ISSN 2618-5628
 
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Infancia  
Abuso sexual, Trauma  
     

 
El abuso sexual contra niñxs. El desafío de su visibilización
 
Calvi, Bettina
Universidad Nacional de Rosario
Asociación de Altos Estudios sobre Abuso y Violencias
 

 

El comúnmente llamado abuso sexual infantil es ante todo un delito. Delito que no es precisamente infantil sino que es un ataque cometido por un adulto o alguien sensiblemente mayor que toma al niñx como objeto arrojándolo al ejercicio de la sexualidad adulta. Se trata de actos que han sido silenciados por años y que provocan en lxs niñxs que los padecen efectos traumáticos que marcarán su vida.

A pesar de la obligatoriedad de defender a lxs niñxs plasmada en la Ley de Protección integral sobre ellxs, sigue recayendo el maltrato, el abuso, el hambre, el abandono dando cuerpo a la llamada infancia en situación de riesgo, consolidándose así el modelo descriptivo de la época.

Se trata de un analizador que revela las representaciones que subyacen en el campo social encubriendo lo peor de los discursos conservadores. Dado que se trata de un grave delito que afecta a miles de niñxs, resulta imprescindible interrogar el imaginario tradicional de una justicia que es a todas luces patriarcal y misógina. Una Justicia que muchas veces lejos de proteger revictimiza con sus intervenciones.

He propuesto la comparación entre el fenómeno del abuso y el terrorismo de Estado debido a que en ambos se produce una trasformación siniestra: entre la figura que debiendo proteger deviene agresor. Situación que incrementa el rasgo perverso.

El comúnmente llamado ASI es una catástrofe inevitablemente traumática para el psiquismo infantil y por lo tanto provoca efectos que habría que explorar en su singularidad. Es decir, que el niñx se encuentra con el acontecimiento irá significándolo desde sus representaciones previas y sus fantasmas constitutivos. Los efectos traumáticos serán siempre singulares y se articulan fundamentalmente a lo histórico vivencial y a la respuesta del entorno frente a la revelación.

Es preciso aclarar que trabajo con la concepción de un aparato- psíquico abierto a lo real constituido a partir de inscripciones provenientes del exterior y sometido constantemente a los embates de la realidad. Tomo la idea de la existencia de una realidad externa al aparato psíquico cuyos estímulos influyen en él provocando desequilibrios que obligan a un trabajo de metabolización y de procesamiento permanente. Sin embargo, las vivencias muy traumáticas –aquellas en las cuales el exceso de investimiento no logra resolución ya sea por descarga, sea por ligazón, o por aquello que he descripto bajo el modo de lo arcaico- que no logran aunque sean posteriores a los primeros tiempos de la vida una retranscripción- pueden aparecer en el sujeto bajo una forma en la cual el indicio está operando como si nunca hubiera sido parte del entretejido psíquico como algo que no logra metabolizarse y que nos sorprende por su carácter "realista". Estos elementos quasi alucinatorios que habría que pensar como síntomas de fijación al trauma son, precisamente, los que se encuentran en niñxs que han sufrido maltrato o abuso sexual . Cabe recordar que uno de los elementos más importantes para diferenciar el recuerdo de la alucinación es el monto de investimiento entonces vemos que el recuerdo tiene cualidades sensoriales menos vívidas. Este carácter que revisten las vivencias traumáticas tiene un carácter quasi alucinatorio porque hay poca elaboración y entonces más que recuerdo es la emergencia de lo inscripto lo que se le impone al sujeto bajo formas específicas.

Para darnos una idea del impacto de estos hechos, podríamos pensar que el maltrato y el abuso tienen el efecto de un terremoto en la cabeza de quien lo padece. Lo traumático no es el producto directo del estímulo externo sino la relación existente entre el impacto y el influjo de excitación desencadenado en el sujeto psíquico. Les niñxs representan en sus dibujos una recuperación simbolizada de lo vivido donde la realidad es el soporte de la escenificación para descargar lo inmetabolizable pero también para recrearlo.

