ISSN 2618-5628
 
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Psicología positiva    
Carácter, Rasgos    
     

 
Personalidad positiva. Aproximación émica y teórico-racional
 
Castro Solano, Alejandro
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) 
Universidad de Palermo (UP)
 

 

La idea de la continuidad sindrómica entre psicopatología y personalidad normal no es nueva. Estas propuestas consideran que la línea divisoria entre salud y enfermedad es relativa, y tanto psicopatología como normalidad deberían ser vistas como puntos arbitrarios en el continuo salud-enfermedad (e.g., Leary, 1957; Millon y Everly, 1994; Millon, 1996; Offer y Sabshin, 1991; Strack y Lorr, 1994). En línea con esta noción de continuo Millon (2011), en uno de sus últimos textos, postuló la existencia de 15 espectros de personalidad en un intento de integrar los aspectos normales y patológicos de la personalidad dentro de un continuo. Con el correr de los años se ha incrementado el reconocimiento de que las concepciones sobre normalidad y patología deberían estar organizadas en un único marco conceptual. Sin embargo, a la fecha no contamos con una clasificación integrada de psicopatología y normalidad, de amplia aceptación entre teóricos y clínicos.

 

Clasificaciones, personalidad y psicopatología

Por el lado de las clasificaciones de psicopatologías, y en el caso particular de los trastornos de personalidad, desde los años '80 -fecha en la que oficialmente se ubicaron estos cuadros en un capítulo aparte dentro del manual diagnóstico- la Task Force del DSM ha encontrado grandes dificultades para consensuar una nosología que sea ampliamente aceptada (American Psychiatric Association, 1980). Desde el inicio estos trastornos se configuraron en un eje aparte a los entonces cuadros sintomáticos del Eje I, y su sistema de diagnóstico ha sido desde siempre de índole categorial. Este enfoque categorial ha generado una serie de polémicas y discusiones frente a las modificaciones propuestas para el DSM-5 lanzado finalmente en el 2013 (e.g., Widiger, Sirovatka, Regier y Simonsen, 2006). Los puntos más fuertes de la discusión se ubicaron en la limitación de las aproximaciones categoriales para poder representar grados de comorbilidad entre los trastornos y la ausencia de los grados de severidad entre las diferentes patologías de la personalidad (Clark, Livesley, y Morey, 1997; Cloninger, 2000; Trull y Durrett, 2005; Widiger y Samuel, 2005).

Tanto clínicos como teóricos no alcanzaron un acuerdo hacia el cierre del DSM-5 sobre la polémica categorías versus dimensiones, dejando vigente el sistema categorial de la versión previa (DSM-IV-TR; American Psychiatric Association 2002), para el diagnóstico de los trastornos de personalidad (American Psychiatric Association, 2013). No obstante, en la sección III del manual se presentó un modelo dimensional cuyo propósito a futuro será el de reemplazar la clasificación categorial por un abordaje dimensional que resultaría más cercano a la realidad y contaría con un mayor soporte empírico (Hopwood et al., 2013). Mediante este novedoso modelo los trastornos de personalidad se diagnostican mediante la valoración de dos características básicas: a) el grado de deficiencia en el funcionamiento de la personalidad, tomando en cuenta tanto el sí-mismo como las relaciones interpersonales; y b) los rasgos de personalidad patológicos entendidos como dimensiones no excluyentes –es decir, valorados en un gradiente y con posibilidad de co-existencia–. En estos rasgos se pueden ver reflejadas las ideas contenidas en el modelo de los cinco grandes de la personalidad o Five-Factor Model (FFM; Costa y McCrae, 1985), modelo histórica y enfáticamente rechazado para el diagnóstico de los trastornos personológicos (Krueger, Derringer, Markon, Watson, & Skodol 2013; Millon, 1996).

