de nuestros condicionados apegos y rechazos, podremos despertar a la realidad viva y plena del momento presente sin la agitada reactividad que tanto nos confunde y enferma. Además de la atención en el presente, cultivamos también las difíciles actitudes de ecuanimidad y aceptación.

 

Qué son las competencias psicoterapéuticas

Podemos caracterizar a las competencias terapéuticas como una serie de habilidades que deben poseer los profesionales clínicos para llevar adelante con idoneidad el proceso de tratamiento psicoterapéutico y que, como tales, son pasibles de ser entrenadas y desarrolladas. Tal vez una de las definiciones más influyentes y más citadas de dichas aptitudes sea la que proponen Epstein y Hundert (2002), según la cual, una competencia implica usar adecuadamente tanto la comunicación, como los conocimientos, las habilidades técnicas, el razonamiento clínico, las emociones, los valores y la reflexión en la práctica profesional con el fin de beneficiar a la persona y su comunidad. El terapeuta idóneo interviene cognitiva, emocional, fisiológica y conductualmente, integrando en su presencia todos los niveles de la complejidad humana.

Carrasco (2002), nos propone tres grupos de habilidades terapéuticas:

1) Para las estrategias terapéuticas
2) Centradas en el proceso terapéutico
3) Centradas en la relación terapéutica

Este último grupo es el que nos interesa destacar para el desarrollo del capítulo.

Sabemos por la investigación que las diferentes formas de psicoterapia producen resultados terapéuticos positivos similares, (Luborsky, Singer y Luborsky, 1975; Stiles, Shapiro y Elliott, 1986; Lambert, 1992) con lo que queda claro que no serían los aspectos conceptuales o técnicos los que resultarían relevantes para obtener buenos resultados en un proceso terapéutico. En la misma línea, hay algunas investigaciones en las que se concluye que las variables inespecíficas de los tratamientos explican un 45% de los éxitos terapéuticos, y entre ellas se recalca el papel que desempeña la alianza terapéutica, determinada principalmente por la percepción del paciente de los actos del terapeuta: empatía, confianza y capacidad para entregar una fundamentación convincente ( Safran y Segal, 1990). Se han destacado tres componentes de la mencionada alianza terapéutica: a) vínculo emocional positivo entre consultante y terapeuta, b) acuerdo mutuo sobre las metas de la intervención y c) acuerdo mutuo sobre las tareas terapéuticas. Keijsers, Schaap y Hoogduin (2000) llegan a la conclusión de que una relación positiva entre terapeuta y cliente es un predictor de buenos resultados terapéuticos. En la misma línea, diferentes estudios ya habían mostrado que las características individuales del terapeuta tienen un impacto sustancial en los resultados, tanto en los ensayos clínicos como en la práctica real (Crits-Christoph, Baranackie, Kurcias, 1991; Huppert et al., 2001; Wampold, y Brown, 2005).

Queda entonces claro que las variables en la personalidad del terapeuta junto a sus competencias clínicas son centrales para el buen decurso de una psicoterapia. Ahora, ¿cuáles son esas variables? Ruiz y Villalobos proponen incluir entre estas características el interés genuino por las personas y su bienestar; el conocimiento de uno mismo o autoconocimiento; el compromiso ético y todas aquellas actitudes que favorezcan la relación terapéutica: calidez, cordialidad, autenticidad, respeto, empatía y aceptación positiva incondicional (Ruiz y Villalobos, 1994). Beck, Rush, Shaw y Emery (1976) hacen énfasis en la aceptación, la empatía y la autenticidad. Carl Rogers (1972) describía hace ya muchos años la empatía, la autenticidad y la valoración incondicional positiva hacia nuestros pacientes. Podríamos pensar que todas las cualidades humanas positivas tendrían alguna injerencia en nuestro desarrollo como buenos terapeutas, pero lo cierto es que entre todas ellas hay algunas que son más imprescindibles que otras. Pareciera que hay algún grado de consenso en establecer que las habilidades terapéuticas esenciales para el establecimiento de la alianza entre paciente y terapeuta son la escucha activa, la empatía, la aceptación incondicional y la autenticidad. Existen asociaciones significativas positivas entre estas actitudes y los resultados del tratamiento (Keijsers, Schaap y Hoodguin, 2000).