Tras largos años de trabajo con casos de abuso sexual contra niñxs, he observado que en la mayoría de ellos el ataque se produce dentro de la organización familiar o en su entorno más cercano. También he encontrado que las intervenciones que respecto a estos casos se sostienen suelen ser sólo mascaradas. Me refiero a muchas intervenciones, psicológicas, de trabajo social pero sobre todo intervenciones del sistema judicial. Recordemos que una mascarada es una farsa con la que se pretende engañar. Otra de sus acepciones es ficción, falacia, simulación. Es decir, es un "como sí". El abuso contra niñxs constituye en sí mismo una paradoja, con muchas similitudes con otras violencias de género. Si bien aumentan las campañas para lograr la visibilización, las acciones concretas siguen siendo, la mayoría de las veces, absolutamente ineficientes. Dicha ineficiencia tiene un sustrato que es, nada más ni nada menos que, el sesgo profundamente patriarcal que tiñe la ideología de los operadores del sistema judicial y en especial de jueces y juezas sumado a la falta de una capacitación adecuada para sostener buenas prácticas.

Resulta fundamental tener en cuenta que los tiempos de la justicia no son los tiempos de las víctimas y, por lo tanto, mientras los extensos expedientes descansan en los cajones de atestados e impersonales escritorios, niños y niñas siguen siendo humillados, maltratados, violados. Abusos que marcarán sus vidas en forma indeleble. Hablamos de tiempos de infancia y adolescencia que nadie podrá devolverles ni restaurar.

Con una mirada retrospectiva encontramos con claridad que la visibilización del abuso sexual contra niñxs y adolescentes es un proceso que se da fundamentalmente como efecto de los logros del movimiento feminista, de la idea de ruptura entre lo público y lo privado, de las transformaciones respecto de las concepciones de la subjetividad infantil, la difusión y defensa de los derechos de niñas y niños, la lucha inquebrantable de los movimientos de derechos humanos.

Generalmente las denuncias son realizadas por las madres como adultas protectoras y cuando el agresor es el padre, estas madres denunciantes son maltratadas en la justicia. Ellas son acusadas de impedir el contacto, rotuladas de locas, insatisfechas, inestables, vengativas, etc. Sabemos también que muchas veces aludiendo al famoso impedimento de contacto, se implementa aún el falso Síndrome de Alienación Parental y los/as niños/as son obligados a vincularse e incluso a vivir con sus agresores. En fin, vemos que la justicia nada quiere saber del incesto, y prefiere no creer en la palabra de lxs niñxs ni en las del adultx protectoxr que lxs acompañe. Incredulidad que aumenta cuando quién denuncia es la madre y el agresor el padre. La prohibición del incesto es una prohibición primitiva, primordial, y sobre esta prohibición se construye el sistema de parentesco tal como lo plantea la Ley civil y al mismo tiempo la institucionalización del sujeto como tal, lo cual permite concluir que se instaura tanto el sistema como el sujeto a partir de la prohibición estructurante.

Es significativo que en nuestra legislación el incesto como tal no es una figura penal, pero si es un agravante, si el autor de los hechos delictuosos se halla unido a la víctima por relaciones consanguíneas o de afinidad, de parentesco en definitiva. Esto en el ámbito penal está sancionado por vía indirecta a través de prohibiciones matrimoniales. La prohibición del incesto es jurídica tal como Levi Strauss lo planteara y como regla constituye un fenómeno social que proviene del universo de las reglas, vale decir de la cultura. Todo aquello que está sujeto a una norma pertenece indudablemente a la cultura. Es decir el incesto se acota con la ley y esto es necesario para que la sociedad sobreviva. Entonces ¿por qué cuesta tanto a la Justicia creer cuando un padre pasa al acto y comete incesto? Porque allí la idea del pater familia se despliega con todo su poder y el patriarcado aplasta todo ordenamiento posible, llevando a los jueces a decir que un niñx necesita un padre para poder crecer aún si ese padre no ha podido operar como tal y ha abusado de esx niñx desubjetivándolo, arrojándolo a la sexualidad adulta, reduciéndolo a la categoría de objeto para su propia satisfacción sexual.

En algunos casos incluso encontramos jueces y juezas que atacan ferozmente a las madres replicando la violencia de género que ellas vivieron antes, con sus agresores. Juezas que llegan a decir que ven que un hombre es un buen padre porque lloró en la audiencia y le llevó muchos juguetes de regalo" al niñx con quien quiere revincularse ", juezas que sostienen que si la madre de ese niño sufrió violencia de género algo habrá hecho para provocarla, y demás barbaridades sin que sus víctimas puedan defenderse porque ellas son la Ley. Parecen creer aún que sólo el adulto es quien sabe lo que el niño o niña necesita y "debe desear" y que forma parte de sus derechos contar con una familia, aunque cabe precisar – que para ellos – una familia no es tal si no cuenta con un padre. La ideología patriarcal establecida señala que es fundamental que un/a niño/a no pierda la figura del padre ya que este es estrictamente necesario para la vida del niño/a sin tener en cuenta que la historia nos muestra que hay mucho por cuestionar respecto a la función paterna. Además tengamos en cuenta que sólo se puede vincular lo vinculable, el juez no puede producir las condiciones que uno de los pares del proceso no posee.