Para su evaluación, los autores diseñaron el Personality Inventory for DSM-5 (PID-5; Krueger et al., 2013), un instrumento incluido en el mismo manual, que permite evaluar desde una perspectiva empírica y dimensional los rasgos patológicos de la personalidad. Este instrumento evalúa cinco dimensiones de personalidad que fueron ideadas como las versiones patológicas de las dimensiones del mencionado FFM (Costa y McCrae, 1985). Las cinco dimensiones del PID-5 –denominadas dominios– son: Afectividad Negativa, Indiferencia, Antogonismo, Deshinbición y Psicoticismo. Cada una de ellas está representada por tres facetas principales que evalúan sus subaspectos fundamentales y, además, existen diez facetas secundarias que se asume complementan algunas de las características de los dominios y deberían ser utilizadas para realizar diagnósticos de trastornos de la personalidad. En el DSM-5 se presentan estos rasgos patológicos como los polos opuestos de los rasgos clásicos de la personalidad no patológicos sin aportarse mayores especificaciones al respecto (American Psychiatric Association, 2013).

 

Psicología Positiva, fortalezas y rasgos positivos

Durante una parte importante del siglo XX, la psicología ha hecho progresos significativos en el diagnóstico y tratamiento de los trastornos psicopatológicos y se ha ocupado de que las personas sufran menos poniendo un mayor énfasis en los componentes patológicos que en los salugénicos (Seligman, 1995; Seligman y Csikzentmihalyi, 2000). El modelo médico por el cual la salud coincidiría con la ausencia de la patología ha fijado el rumbo de la labor en el ámbito psicológico (Millon, 1996). Sin embargo, hoy en día se ha postulado que el hecho de que una persona no tenga síntomas o trastornos no es garantía de un funcionamiento óptimo en la vida ni tampoco de una buena calidad de vida (Seligman y Csikzentmihalyi, 2014).

Tal como se ejemplificó con los debates acerca de la clasificación idónea para diagnosticar trastornos de personalidad, a lo largo de todo el siglo XX se pueden vislumbrar los esfuerzos por arribar a una categoría consensuada de psicopatología (Seligman y Csikzentmihalyi, 2000). A pesar de haber aún algunos disensos, en términos generales contamos con una idea bastante acabada de aquello que las personas no deben ser/hacer. Muy por el contrario, aún no tenemos un mapa claro y consensuado de cómo deben ser las personas sanas (Leising, 2008; Leising, Rogers y Ostner, 2009; Sadler y Fulford, 2006; Wakefield, 1992). Es decir, no contamos con un manual de uso común que englobe aquellos signos representativos de las sanidades. Si retomamos la idea de un marco conceptual común para la psicopatología y la salud, una propuesta de esta índole idealmente debería ser el "reverso" de cada uno de los síntomas patológicos enumerados en los DSM.

En principio debe decirse que idear un manual de sanidades nos llevaría necesariamente a recurrir a criterios valorativos e introducir una dimensión valórica en la personalidad (Leising et al., 2009; Schwartz, 1992). Originalmente los rasgos de personalidad oficiaban como fuente primaria para la detección de diferencias individuales, tenían una connotación neutral y describían solamente como las personas eran (Nicholson, 1998). Las taxonomías vigentes de rasgos personológicos, si bien son muy útiles, no incluyen una connotación valorativa que sirva al propósito comentado.

La psicología ha ignorado durante largo tiempo el estudio de los aspectos valorativos de la personalidad (e.g. carácter, virtudes, fortalezas, rasgos positivos). Los autores han preferido utilizar una terminología más neutral y menos valorativa para caracterizar las diferencias individuales entre las personas. No es sino de modo reciente que ha habido un creciente interés por parte de teóricos e investigadores en recuperar los conceptos vinculados con los rasgos psicológicos positivos (e. g., Morales-Vives, De Raad y Vigil-Colet, 2014; Park y Peterson, 2009; Seligman, Steen, Park y Peterson, 2005).

 

Clasificaciones theory-driven vs. data-driven

Aunque no de tan amplia trayectoria como los debates entorno al DSM, pueden identificarse dos grandes enfoques empíricos al intentar estudiar y categorizar las características humanas positivas (Chow, 2002): (a) enfoques guiados por las teorías (theory-driven), y (b) enfoques guiados por los datos (data-driven).