La escucha activa es fundamental en psicoterapia, ya que fomenta la auto-revelación de los pacientes e implica tres actividades por parte del profesional: recibir el mensaje (mediante la comunicación verbal, la vocal, la no verbal y la actitud), procesar la información (sabiendo discriminar lo importante y a la vez establecer su significado) y emitir respuestas de escucha. La empatía consiste en la capacidad de comprender los pensamientos y sentimientos de las personas desde su propio marco de referencia. Se refiere a la capacidad de ponernos en los zapatos del otro, e implica comprender el significado de las implicaciones emocionales, cognitivas y conductuales más allá de lo que este otro exprese. Hay muchísima investigación acerca del impacto que tiene la capacidad empática del psicoterapeuta en los resultados del tratamiento. La aceptación incondicional consiste en la compleja cualidad cognitiva y emocional de aceptar al paciente tal y como es, y valorarlo más allá de sus conductas hostiles, disruptivas o desreguladas. Cuando logramos habitar esta actitud, podemos sentir el esfuerzo sincero por comprender a nuestro paciente, junto a una genuina disposición a aliviar su sufrimiento. Por último, la autenticidad implica la capacidad de revelar aquellas experiencias internas que consideremos relevantes para el proceso terapéutico. Esto implica el hecho de ser naturalmente espontáneos incluyendo en la terapia ciertas "confesiones" y estableciendo así un vínculo de simetría colaborativa.

Ahora que hemos propuesto algunas competencias esenciales, ¿cómo desarrollar estas cualidades? ¿Cómo lograr que los terapeutas habiten verdaderamente estas características imposibles de ser aprendidas en la lectura académica o por medio de los programas habituales de entrenamiento centrados en repertorios técnicos? Sabemos que los aspectos actitudinales son mucho más difíciles de entrenar que las habilidades más específicas, tales como aquellas relacionadas con la comunicación, la capacidad de implementación técnica o las habilidades de diagnóstico (Lambert y Ogles, 1997).

Es aquí donde Mindfulness viene a ofrecernos un camino.

 

Cómo Mindfulness desarrolla las competencias psicoterapéuticas

Tara Brach y Jack Kornfield coordinan un hermoso curso que tuve la oportunidad de realizar llamado The power of awareness, en donde nos sugieren que la práctica de la Atención Plena es como el vuelo de un ave. Esta precisa de sus dos alas para mantener la sustentabilidad en el aire y así avanzar: el ala de la atención y el ala del corazón. La capacidad de estar atentos y presentes habitando lo que está ocurriendo un momento tras otro es tan importante como el modo en el que nos vamos a vincular con estas experiencias. Mente y corazón danzan una coreografía capaz de construir plenitud o sufrimiento.

Vamos a diferenciar ciertos aspectos más ligados a la actividad de la mente de otros atribuibles al corazón, para proponer una serie de competencias desarrolladas por la práctica de la Atención Plena, pero que en realidad solo estarán divididas a los efectos conceptuales. En la vivencia directa se dan íntimamente entrelazadas. Uno de los primeros frutos que recogemos al practicar Mindfulness es la capacidad de responder en lugar de reaccionar. Más allá del apego, neutralidad o aversión que los eventos que nos llegan nos generen, podemos permanecer paulatinamente menos reactivos a las realidades que la vida nos depara.

Hace unos días me encontraba practicando plácidamente en mi zafu de meditación, cuando apareció de manera repentina un pensamiento acerca de una tarea importante que debía realizar a la tarde y que francamente había olvidado. El impulso inmediato que irrumpió para apresarme fue el de levantarme y resolver en mi computadora lo que había quedado pendiente. Sin embargo, el encontrarme en estado de práctica hizo posible que en lugar de quedar "secuestrado" por dicha disposición mental, pudiera observar la experiencia sin dar curso a la reacción más automática y visceral. Al darme cuenta de lo que sucedía mientras sucedía, pude observar la emergencia del pensamiento junto a la inmediata tensión física en las cervicales, un cierto calor en la cara, la ansiedad concomitante y el deseo de levantarme a resolver lo inconcluso.

El insight sobre la experiencia inmediata nos permite responder eligiendo. En la pequeña viñeta recién relatada, pude continuar practicando el tiempo que ya había dispuesto en la alarma de mi celular sin quedar arrastrado por las fuerzas de mi habitual ansiedad de cumplimiento. La disminución de la reactividad suele ser una de las piedras angulares sobre la que se edificarán muchos de los beneficios que nos regala la práctica de la Atención Plena. Pero las cosas no se quedan solamente ahí. Esa pausa sagrada entre el arribo de los estímulos y nuestras respuestas condicionadas nos permite un claro incremento de nuestra capacidad de autoobservación y de distanciamiento crítico, o defusión cognitiva. Al refrenar la acción automatizada podemos percibir las cadenas que se arman entre las situaciones, las sensaciones físicas, las emociones, los pensamientos y las motivaciones en una danza que tiende a ser autoperpetuante y que nos permite observar de manera directa cómo es que se va produciendo el sufrimiento psicológico.

