ISSN 2618-5628
 
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Rasgos    
Cambio, Personalidad    
     

 
Cristalización y cambio en la pertenencia a los sistemas sociales
 
Fernandez Moya, Jorge
Universidad del Aconcagua
Universidad de Mendoza (UM)
 
Richard, Federico G.
Universidad del Aconcagua
Universidad Nacional de Cuyo (UNCUYO)
 

 

La cristalización de ciertas ideas en una definición, en un ámbito como el de la personalidad, aunque necesaria en ciertos momentos, comparte algunas características con el uso que de ese término se hace en física y química. Un cristal es un componente más estable de lo que eran los compuestos químicos previos que le dieron lugar. Desde un punto de vista interaccional, las relaciones entre personas pueden asumir diversos grados de estabilidad a lo largo de un periodo de tiempo determinado, configurando un cambio relativamente constante (concepto de homeostasis de la Teoría General de los Sistemas) a fin de alcanzar niveles funcionales y adaptativos.

Las personas del contexto significativo de un individuo, en tanto observadores, tienden a construir una imagen estable de la personalidad de éste a lo largo del tiempo y las situaciones. Dos variables resultan claves para esa construcción: el tiempo en el que los cambios tienen lugar y la intensidad de los acontecimientos generadores de improntas relacionales. {ver nota de autor 1} Mientras mayor sea el tiempo transcurrido, más acontecimientos de diversa índole estarán al alcance del observador, y por lo tanto, el peso relativo de cada uno de ellos se diluirá en el conjunto. Esta abundancia de información favorecerá a su vez el fenómeno ya descripto por el cual los nuevos comportamientos del individuo son asimilados por los observadores a los juicios previos, ya emitidos y socialmente consensuados. A su vez, esos juicios son fuente del feedback aportado al individuo y operan sobre su propia manera de percibirse, su narrativa y por lo tanto sobre la personalidad en su conjunto.

Cuando el contacto entre observador e individuo es esporádico, el monto de información acumulado resulta menor. Los cambios en el comportamiento serán por lo tanto más fácilmente percibidos por el observador y por ello incorporados a los juicios sobre la personalidad. Un ejemplo frecuente en el ámbito del desarrollo es cómo los familiares no convivientes se asombran del crecimiento de los niños, proceso que no será advertido de la misma forma por quienes tienen contacto diario.

Otra forma en la que el cambio se torna perceptible es cuando los acontecimientos presentan gran intensidad: estos actúan como hitos a los que es posible atribuir los nuevos patrones de comportamiento. Si los acontecimientos son inesperados, su función como causa visible del cambio será más clara para el conjunto de observadores. En esta comunidad de observadores, algunos miembros presentan un papel más relevante debido a su posición central en el sistema. Ya sea por relaciones afectivas (una madre, un tío muy querido), ya por las consecuencias que los juicios sobre la personalidad pueden tener para el individuo (un terapeuta, un docente, un juez), estos juicios constituyen un feedback de gran relevancia para las narrativas de identidad del individuo, y su influencia puede ser posibilitadora o imposibilitadora (Fernández Moya y Richard, 2017) para la adaptación.

La personalidad {ver nota de autor 2}, entendida como una construcción interaccional, comprende entre sus elementos esta clase de juicios por parte de quienes integran el entorno de personas significativas. Dichos juicios se refieren, en última instancia, a si el individuo cumple o no con los criterios de pertenencia exigidos por el grupo. Como resultado de esa evaluación podrá pertenecer o no, y si lo hace, ocupar un lugar más o menos central en la "manada". Desafiar esos límites o restricciones al comportamiento confronta al individuo con el riesgo de perder esa pertenencia tan valiosa. Añadiremos aquí que la intensidad de la pertenencia a un grupo social dependerá de la intensidad de las experiencias anteriores de carencia. En otro lugar exploramos la relación entre la intensidad de esa carencia (emocional pero también de otros tipos) y los niveles de autonomía del self respecto del grupo de pertenencia. El concepto de pertenencia rígida remite al poder del grupo sobre el comportamiento individual, y por ello la mayor influencia de los juicios de personalidad sobre el individuo, dejando en él menores márgenes en su libertad de elección y acción (Fernández Moya y Richard, 2019). {ver nota de autor 3}.