En la misma línea de cuestiones hay algo más grave aún y se trata de aquellas situaciones donde habiendo escuchado la palabra del niñx se minimizan los hechos ocurridos a fines de preservar la "familia" .Aludiendo por supuesto a la idea de familia tradicional , occidental y cristiana que nada tiene que ver con las organizaciones familiares que hoy encontramos.

Mientras tanto esas mujeres, madres peregrinan con sus inmensos expedientes plagados de denuncias, encarnando otra cara de la violencia de género, la cual no consiste en golpes (que en muchos casos ya recibieron de sus agresores) sino de humillaciones múltiples, maltrato, ejercido por una justicia que debería protegerlas a ellas y a sus hijos e hijas. La llamada revinculación es el proceso tendiente a establecer la conexión que se interrumpió luego de la denuncia de la madre y de acuerdo con las declaraciones del hijo o hija. Por supuesto nadie responde por la multiplicidad de efectos psíquicos que la supuesta "revinculación" provoca en esos niños y niñas. Efecto enloquecedor ya que son obligados a volver a estar con quién los agredió de múltiples maneras, a veces con el maltrato físico y otras con el abuso sexual.

En su libro Abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes Eva Giberti (2005) sostiene que la revinculación resulta conmocionante para toda la familia y no solamente para lxs niñxs, reactiva las escenas dolorosas asociadas con los primeros momentos de la revelación.

Durante dos años dirigí una experiencia de investigación que consistió en un Observatorio interdisciplinario de denuncias de casos de abuso sexual infantil realizadas en los centros de asistencia judicial y en el Ministerio Público de la Acusación.

La importancia de la realización de un observatorio sobre una problemática como la del abuso sexual infanto juvenil obedeció a la necesidad de visibilizar la alta incidencia de este delito. Sabemos que la problemática existe y que su incidencia es muy alta. Por eso era necesario ver datos concretos. Al estudiar las conclusiones que el mismo produjo encontramos que (excepto un sólo caso) los agresores son varones, en su mayoría familiares cercanos de las víctimas; que, además, la gran mayoría de las denuncias son desestimadas porque se valoran insuficientes las pruebas aportadas, que hay retractaciones y que las mismas no son estudiadas. Asimismo, observamos que ni el niñx que denuncia, ni el familiar que acompaña son asistidos como corresponde a un episodio traumático de la índole del abuso sexual que resulta difícil que el relato de lxs niñxs se valore como un discurso verosímil, se desconfía del relato de las madres, y que hay muy pocas (un número insignificante) condenas en los casos mientras que muchos de los niñxs agredidos termina siendo obligado a revincularse con el agresor. Esa llamada "revinculación "sucede luego de atravesar numerosos vericuetos de la burocracia judicial siempre impregnada por un sesgo patriarcal. Por otra parte, cabe resaltar que la historia de la burocracia no es la historia de los espacios femeninos, por el contrario, la historia del Estado es la historia del Patriarcado. El poder y la forma en que se expresa en los medios no pueden ser vistos, toman sus decisiones y pactan bajo un manto de opacidad. Se pueden inferir esos pactos y negociaciones a partir de evidencias fragmentarias difusas no observables. La opacidad es su forma de proteger sus proyectos.

Al ver los resultados del mencionado observatorio coincidimos con lxs funcionarixs a cargo que es necesaria una capacitación de todos los operadores judiciales tanto en perspectiva de género como en asistencia a víctimas. Es decir, falta, falta mucho. Parece que el escenario judicial hubiera cambiado y sin embargo.es frecuente encontrarnos con situaciones donde operadores con quienes coincidimos teóricamente e incluso en encuentros y prácticas contra la violencia de género, descreen del relato de una madre y suelen evaluar que la mujer se presenta "muy desbordada". No sería para menos cuando alguien lleva largos años peregrinando por sede judicial para que la protejan por la violencia de género y luego para que no le entreguen su hijx a su agresor quién además también maltrató al niñx incluso sexualmente.