Pensar en lo inconcluso, la tensión física, el deseo de resolver la situación, la impaciencia, las ganas de abrir los ojos y otras manifestaciones psicosomáticas se alimentaban mutuamente en una espiral ascendente, que pude sostener con dificultad pero que abrió un espacio para desplegar esa observación curiosa que puede darnos información invaluable acerca de nosotros mismos y nuestros habituales patrones de respuesta. Donde hay impulso impera una consciencia no rumiativa que toma contacto con las cosas de una manera súbita e intuitiva, sin un discurrir racional. Por ello la tradición de la que emerge Mindfulness, Vvipassana, significa "visión clara o visión penetrante".

Detener la reacción automática y abrir un espacio de autoobservación de la experiencia inmediata nos lleva más fácilmente a defusionarnos de nuestros propios pensamientos, creencias, reglas y paradigmas personales. La defusión cognitiva, uno de los seis procesos de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), implica aprender a observar nuestras cogniciones como lo que son –nada más que piezas de lenguaje, palabras e imágenes- en lugar de tomarlas como reglas que tienen que ser obedecidas, verdades objetivas y hechos. En la capacidad para tomar esa distancia crítica de los propios contenidos mentales yace uno de pilares de la disminución de nuestro sufrimiento psicológico y de la atenuación de muchos cuadros psicopatológicos.

A partir de las investigaciones de Teasdale, Williams y Seagal (2008) con la terapia cognitiva basada en la Atención Plena, queda claro el cambio importante que tiene lugar en la terapia cognitiva no tiene tanto que ver con las modificaciones en los esquemas y sus pensamientos, sino con los procesos de distanciamiento crítico. Es decir que lo que resulta importante en el cambio no son tanto los contenidos cognitivos en sí, como la relación que la persona establece con los mismos. No es lo mismo tener un pensamiento y creer que se trata de una observación directa de la realidad, un espejamiento de la misma, que tener un pensamiento y tomarlo como lo que es, simplemente un evento simbólico generado por nuestra mente y pasible de ser refutado. En esa ganancia metacognitiva se sitúa una buena parte de nuestra salud psicológica. Para Semerari, Carcione y Nicolo (2000) las funciones metacognitivas son una serie de habilidades que nos permiten a las personas comprender los fenómenos mentales pero también, a partir de este conocimiento, operar sobre ellos para la resolución de tareas y la gestión adecuada de nuestros estados mentales.

De lo que venimos refiriendo hasta el momento podemos inferir que una marcada disminución de la reactividad junto a un incremento en la autoobservación y defusión cognitiva nos torna mucho más ecuánimes y así posibilita un aumento también de nuestra capacidad de aceptación de los fenómenos tal y como se nos presentan. Ecuanimidad y aceptación son para mi gusto el cuerpo del ave, los conceptos que funcionan como puente entre la mente y el corazón. Una mente más estable, concentrada y receptiva es la precondición necesaria para que emerjan las semillas amorosas que anidan en nuestro corazón. Desde el corazón de las enseñanzas budistas nos dicen que en una mente bien asentada y serena, emergen naturalmente las otras tres moradas sublimes, que son, junto a la ecuanimidad, la alegría empática, el amor incondicional y la compasión.

El concepto de moradas alude a cuatro estados de expansión amorosa que pueden ser cultivados y que representan el núcleo más hermoso, sano y bondadoso que todos tenemos como condición esencialmente humana. Las impurezas de la mente van enturbiando esa naturaleza prístina y cristalina que puede ser recuperada a partir de la práctica meditativa. El primero de ellos, la alegría, implica la capacidad de gozar del bienestar ajeno. Una reducción de la envidia, los celos y la competitividad redundan en un mayor deseo del bien del otro. El amor incondicional expresa una actitud benevolente, respetuosa, amorosa y receptiva hacia todo lo que existe. El cuidado por no dañar emerge claramente de un individuo sereno y conectado. Por último, la compasión es la percepción empática del sufrimiento de las otras personas y un deseo genuino de ayudarlas. En mi opinión, estas tres moradas sublimes que aparecen con la práctica sostenida de Mindfulness no son más que tres de los rostros del amor y están ecuménicamente resaltados en las grandes tradiciones religiosas.

Debemos decirlo así, mi estimado lector. Una persona que practica a consciencia y a lo largo del tiempo se torna menos reactiva y mucho más amorosa. Siete entonces son las competencias identificadas que amplían las ya fundamentadas escucha activa, la empatía, la valoración incondicional y la autenticidad. {ver figura 1}

Imaginemos entonces estas competencias dentro del espacio de la consulta psicológica.