Las personas nacen en una comunidad o bien se unen a una, y en eso comparten ciertos significados y reglas acerca de qué implica la pertenencia. El paradigma de este fenómeno es quizás el proceso de mayor o menor integración de una familia de inmigrantes a una nueva cultura que resulta diferente de la de origen. El modo de ver el mundo de quienes integran la nueva cultura reforzará selectivamente ciertos comportamientos y castigará o extinguirá otros, actuando como un factor de cambio de gran relevancia para la personalidad de los individuos.

El feedback abierto o encubierto que el contexto social brinda al individuo funciona de manera similar a un sistema de posicionamiento global o GPS: aporta las coordenadas en las que éste reconoce su propia ubicación, brindando certezas relativas acerca de en qué lugar del sistema –en términos de centralidad y periferia- se ubica. Cuando la triangulación –siguiendo la analogía- entre los satélites proveedores de información falla, el dispositivo funciona mal y el individuo experimenta niveles antihomeostáticos de zozobra, dificultándose su adaptación al sistema social.

 

Rigidez y flexibilidad

Los valores y las prácticas sociales marcan caminos funcionalmente aceptables para el comportamiento individual. Cualquier rasgo de personalidad puede resultar entonces más adecuado en un contexto que en otro. Una persona que en nuestro medio cultural es puntual y llega a cada reunión o encuentro a tiempo, se destacará por esa característica, y será rotulada entre las personas de su contexto significativo a partir de la misma. Dicho individuo, viviendo otro contexto –por ejemplo, en Suiza-, sería una más entre muchas en cuanto a la misma característica, pues allí a nadie le resulta llamativo que las personas lleguen a horario a una cita. Como en el caso del antropólogo o el viajero que desarrollábamos más arriba, sólo la experiencia en otro contexto permite establecer una diferencia.

Cabe destacar que una variable clave aquí será en qué medida la persona, con sus características, se encuentra en un medio en el que mayoritariamente los demás piensan, actúan y funcionan de manera diferente. No dará lo mismo que en una determinada cultura algunas personas sean puntuales como el individuo, a que ninguna lo sea. En este último caso, la demanda del entorno en relación a la adaptación del sujeto será mucho mayor, exigiendo mucho más a los recursos personales del individuo. Mientras forme más claramente parte de una minoría, mientras más en la periferia del sistema se encuentre, mayor será esta exigencia.

Partiendo de esta ubicación en la periferia de un sistema, la mirada del investigador en personalidad pasa, en algún punto, a evaluar los recursos del individuo, y entre ellos cobra relevancia especialmente lo que podríamos figurarnos como un continuo entre rigidez y flexibilidad que hace a la adaptación, esfuerzo que podrá o no lograrse frente a ese medio potencialmente hostil.

A los fines de nuestras distinciones en relación al constructo de personalidad, diremos que la rigidez será un atributo del comportamiento que implica la imposibilidad, más o menos generalizada, de introducir cambios en el mismo para ajustarse a las demandas del entorno.

Una analogía posible para comprender este proceso es la de cómo ha sido construida la estructura de un edificio. Para que la misma soporte un terremoto de gran intensidad sin colapsar, se requiere que pueda acompañar los movimientos del mismo. Los materiales que la componen, y el encastre entre los distintos elementos de la misma, deben permitir hasta cierto punto esos movimientos. El hormigón armado (hierro con cemento en ciertas proporciones), por ejemplo, es más flexible que el adobe (ladrillos hechos a partir de barro, unidos con el mismo material). Un sistema como éste, sometido a fuerzas de cierta magnitud y dirección, se partirá, mientras que el hormigón podrá acompañar el movimiento sin experimentar daños, o sufriendo en todo caso daños menores, sin comprometer la estructura en su totalidad.

 

Reconocimiento y resentimiento

Si de adaptación al entorno se trata, podemos pensar dos grandes escenarios o caminos posibles que denominaremos reconocimiento y resentimiento. A los fines didácticos los definiremos como categorías, pero es posible plantearlos como extremos de un continuo que admite posiciones intermedias.