¿Y por qué el Psicoanálisis en esta escena? Porque el Psicoanálisis nos brinda una caja de herramientas y de prácticas para enfrentarnos y trabajar con el sufrimiento humano. Si bien los conflictos son inherentes a la vida misma del sujeto, la intensidad traumática que conlleva la violencia en todas sus formas y especialmente el abuso sexual en la infancia supera toda forma de registro y de metabolización. Y la violencia de la que hablamos se da entre sujetos, por lo tanto, debemos poder pensar acerca de ella, e intervenir adecuadamente

Si entendemos la clínica como una caja de herramientas construidas a lo largo de la formación donde se articulan un conjunto de prácticas y saberes para escuchar e intentar aliviar el sufrimiento humano no podemos obviar que ante una situación de abuso los efectos en el psiquismo son arrasadores y lxs analistas debemos estar capacitados para trabajar con ellos .Por supuesto que cada paciente que haya sufrido abuso es singular así como singular será su modo de transcribir y tramitar su arrasamiento subjetivo .Su historia, posicionamiento subjetivo y fundamentalmente la reacción del entorno serán determinantes respecto a esa tramitación..

Respecto al psicoanálisis, sabemos que existen posicionamientos distintos dentro del corpus teórico. Posicionamientos que han tenido y tienen mayor o menor vigencia en los distintos lugares donde el psicoanálisis se practica. Las lecturas endogenistas reducen toda la vida fantasmática del paciente a un origen endógeno, interno que opera como proyección sobre las figuras originarias. Su contraparte el exogenismo remite todo el acontecer psíquico a aquello que proviene del mundo externo, fundamentalmente del otro humano y puede desembocar en un intersubjetivismo que despoje al inconsciente de su carácter singular y eficiente. Es importante precisar que no se puede confundir lo que le ocurre al niño /a con aquello que lo provocó. Sostener que las cosas que le ocurren al paciente son efecto de su propio deseo ha generado situaciones terribles en psicoanálisis fundamentalmente en los casos de maltrato, violación o formas de ataque, sodomización o sadización de los cuerpos. Afirmaciones como esas resultan enloquecedoras para el psiquismo de los seres humanos ya traumatizados: Por supuesto esto no quita que sea necesario analizar los efectos subjetivos del maltrato y de la violencia.

Frente a los casos de abuso el analista debe preguntarse de qué manera interpretar algo que proviene del mundo exterior pero comienza a actuar desde el interior transformándose en una fuente excitatoria por la inscripción que resulta de lo real proveniente del exterior.

Es importante señalar que especialmente el incesto impacta también sobre la generación venidera a las de las víctimas puesto que primero deberán hacer el duelo por el padre perdido, el que no fue, para luego inscribir, desde la reconstrucción del incesto cometido, la posibilidad de reconstituir su propia subjetividad fragmentada. Más adelante, vendrá la tarea de recuperar la memoria y poder trasmitir algo a la generación venidera, incluso el doloroso secreto, que la historia no se agote en el sufrimiento padecido, que su identidad no sea sólo la de víctima.

La clínica con víctimas de abuso no exige la construcción de una especie de protocolo objetivado exige en cambio escuchar aquellas palabras escondidas escatimadas al mismo sujeto por años. Escucharlas de un modo singular y en un dispositivo que ante todo garantice la libertad para que puedan enunciar su propio discurso, no el nuestro.

Es preciso decir que lo que trasmitimos acerca del trabajo analítico será siempre fragmentario, difuso, insatisfactorio como si al escribirlo se nos hubiera escapado aquello que resultaría fundamental .Aquello imposible de trasmitir es justamente la dinámica que muestra el nacimiento de un sujeto de discurso que escapando a la precariedad de lo real recupera su palabra cercenada por la historia vivida.

Lxs analistas acompañamos a que el sujeto pueda articular esos fragmentos desgarrados de lo real que pugnan por hacerse escuchar .A partir de ese trabajo el paciente podrá comenzar a escuchar otros sonidos, a habitar otros silencios poblados por representaciones y recuerdos que se enhebren en su propia historia a construir.