 

Competencias en acción

Mariela consulta relatando tener dificultades para establecer vínculos íntimos con aquellas personas con las que entabla relaciones en el tiempo. Siente que las parejas le duran poco, no tiene amigos íntimos o cercanos y mantiene relaciones difíciles con su madre y con su única hermana. Su padre falleció cuando ella tenía doce años.

La primera parte del proceso fue bastante fluida y ella se mostró solícita y colaboradora con la terapia. Llegaba puntual a nuestros encuentros y estaba dispuesta a explorarse e indagar en todo aquello que fuera surgiendo. Todo iba entonces razonablemente bien hasta que, promediando los tres meses de proceso, comencé a sentir que Mariela me mentía a menudo. Había contradicciones en sus dichos y también faltaba a nuestras sesiones con cierta asiduidad. Muchas veces, y casi sobre la hora, me escribía un texto y se excusaba de venir a nuestra cita programada. En la sesión siguiente daba una serie de excusas que de a poco me empezaron a resultar inverosímiles. Cuando me cuestionaba qué debía hacer con aquello que efectivamente estaba notando, sentía no tener evidencia para poner estas percepciones sobre la mesa, y así quedaba preso de cierta inacción, algo que suele ocurrirme cuando tengo que entrar en situaciones un tanto ríspidas con las personas que me relaciono. Tiendo a ser bastante "evitador" de los conflictos y podría decirse que me siento más cómodo agradando y complaciendo que entrando en altercados.

La terapia mantuvo estas peculiaridades hasta que un día, luego de excusarse de no asistir a su sesión por motivos de salud (alegó tener fiebre muy alta y una indicación del médico de guardia de reposar durante 48 horas) me la encuentro a la noche en un complejo de cines de un shopping cercano a mi domicilio. Su apariencia radiante contradecía absolutamente el cuadro de padecimientos que me había comentado unas horas antes. Vi su cara de incomodidad al tiempo en que un enojo bastante intenso se apoderaba de mi persona. "Mentirosa", dije para mis adentros mientras me revolvía en cierta indignación y ofuscamiento. La saludé cortésmente y entré a ver la película. Al rato olvidé el incidente.

Volví a encontrarme con ella en la sesión pactada para la semana siguiente. Unos instantes antes de que llegara pude notar cierta tensión en mis cervicales y en el ceño, y también una ligera comezón en el estómago, ¿qué me diría? Al rato de entrar a la consulta, Mariela apeló nuevamente a un repertorio de excusas: en realidad aquel día ella estaba muy enferma pero había tomado una serie de medicamentos que le permitieron ir al cine con una amiga del trabajo con la que había empezado a relacionarse más profundamente. "Tal y como venimos trabajando, ¿viste? Estoy abriéndome más a las personas". Me miró muy segura de sí y dando el pequeño asunto por cerrado siguió hablando de este vínculo en el que decía estar profundizando. Nuevamente, el enojo se apoderó de mí y ahora de un modo más intenso. "¿Creerá que me voy a tragar ese buzón? ¿Piensa que soy idiota?

Noté mis pensamientos e inmediatamente pude abrir un espacio para observarme sin hacer nada con lo que me iba sucediendo. La emoción iba y venía del pecho a la cabeza como un pequeño fuego que por oleadas me producía calor e incomodidad. Percibí también la tendencia a retirarme de la relación. Como no me gusta entrar en altercados, suelo quedarme callado y "traer a los embajadores de vuelta a casa". Mi cara permanece ahí, cortés y adecuada, pero mi verdadera persona se corre de la intimidad. Empiezo a ser inauténtico y a ponerme en un piloto automático, amable pero distante.

Darme cuenta de ese patrón vincular me permitió recuperar la disciplina interior, al decir de Jeremy Safran (1991), en momentos problemáticos de la relación terapéutica, los profesionales podemos intentar mantener la perspectiva amorosa de cuidado del consultante pese a las madejas interpersonales que él mismo activa y que tienden a minar el vínculo terapéutico. El terapeuta en consciencia de sus reacciones internas y externas, utiliza toda esta información realizando ciertas operaciones empáticas al servicio del cuidado del otro.

-Mariela, disculpame, pero la verdad es que no me parece que las cosas hayan sido como me las contás. Me cuesta decírtelo, porque corro el riesgo de equivocarme y de lastimarte, pero me parece que está bien que lo ponga sobre la mesa y lo hablemos.