En el primer camino, el del reconocimiento, los mensajes que el individuo recibe de su entorno significativo destacan mayormente los aspectos positivos de su comportamiento actual, lo cual impacta en su self. La imagen -o coordenadas, si se prefiere la analogía del GPS- que el individuo recibe de los demás coincide con la propia imagen actual o bien, eventualmente, con una imagen de sí que el individuo desea a futuro. Esta última posibilidad se aplica especialmente a relaciones presentes que se enfocan sobre metas en el futuro: relaciones pedagógicas, terapéuticas, laborales en las que una persona trabaja activamente para el desarrollo de otra.

El resentimiento, por su parte, tendrá lugar cuando los mensajes del individuo son sistemáticamente descalificados, sus acciones y emociones son connotadas negativamente de muy diversas maneras, incluyendo mensajes directos, la ironía, la burla, y en un extremo la indiferencia.

En estos casos, la información que el individuo recibe en la interacción resulta discordante con el self, con esa imagen actual, en la ecología de la mente de ese individuo, o bien futura. Por ahora omitiremos la consideración de si uno u otro camino llevan al éxito o al fracaso en la lucha por la centralidad. Nuestro interés radica en la forma en que esas imágenes son cristalizadas de manera más o menos duradera.

 

Papel de los rasgos en una teoría interaccional

Los observadores tenderán inevitablemente a ver al individuo como alguien que tiene una forma particular de pensar, sentir y actuar. Este último componente, la acción, es el que resulta visible. Los pensamientos y sentimientos pueden ser inferidos a partir de ese comportamiento, que puede incluir verbalizaciones más o menos precisas acerca del modo de ver el mundo y de sentir que el individuo refiere. Es importante considerar esta distinción, atentos al principio de impenetrabilidad en la comunicación humana (Watzlawick, Beavin y Jackson, 1968).

Un caso particular de estas cristalizaciones es la que tiene que ver con una etapa del ciclo vital de la familia, o bien con las consecuencias relativamente duraderas de un acontecimiento inesperado, con las implicancias que tienen para el proceso familiar (Pittman, 1990). Una vez que pasa la etapa, una vez que desaparecieron las consecuencias inmediatas del acontecimiento, la persona puede volver a funcionar como antes. El cristal abandona su forma y el entorno del individuo puede devolverle nuevamente una imagen de su self más acorde a la previa, positiva, reconocedora. Se trata de una cristalización relativamente inestable, que puede mutar a otra forma a partir de esa influencia contextual.

Esos cambios temporarios implican la percepción de una consistencia a un nivel lógico superior, que constituye el fundamento de la concepción de personalidad más difundida entre legos y profesionales: un conjunto de características estables a lo largo del tiempo y a través de una serie de situaciones. El adolescente que "vuelve a ser cariñoso", la señora que "vuelve a ser amigable", muestran esta constancia perceptual que ya la crítica situacionista (Fierro, 1996) mostró en el ámbito científico de la personalidad en los años sesenta.

Los rasgos, desde nuestra perspectiva, son una construcción que asume la forma de una descripción acerca de la personalidad de un individuo. Dicha descripción es propuesta por un observador a otros observadores, y consensuada en la interacción con ellos. Esa interacción da lugar a una amplificación de la descripción original del primer observador, que cristaliza al individuo, fijándolo en una manera particular, idiosincrásica de ser, pensar y actuar.

Si se nos tolera esta breve digresión, desde una perspectiva interaccional no podemos negar la existencia de los rasgos –como hicieron algunos autores de tradición cognitiva en el fragor de la crítica situacionista-, pero consideramos necesario otorgarles sólo el estatus que les corresponde. No se trata de minimizar su impacto, pues de hecho lo tienen y mucho: las profecías autocumplidas surgen, en buena medida, de esta clase de cristalizaciones.

Un proceso mínimo para comprender la forma en que los rasgos (entendidos en términos interaccionales) surgen, se mantienen y surten sus efectos, consiste en:

1. La descripción que un observador realiza, referida a una persona sobre la que considera tener cierto conocimiento. Este conocimiento incluye, reafirma o cuestiona aquella información eventualmente adquirida con anterioridad a un contacto personal, a través de comentarios de otras personas.