Los enfoques guiados por teorías se caracterizan por ser aproximaciones teórico-racionales que parten de un modelo teórico en particular y que posteriormente se intentan corroborar de modo empírico. Peterson y Seligman (2004) construyeron una clasificación de fortalezas y virtudes humanas denominada Values in Action (VIA) partiendo del consenso de expertos. En relación a ella, Dahlsgaard, Peterson, y Seligman (2005) señalaron que se podían delimitar 6 virtudes que aparecían implícita o explícitamente mencionadas en algunos textos tradicionales filosóficos y religiosos de oriente (e. g., hinduismo) y occidente (e. g., filosofía ateniense). Luego de análisis y debates académicos, los expertos propusieron un listado de 24 fortalezas del carácter que se correspondían con esas virtudes. Esta clasificación de 6 virtudes y 24 fortalezas ha tenido un uso extendido dentro de los autores de la psicología positiva (e.g., Castro Solano, 2014; Castro Solano y Cosentino, 2016; Cosentino, 2014). A la fecha existe un importante volumen de investigaciones que relacionan las fortalezas derivadas de esta clasificación con otros resultados como el incremento de la felicidad y baja en los síntomas depresivos (Proyer, Gander, Wellenzohn y Ruch, 2015), la productividad en el trabajo (Lavy y Littman-Ovadia, 2017), la mejora del afrontamiento del estrés laboral (Harzer y Ruch, 2015), el rendimiento académico (Wagner y Ruch, 2015), entre muchos otros (Via Institute Character, 2017).

A pesar de la amplia difusión y uso tanto por clínicos como por investigadores, este modelo presenta algunos problemas. Entre los más importantes se debe mencionar el hecho de no contar con suficiente evidencia empírica y que la mayoría de los estudios transculturales no verifican la agrupación teórica propuesta (e. g., Brdar y Kashdan, 2010; Cosentino, 2011; Duan et al., 2012; McGrath, 2014; Otake et al., 2005; Peterson y Seligman, 2004; Ruch et al., 2010; Shryack, Steger, Krueger y Kallie, 2010; Singh y Choubisa, 2010). Sumado a ello, si bien esta clasificación aborda el estudio de los rasgos positivos de la personalidad, no está en conexión con los modelos de rasgos normales ni patológicos vigentes.

Dentro de los modelos derivados de la teoría o los expertos se puede destacar también el trabajo de Leising et al. (2009), los autores formularon criterios invertidos de cada uno de los criterios utilizados para el diagnóstico de trastornos de personalidad del DSM-IV-TR. De su estudio pudieron identificar 10 clusters de aspectos valorados como sanos o normales implícitos en el DSM. Para ello, tomaron los 79 criterios incluidos en los diagnósticos de trastornos de la personalidad tal como figuraban en el DSM-IV-TR y crearon afirmaciones que expresaban su opuesto semántico. Los autores encontraron ciertas dificultades en encontrar los opuestos ya que en muchos de ellos no alcanzaba simplemente con quitar la formulación negativa. Para esos casos debieron idear términos positivos. Recurrieron a 28 jueces que los agruparon de acuerdo a su similitud. Luego de un análisis jerárquico concluyeron que una agrupación de 10 clusters –que a la vez incluían 27 subclusters- era la más apropiada. Estos eran: (1) Autosuficiencia e independencia (2) Seguro de Si-mismo de modo realista, (3) Llevarse bien con los demás, (4) Tolerar la incertidumbre y la imperfección, (5) Apreciar lo bueno en los demás, (6) Ser convencional, (7) Tener autocontrol, (8) Conectarse con los demás emocionalmente y tratar a los otros de manera justa, (9) Disfrutar de las relaciones personales y de las actividades cotidianas y (10) Ser confiable.

Por otra parte, Huppert y So (2013) buscaron generar una nueva medida de bienestar que denominaron flourishing. Para ello identificaron los opuestos a dos trastornos mentales comunes de acuerdo al DSM-IV-TR (American Psychiatric Association, 2002): trastorno de ansiedad generalizada y trastorno depresivo mayor. Enumeraron todos los síntomas de esos trastornos y buscaron redactar los enunciados de forma positiva. Es decir, un enunciado que no solo hablara de la versión neutral del síntoma –de su ausencia-, sino que se refiriera a un aspecto positivo ubicado más allá de ese punto neutral. Luego de encontrar los enunciados opuestos, los agruparon en diez características positivas que combinaran tanto los aspectos relativos al sentirse bien y al funcionar eficazmente. Si bien esta aproximación es muy reciente y novedosa no tomó en cuenta las variantes personológicas.