Sentí un alivio inmediato cuando terminé de pronunciar las palabras. La ira se disipó inmediatamente y pude notar la aparición de cierta incertidumbre junto a un pequeño monto de ansiedad acerca de lo que ocurriría luego de mi descargo. Pude ver cómo el rubor invadía su rostro. Se quedó callada por unos momentos que me parecieron eternos y mirando hacia abajo me pidió que la disculpara, que se le había pasado el horario de la sesión y no se animó a decirme la verdad porque le parecía una excusa pueril que dejaba expuesta su irresponsabilidad.

La tensión que había sentido durante todo el primer tramo de la sesión se transformó en un cálido y compasivo afecto expresado en un deseo profundo de ayudarla a traspasar sus modos perimidos de relacionarse profundamente con los otros. Sentía que de nuevo estábamos los dos completamente presentes y vivos ahí, en la sesión y en nuestra relación. Ella en su vulnerabilidad y yo en la mía, con el coraje de mostrar la verdadera herida, nuestros límites y una creciente decisión de atravesar el sufrimiento para encontrar nuevamente la ansiada plenitud.

Más avanzado nuestro proceso pude entender que aquella sesión fue de alguna manera crucial. Lo que podría haber sido un proceso de distanciamiento irreversible se transformó en un renovado compromiso para trabajar juntos. De manera gradual fueron apareciendo su temor a la intimidad y una hipersensibilidad al rechazo que la llevaban a mentir para no defraudar a los otros, pero que finalmente la alejaban cuando esos otros comenzaban a percibirla inauténtica y mentirosa. Cuando las relaciones que Mariela entablaba crecían en el tiempo, el terror a la pérdida y al abandono la paralizaban y entonces actuaba en consecuencia tratando de ser lo que el otro supuestamente deseaba de ella. De este modo y bañada en la inautenticidad, perdía irremediablemente el vínculo que tanto intentaba cuidar.

El pequeño altercado de nuestra sesión dejaba en evidencia solo una pequeña porción de lo que ella venía a trabajar, pero esa pieza de verdad fue actuada en nuestro vínculo en lugar de relatada como narración. Sabemos desde hace mucho tiempo que las personas repiten con nosotros, los terapeutas, los patrones vinculares profundos que aprendieron con las figuras significativas desde la más temprana infancia. Los psicoanalistas hablan de transferencia y contratransferencia, los cognitivos de esquemas interpersonales, otros teóricos los refieren como patrones de apego, etc. Estas conceptualizaciones expresan diferentes maneras de mostrar cómo lo más poderoso que ocurre en la psicoterapia ocurre en el vínculo vivo entre dos personas, en donde una de ellas es responsable de estar verdaderamente en la relación y por momentos observarla con una mayor distancia metacognitiva, para utilizar esa información al servicio de la sanación del paciente. La disminución de la reactividad, que permite una mayor autoobservación, junto a una defusión cognitiva creciente, que nos posibilita no quedar atrapados en nuestros amagues de la mente, dan pie a la emergencia de la compasión, el amor y el franco cuidado por el bien del otro. "Un amor estratégicamente orientado", me gusta decir modificando el concepto tan ricamente acuñado por Vittorio Guidano (Guidano y Liotti, 1983).

No es fácil ser terapeuta, nosotros vamos también a los vínculos con nuestras heridas, nuestras corazas y nuestros egos. Si podemos sostenernos con amor y compasión ante nuestras limitaciones, probablemente podamos utilizar estas joyas del corazón humano al servicio de ambos, y sanar juntos en el proceso.

 

Conclusiones

Mindfulness se está constituyendo en un prolífico y fértil camino para la vida profesional y personal de muchos terapeutas. Observo maravillado el interés creciente que esta riquísima práctica despierta en las personas que ansían adentrarse en sus enseñanzas.

Pero claramente es un camino hondo que exige persistencia y profundización a lo largo del tiempo. La Atención Plena no es algo que se consigue en un corto programa de entrenamiento de habilidades, como puede ocurrir con algunas otras características del alma humana. Desarrollar las competencias mencionadas requiere de mucho tiempo de práctica, supervisión y lectura. En una sociedad que adora la inmediatez y los resultados a corto plazo, el camino de Mindfulness resulta contracultural.

Ninguna de las cualidades humanas necesarias para amar verdaderamente al otro, de un modo desinteresado y abstinente, al decir de los psicoanalistas, puede aprenderse en un curso de pocas clases. Implican realmente un camino de vida. La ventaja, mi estimado lector, es que los frutos también serán para nosotros.

 

Referencias

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1ra Edición - Diciembre 2018
 
 
Figura 1
 
 
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