2. Esa descripción es comunicada por el individuo de manera explícita a otro u otros observadores que también conocen a la persona.

3. Dicha comunicación genera asociaciones en ese segundo observador con ciertas experiencias propias de él. Éste podrá evocar recuerdos que van en el mismo sentido de lo que propone el observador inicial. Podrá también encontrar contraejemplos que cuestionan esas observaciones, pero lo más habitual será que quien escucha un relato y encuentra en su propia experiencia antecedentes similares deje de ver, en virtud de un funcionamiento tipo figura-fondo los posibles contraejemplos de lo que plantea el observador.

4. En la interacción que tiene lugar, ambos observadores podrán llegar a un acuerdo acerca de las observaciones, o derivar en nuevas descripciones consensuadas acerca del individuo en cuestión. También puede darse que cada uno conserve sus propias descripciones originales, diferentes y hasta opuestas entre sí. El consenso, en este punto, es sólo una posibilidad.

5. Posteriormente, cada observador podrá compartir sus descripciones con otras terceras personas que conocen en mayor o menor medida al individuo poseedor del "rasgo", dando lugar a la reafirmación o a la modificación de las mismas. El dicho "hazte la fama y échate a dormir" transmite cabalmente esta etapa del proceso. Las opiniones repetidas y amplificadas, a la larga, generan una "fama" que en ocasiones precede al individuo y que prefigura un set de comportamientos esperables que serán sistemáticamente observados por la persona que aún no lo conoce.

6. Una consideración que debemos realizar a esta altura del proceso es que los acuerdos relacionales previos entre esas segunda y tercera personas pueden hacer viables o no esas observaciones. Lo que dice una persona acerca de otra es aceptado o no a partir de la relación existente entre quien realiza la descripción y quien la recibe. Así, las personas toman, como se dice vulgarmente, "como de quien viene" la información que reciben. En extremo, se aceptará a ciegas una descripción o se la descartará inmediatamente sin mayor análisis. Por ejemplo, descripciones críticas que provienen de una persona que es considerada "resentida" en los términos antes expuestos, generarán en el interlocutor la tendencia a tomar en sentido inverso dichas apreciaciones. Una vez más se aplica la frase apócrifa del Quijote "Ladran Sancho: señal de que cabalgamos."

7. Finalmente, cuando cualquiera de los múltiples observadores interactúa con este individuo que describe, tenderá a sesgar sus percepciones hacia los comportamientos que confirman determinados rasgos. Cabe destacar que, aun cuando dos observadores coincidan en tiempo y espacio con el individuo observado, podrán seleccionar diferentes muestras de su comportamiento y describir por ello rasgos diferentes. El consenso es posible, pero no necesariamente tendrá lugar. Lo importante, en todo caso, es que cada observador confirmará lo que previamente pensaba.

8. Las consecuencias interpersonales de este paso tienen que ver con los efectos que esta cristalización, bajo la forma de un rasgo, ejerce sobre las conductas del individuo. Una forma posible será que, profecía autocumplida mediante, éste se comporte de manera acorde al rasgo, cerrando el ciclo de predicción-confirmación en los observadores.

9. Es posible que el individuo, al participar de nuevos contextos sociales en los que no existe ese conocimiento anterior difundido y amplificado según los pasos previos, pueda mostrar comportamientos diferentes con esa profecía. La nueva "manada" construirá entonces una visión consensuada alternativa, diferente de la anterior y hasta posiblemente opuesta a la misma.

 

Cuando el fracaso es el resultado de "más de lo mismo"

Entre los fundamentos del pensamiento sistémico aplicado al comportamiento humano, la teoría de los mecanismos de formación de problemas (Watzlawick, Weakland y Fisch, 1976) abrió paso a la consideración de cómo la perseverancia de una misma acción o tipo de acciones - el "más de lo mismo"- conduce a resultados no deseados, con independencia de las contingencias (refuerzos y castigos) del comportamiento. Desde una perspectiva de la personalidad, que excede el interés de aquellos autores, estos comportamientos disfuncionales se mantienen a lo largo de un tiempo que puede extenderse por muchos años, abarcando incluso buena parte de la vida de un individuo. No lo desarrollaremos aquí, pero a cualquier clínico familiarizado con el campo de los así llamados "trastornos de personalidad" le resultará familiar esta idea de un patrón disfuncional que se mantiene a lo largo del tiempo.