Las nosologías derivadas desde un enfoque psicoléxico, por el contrario, son modelos data-driven. Consisten generalmente de estudios inductivos que intentan identificar agrupaciones de elementos -características ó rasgos positivos- con el propósito de encontrar una generalización adecuada de los datos en poblaciones más amplias. Esta perspectiva considera que las diferencias individuales en los rasgos positivos están codificadas en el lenguaje natural de las personas, especialmente en las concepciones implícitas que tienen las personas acerca de una persona altamente valorada (Walker & Pitts, 1998).

Dentro de ellos, uno de los pioneros fue el estudio de Walker y Pitts (1998) en el que se analizaron las concepciones naturalísticas de la excelencia moral de las personas Los autores hallaron seis clusters: idealista basado en principios, confiable y leal, integro, bondadoso, justo y confidente. Por otra parte, utilizando la misma metodología, Cawley, Martin y Johnson (2000) partieron de la identificación de 140 términos del diccionario inglés que se correspondían con las virtudes morales. Como resultado, propusieron un modelo de 4 dimensiones de virtudes: empatía, orden, ingenioso y sereno. Morales-Vives, De Raad y Vigil-Colet (2014), por su parte, propusieron un modelo de 7 factores -autoconfianza, rectitud, compasión, sociabilidad, reflexivo, perseverante y sereno- obtenido mediante el análisis de listas de palabras. En Argentina, se destaca el estudio de Cosentino y Castro Solano (2017) quienes utilizando una aproximación psicoléxica, partieron de la identificación de las características humanas positivas desde el punto de vista de las personas comunes. Su investigación tuvo por objetivo desarrollar un modelo de factores de rasgos positivos humanos socialmente compartidos que pudiesen ser replicable en otras poblaciones. Hasta el momento de esa investigación, los estudios sobre características positivas se habían focalizado solamente en un subtipo de rasgos positivos: los rasgos morales (e.g. virtudes y fortalezas del carácter), en tanto que talentos y habilidades habían sido sistemáticamente excluidos. Sin embargo, los autores consideraron las características psicológicas positivas en un sentido amplio, incluyendo características sin connotación moral (e.g., tranquilidad) como así también las relacionadas con la performance (e.g., inteligencia). Su investigación tuvo por resultado el desarrollo de un modelo replicable de cinco factores denominado Modelo de los Cinco Altos o High Five Model (HFM). Los cinco factores positivos del HFA son erudición, paz, jovialidad, honestidad y tenacidad. Como rasgos positivos de la personalidad, los factores altos del HFM están presentes en cada individuo de forma relativamente estable, y están representados por características psicológicas positivas. Los factores altos presentan ciertas propiedades: puede medirse, varían entre individuos, y supuestamente podrían ser incrementados o reducidos por influencias internas y/o externas. Estos factores del HFM son diferentes de los factores del modelo de los Cinco Grandes de la personalidad, aunque están relacionados con ellos. En este sentido, el HFM incrementa la predicción del bienestar (hedónico y eudamónico) por sobre la del modelo de los Cinco Grandes. El estudio de Cosentino y Castro Solano (2017) representa un abordaje único y original porque, a diferencia de los estudios previamente citados, incorpora un enfoque profundamente psicoléxico (se partió de las palabras que piensan y utilizan las personas comunes, sin mediación de diccionarios), y se basó exclusivamente en procedimientos estadísticos (e.g., frecuencia de las palabras) para el análisis de los descriptores de los rasgos positivos, excluyendo la subjetividad de los juicios de expertos y jueces para clasificar y eliminar elementos en distintas instancias del proceso de investigación como es práctica habitual en este tipo de estudios. Esta aproximación conlleva a una mejor representación de los rasgos positivos internalizados por las personas en comparación a otros procedimientos. Este estudio sustenta no solo la relación del HFM con variables positivas, sino que también la validez incremental del HFM por sobre las variables clásicas de personalidad para la predicción del bienestar. En otra investigación Castro Solano y Cosentino (2017) estudiaron la asociación del HFM con indicadores de funcionamiento óptimo y patológico. Los autores encontraron que elevados factores altos del HFM no solo permiten establecer una separación de las variables psicopatológicas, sino que están asociados significativamente con las variables positivas (alto flourishing y pocos o ningún factor de riesgo para la salud). En efecto, los elevados factores altos del HFM, especialmente alta paz y alta jovialidad, están asociadas con una mejor salud mental positiva y bajo riesgo de enfermedad médica. El factor paz puede entenderse como un factor relacionado con la tolerancia hacia los demás y la tranquilidad mental característica de aquellas personas que registran bajas preocupaciones personales con la vida. El factor jovialidad está relacionado con el sentido del humor y la simpatía y la diversión, por lo que podría considerarse como un indicador de un estado de ánimo positivo. El HFM permite predecir de forma relativamente adecuada ambos extremos del continuo salud–enfermedad. Elevados factores altos se presentaron asociados con un funcionamiento óptimo y bajos factores altos se presentaron asociados con un funcionamiento relacionado, en última instancia, a la patología.