Quisiera destacar que el abuso sexual en la infancia se enmarca, desde mi punto de vista, en el campo de la violencia de género. Este tema es enfermante, tiene un modo mórbido, es un tema político, no es patrimonio de ninguna profesión. Es decir, no puede haber especialistas en Violencia de género o en Abuso, sólo somos profesionales de distintas disciplinas que venimos animándonos a pensar estos estos temas con la esperanza de encontrar algunas salidas. Pero es importante aclarar que estos temas nos competen a todos los miembros de la cultura. Cuando digo que se enmarca en la violencia de género lo pienso debido a que la mayoría de las víctimas son mujeres: niñas y adolescentes y los agresores son en su mayoría varones, porque se trata de un tema que se produce generalmente en el ámbito intrafamiliar u otros ámbitos de cotidianeidad de la víctima y porque se trata de un crimen que se ha silenciado históricamente bajo el manto protector de la vida privada. Y, porque fue debido a los movimientos de derechos humanos y de mujeres que comienza a ser denunciado y atendido con la gravedad que le compete.

Cuando las víctimas hablan, o cuando las madres o adultos referentes hablan de lo ocurrido a sus niñxs, uno de los axiomas del trabajo es escuchar y creer teniendo en cuenta que las personas relatan cosas tal vez no de forma referencial. Entonces, esperar que la gente informe ordenada, cronológica y precisamente los sucesos padecidos es una falacia. En general, las personas hablan y cuando hablan de cosas tan terribles como las agresiones sexuales sufridas por sus niñxs, esperan encontrar en quien los escucha, empatía, respeto y credibilidad. Lamentablemente esto no siempre ocurre y el relato es escuchado en forma inadecuada, sesgado y en una modalidad carente de empatía alguna.

Otra de las cuestiones a interrogar es la recurrente idea de intentar ubicar psicopatológicamente al agresor. Este es un grave error que nos lleva a la idea de que se trata de hechos individuales determinados por la patología de "ese" hombre. Se trata de la dificultad de encontrar la inteligibilidad de los actos. Pero esa inteligibilidad se encuentra en las representaciones misóginas que nutren el cuerpo social patriarcal. Es decir, es necesario pensar la violencia como una dimensión expresiva y no instrumental. La violencia simbólica está entre nosotros todo el tiempo porque tiene que ver con un pacto masculino que revela la fragilidad masculina más que un interés por la mujer. No se trata de sujetos anómalos. Se trata de actos sociales, por eso debemos dejar de centrar el análisis en el par agresor-agredida, para ubicarlo en las condiciones de producción de subjetividades masculinas violentas y colonizantes del cuerpo de la mujer y sus hijos e hijas. Las mujeres tienen grabado desde muy temprano que su propio cuerpo incita, entonces sienten que deben pasar desapercibidas para sobrevivir. Esto rápidamente es aprendido por las niñas que muchas veces deben escapar del acoso de primos y hermanos mayores, cuando no de sus propios padres y padrastros en familias en las que la ideología patriarcal domina la escena. Aún encontramos que algunos jueces/as, psicólogos/as, abogados/as, comisarías, trabajadoras sociales creen que la violencia aparece como un accidente en la historia de esa familia, de esa pareja, pero esta visión que las ubica como hechos aislados, excepcionales, lleva a que las intervenciones intenten "recomponer el vínculo". No hay vínculo basado en la violencia, el dominio y el terror. Esas intervenciones propician una dilación que muchas veces puede costar la vida de las madres y los/as niños/as. Hablamos de una violencia estructural. Para concluir, diremos que son muchos los casos donde la escena se repite, y donde el abuso incestuoso y la violencia de género, quedan impunes por "falta de pruebas". Pruebas que, a su vez, no parecen alcanzarles nunca a los funcionarios de turno. Situaciones incestuosas que lesionan la vida de niños/as en forma permanente, situaciones que atentan contra las legalidades que ordenan la vida en la cultura. Sin embargo, frente a este terrible panorama, tanto los poderes del estado como muchos de los profesionales intervinientes, sólo siguen montando mascaradas de protección.

Hoy las máscaras para invisibilizar el abuso contra niñxs mutan, se reinventan siempre sobre un fondo de desconocimiento de lxs niños como otro al que se debe alojar éticamente y al que se debe fundamentalmente cuidar. La desmentida se repite propiciando la posibilidad de que lxs agresores conserven la impunidad de seguir devastando la vida de miles de niñxs. Como profesionales de la salud,como ciudadanxs y como adultxs tenemos la obligación de proteger a nuestras infancias .Es la única forma de que una sociedad merezca seguir existiendo.

 

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6ta Edición - Junio 2021
 
 
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