Otro hito en el estudio del cambio de comportamientos disfuncionales mantenidos durante mucho tiempo fue la serie de investigaciones conducida por James Prochaska y su equipo (Prochaska, J. y Norcross, J., 2000). El foco de la investigación se mantuvo en aquellos procesos de cambio utilizados en ciertas etapas por los individuos, donde el éxito del cambio surgía de una efectiva combinación entre procesos y etapas.

Lo no contemplado en ambos modelos -y desde nuestra línea de desarrollo teórico puede constituir un aporte- es que el contexto califica inevitable y permanentemente esos esfuerzos de adaptación. Si el grupo social de pertenencia los aprueba, el camino del reconocimiento queda habilitado y entonces el individuo triunfa y pertenece. Si el grupo desaprueba, el individuo fracasa y su pertenencia está comprometida.

Ahora bien: el fracaso o el éxito no son absolutos ni tienen lugar en abstracto. Sólo pueden ser entendidos como tales desde el consenso de un grupo social. Mientras más acerque su mirada el observador, insertándose en el sistema como parte del mismo -por ejemplo, como procede un etnógrafo o un terapeuta familiar- más habilitado estará para comprender el sistema de fuerzas que mantiene el patrón de comportamientos disfuncionales. Sólo con la suficiente cercanía el observador podrá conocer integralmente dos aspectos claves de la estabilidad o morfostasis que esos patrones de comportamiento repetidos y perseverantes –patrones de personalidad- muestran, más allá de los resultados:

 

a. Por un lado, el comportamiento del individuo es en algún punto reconocido por el entorno inmediato. Tomemos como ejemplo el comportamiento que una persona acreedora del rótulo de "delincuente". Ese comportamiento "antisocial" en el que el individuo persevera, es sostenido por su entorno inmediato (la pandilla), que de algún modo reconoce al individuo como un par.

b. Por el otro, el individuo desarrolla un nivel de pertenencia rígida a ese sistema, como un intento de compensar carencias experimentadas con anterioridad (por ejemplo: improntas relacionales de abandono, rechazo, fracaso escolar).

 

Ambos niveles se retroalimentan y refuerzan. Mientras más delinque (y fracasa desde el punto de vista de la Sociedad en un sentido amplio), más aceptado resulta el individuo entre los miembros de su grupo de pertenencia, aun cuando los resultados inmediatos (encierro, muerte) que obtiene son adversos.

En síntesis: cuando se plantea la adaptación del individuo en términos de fracaso cabe siempre preguntarse: ¿fracaso para quién? Todo resultado, va de suyo decirlo, es un resultado para alguien, y por lo tanto un mensaje y un constructo interaccional. En ocasiones los modelos explicativos del comportamiento no adaptativo remiten al fracaso en forma descontextualizada. Así, siguiendo con nuestro ejemplo, la conducta delictiva se explica muchas veces como producto de una sucesión de fracasos que se remontan a la niñez.

 

Conclusiones

La personalidad, desde un punto de vista interaccional, es un constructo referido a un proceso que incluye elementos cognitivos, motivacionales y comunicacionales que tienen lugar entre el individuo y su contexto significativo.

La percepción de estabilidad en el proceso de la personalidad surge a partir de que el observador cristaliza, bajo la forma de rasgos, una serie de patrones de comportamiento repetidos a lo largo del tiempo. La interacción entre el o los observadores, en presencia o no del individuo en cuestión, juega un papel central en la construcción de esos rasgos y, por ende, en el proceso de la personalidad.

El resentimiento y el reconocimiento, ligados a la valoración que el grupo de pertenencia realiza sobre el desempeño del individuo, juegan un papel central en la construcción de la personalidad en la medida en que modulan la pertenencia del sistema y la ubicación en lugares de mayor o menor centralidad. La pertenencia puede ubicarse a lo largo de un continuo entre dos extremos: pertenencia rígida y autonomía relativa.