 

Un modelo de rasgos positivos basado en el DSM-5

Retomando el continuo salud-enfermedad se pueden situar por un lado la propuesta dimensional para evaluar los trastornos psicopatológicos de la personalidad propuestas en la sección III el DSM-5 entendidos como una extensión patológica de los rasgos normales de la personalidad; y por el otro lado, los rasgos normales de la personalidad que no alcanzan para describir el funcionamiento positivo de las personas en términos personológicos. En un intento por dar respuesta a esta carencia, de la Iglesia y Castro Solano (2018) propusieron un modelo para evaluar rasgos positivos de la personalidad como los polos opuestos positivos de aquellos indicados en la nueva clasificación de trastornos de personalidad propuesta en el DSM-5 (American Psychiatric Association, 2013). El modelo fue diseñado en base a los indicadores de patología incluidos en el PID-5 (Krueger et al., 2013). Los autores formularon las versiones positivas u opuestas de los 220 indicadores del PID-5 y sometieron el instrumento a distintos estudios psicométricos preliminares: estudio piloto, juicio experto, análisis de consistencia interna y estudios de validez externa con el mismo PID-5 y el BFI (John, Donahue y Kentle, 1991). Los resultados fueron en términos generales los esperados, encontrándose cinco dominios positivos que denominaron: bienestar, vínculos positivos, humanidad, moderación, lucidez. En un estudio posterior de la Iglesia y Castro Solano (2018) verificaron con una muestra independiente la estructura factorial subyacente de este modelo dando lugar a 60 indicadores agrupados en las cinco dimensiones comentadas. De forma adicional, se estimó la validez externa mediante el análisis de correlaciones con el modelo de los cinco grandes (BFI) y con los rasgos patológicos de la personalidad (PID5). Los análisis indicaron evidencias de validez divergente con los rasgos patológicos y de validez convergente con los rasgos de la personalidad normal. Asimismo se estimó la validez incremental de los rasgos positivos para la predicción del bienestar psicológico, más allá de la varianza explicada por los rasgos tanto de personalidad normal, como patológica. Los análisis permitieron concluir que el modelo presentado de rasgos positivos permitía predecir de forma adecuada diferentes tipos de bienestar psicológico (emocional, social, personal) más allá de las variables psicológicas clásicamente consideradas.

 

Conclusiones

En esta presentación se han intentado ofrecer dos visiones alternativas de la personalidad positiva. La primera de ellas está basada en una aproximación psicoléxica, que considera que las diferencias individuales entre las personas están basadas en el lenguaje natural que comúnmente emplean las personas para describir la excelencia moral. Este abordaje dio lugar al modelo del High Five e identificó 5 descriptores de rasgos positivos, altamente replicables en diferentes contextos y sujetos.

La segunda aproximación está más relacionada con los juicios expertos y pretende tender un puente entre las nosologías psicopatológicas y la salud mental. Se considera que ambos abordajes de los rasgos positivos son altamente superadores, respecto de las concepciones clásicas de la personalidad, ya que estas variables positivas permiten predecir el bienestar emocional, psicológico y social y otros resultados psicológicos mejor que las variables personológicas clásicas, tanto a nivel de los rasgos de personalidad como de los rasgos psicopatológicos.

 

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1ra Edición - Diciembre 2018
 
 
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