El cambio en la personalidad es percibido a partir de circunstancias particulares de la observación: entre otras, de acontecimientos del ciclo vital y sucesos inesperados que elicitan improntas relacionales. A mayor intensidad en los acontecimientos y a mayor tiempo transcurrido entre las observaciones, mayor será la posibilidad de que el cambio sea percibido por el entorno.

 

Nota de autor

1.- Definimos impronta relacional como el resultado de aquellos acontecimientos únicos, o bien a una serie de acontecimientos ocurridos en un momento histórico determinado, que por su nivel de intensidad ha o han dado lugar a cambios en la manera de pensar, sentir y actuar de quien los protagonizó. Frente a circunstancias análogas a las pasadas, y con relativa independencia respecto de las circunstancias presentes, la persona reactiva en el "aquí y ahora" los mismos pensamientos, sentimientos y acciones del "allá y entonces"; como consecuencia de ello, propone a otra u otras personas una nueva definición de la relación que, cuando es aceptada (explícita o implícitamente) modifica la relación entre esas personas (Fernández Moya y Richard, 2018).

2.- Entendemos por personalidad: "un constructo que surge de un proceso extenso en el tiempo en el cual las interacciones pasadas (que generaron improntas), y las interacciones presentes (que las elicitan), se vinculan en un momento dado por las características de una situación específica, en un contexto determinado. Como corolario de dicho proceso tiene lugar un comportamiento idiosincrásico, en el aquí y ahora, propio del individuo, que como tal puede ser cabalmente significado, comprendido y considerado como válido únicamente por él mismo. Se configura de ese modo un patrón que tiende a repetirse y que será identificado como tal por su contexto significativo. Para las demás personas que participan de la interacción -incluido el contexto significativo-, parte de esos significados podrán ser compartidos, pero otros no. A partir de esos significados, cada uno de los comunicantes emitirá mensajes implícitos y eventualmente explícitos acerca del comportamiento y del individuo en cuestión (es decir: acerca de su personalidad). Al hacer esto, le devuelven al mismo una cierta imagen de sí mismo. Esta imagen podrá coincidir en mayor o menor medida con la que éste ha incorporado en el continuo proceso interaccional de la crianza y la socialización, en la construcción de su propia identidad (Fernández Moya y Richard, 2018).

3.- En el artículo antes citado desarrollamos el constructo de pertenencia rígida y la relación que presenta con improntas relacionales de carencia. A partir de ello, los individuos pueden ser ubicados en un continuo que va desde ese tipo de pertenencia a niveles de autonomía relativa, en los cuales se da un tipo de pertenencia al grupo social que no va en desmedro de la individualidad y de ciertos grados de libertad posibles.

 

Referencias

Fernández Moya, J y Richard, F. (2017) De crianzas y socializaciones. La impronta relacional en la evaluación clínica. Mendoza: Editorial de la Universidad del Aconcagua

Fernández Moya, J. y Richard, F. (2018) La construcción de la personalidad desde una perspectiva interaccional: las improntas relacionales en la evaluación clínica. Enciclopedia Argentina de Salud Mental. Aiglé. Recuperado de: http://www.enciclopediasaludmental.org.ar/trabajo.php?idt=27&idtt=66

Fernández Moya, J. y Richard, F. (2019) El cambio en la personalidad desde una perspectiva interaccional. Enciclopedia Argentina de Salud Mental. Aiglé. Recuperado de: http://www.enciclopediasaludmental.org.ar/trabajo.php?idt=66&idtt=66

Fierro, A (comp.) (1996) Manual de psicología de la personalidad. Barcelona: Paidós

Pittman III, F. (1990) Momentos decisivos. Tratamiento de familias en situaciones de crisis. Buenos Aires: Paidós.

Prochaska, J. y Norcross, J. (1994) Systems of Psycotherapy. Avon Books. New Cork

Watzlawick, Beavin y Jackson (1968), Teoría de la comunicación humana. Barcelona: Paidós

Watzlawick, P.; Weakland, J.; y Fisch, R. (1976) Cambio. Barcelona: Herder

 

 
5ta Edición - Diciembre 2020
 
 
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