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Evaluación y diagnóstico psicológico. Controversias teóricas, metodológicas y diversidad cultural
 
Contini, Norma E.
Universidad Nacional de Tucumán (UNT)
 

 

Evaluación y diagnóstico psicológico. Conceptos básicos.

El objetivo de este capítulo es ofrecer una visión integral de lo que hoy se denomina Evaluación y Diagnóstico Psicológico, como disciplina y como campo de trabajo específico del psicólogo.

En su práctica el psicólogo recibe la consulta por problemáticas diversas. Debe actuar con el propósito de promover un cambio en los comportamientos disfuncionales. Para poder intervenir necesita conocer pormenorizadamente el perfil psicológico del consultante y es entonces, cuando cobran relevancia las tareas de Evaluación Psicológica.

En todos los tiempos el ser humano ha estado interesado en conocerse a sí mismo. Pueden considerarse antecedentes de Evaluación de orden mítico el horóscopo, las cartas astrales, (Fernández Ballesteros, 1990) o la interpretación de cómo se distribuían las hojas de té en el fondo de una taza. Posteriormente, en una etapa racional-especulativa, desde el campo de la Medicina, Hipócrates y luego Galeno desarrollaron la teoría de los cuatro temperamentos, que obran también como antecedentes de esta intención de generar diagnósticos. Pero será después que la Psicología se constituya como ciencia, a fines del siglo XIX, cuando el Psicodiagnóstico se constituye como una subdisciplina de aquella.

En su etapa fundacional, son tres los investigadores que destacan con fuerza: Francis Galton, McKeen Cattell y Alfred Binet (Fernández Ballesteros, 1990). Galton es quien inicia el estudio de las diferencias individuales; Cattell (1890), por primera vez enuncia el constructo Test, diseña diversas pruebas y plantea el empleo de procedimientos objetivos para el estudio de las ejecuciones del sujeto, dejando de lado la introspección. Binet (Binet y Simon, 1905) propone el estudio de facultades psíquicas superiores y no solo funciones aisladas. Tiene el mérito de ser quien formula con claridad el concepto de diagnóstico psicológico, a partir del estudio de la inteligencia.

Inicialmente el Psicodiagnóstico, a fines del Siglo XIX y comienzos del siglo XX estuvo centrado tal como refiere Fernández Ballesteros (1990), en el estudio de la individualidad, haciendo foco en características sensoriales, motrices y perceptivas. Es decir, estuvo orientado a la producción de tecnología, más que a la generación de teorías que respaldaran dicha tecnología. En tal sentido, los primeros desarrollos en Psicodiagnóstico se vieron influidos fuertemente por las teorizaciones que provenían del campo de la Psicología Clínica.

Hacia fines del siglo XIX se produjo un marcado movimiento científico que determinó el nacimiento de la Psicología Clínica. Hubo un creciente interés por explicar diversos trastornos mentales, con lo cual la observación sistemática se complementó con inferencias que se formulaban a partir de los datos que se iban recogiendo con el uso de pruebas

Se fueron desarrollando variadas teorías que se proponían explicar comportamientos y se enunciaron constructos para denominar las inferencias que el psicólogo hacía del caso particular. Así es como surgieron los sistemas de clasificación diagnóstica de los trastornos (DSM y CIE), directamente vinculados al ámbito de la Psicología Clínica.

Pueden identificarse algunos hitos para el surgimiento de la Psicología Clínica: la creación del laboratorio de Binet, la fundación de la primera clínica psicológica para niños en la Universidad de Pensilvania por Witmer en 1896, a quien se considera padre de la Psicología Clínica; en el mismo año por primera vez Freud (1978) enuncia la noción de Psicoanálisis; otro hito son los trabajos de Pavlov, aunque la traducción de su obra al idioma inglés se produjo recién en 1927. En 1930 Kanner inaugura la primera clínica psiquiátrica en una unidad pediátrica en la Universidad J. Hopkins y Lauretta Bender organiza la primera unidad infantil en el hospital psiquiátrico Nueva York Bellevue Hospital (Schoeps y González Barrón, 2015).

Como bien señala Sendín (2000), más allá de los modelos existentes, hay consenso acerca de que el proceso diagnóstico incluye siempre la observación directa del sujeto evaluado. Se dirá al mismo tiempo que dicha observación se acompaña de la capacidad del psicólogo para escuchar el discurso del consultante. Puede afirmarse así, que la esencia del enfoque clínico se centra en la observación y en la capacidad de escuchar. El Psicodiagnóstico en sus comienzos y lo que posteriormente se denominó Evaluación Psicológica ha estado y continúa estando muy vinculado al enfoque clínico. Sendín (2000) considera que, sin ser idénticos, se los emplea casi siempre como sinónimos.

A su vez, el término Psicodiagnóstico surge inicialmente para designar una prueba – y no un proceso - de evaluación de variables de personalidad. Se trata de la técnica de manchas de tinta que Rorschach publicó en 1921. Posteriormente se comenzó a emplear dicho término para hacer referencia a las valoraciones realizadas con más de una técnica, es decir a un proceso.


De la noción de Psicodiagnóstico a la de Evaluación Psicológica

Los conceptos de Psicodiagnóstico y de Evaluación Psicológica se presentan aun hoy solapados en su significación. Más allá de las diferencias- ambos aluden a algo más que la administración de tests y técnicas -, se está haciendo referencia a un proceso que va a definir con juicio clínico una estrategia para conocer al sujeto; la piedra angular es el análisis, comparación e interpretación de datos. Muchas veces se ha simplificado esta tarea multidimensional, a la administración de pruebas. Probablemente este sesgo sea un resabio de los comienzos fundacionales de la disciplina, donde se hacía una fuerte referencia a tests. Un ejemplo de ello fue la administración masiva de pruebas durante la Primera Guerra Mundial con fines de selección de personal.

Es durante la Segunda Guerra Mundial cuando la Oficina de Servicios Estratégicos de EE.UU. llevó a cabo procedimientos de valoración empleando pruebas psicológicas, en situaciones tales como seleccionar personal militar para que ocuparan puestos especializados. Los datos que se generaban eran evaluados e integrados por especialistas (Cohen y Swerdlik, 2000). Esto implicaba algo más que la administración de tests, y de allí es que el término evaluación se consideró más apropiado que el de administración de pruebas.

Casullo (1999) afirma que el área de la denominada Evaluación Psicológica, o también designada como Evaluación y Diagnóstico Psicológico tiene una existencia autónoma recién en la segunda mitad del siglo XX. Admite que se trata de un constructo con un espectro semántico muy amplio, en el que puede incluirse al Psicodiagnóstico, a la evaluación conductual, o a la valoración de distintos tipos de intervenciones.

El vocablo Psicodiagnóstico posteriormente comenzó a ser empleado como sinónimo de Evaluación Psicológica. En Europa y en los países anglosajones fue utilizado con un sentido orientado a la Psicología Clínica (Casullo, 1999). Cuando se hace referencia al campo de la clínica, se está aludiendo a prácticas vinculadas a la tradición médica, centradas en la identificación de la psicopatología y el déficit. Así, desde un punto de vista etimológico, diagnóstico es relativo a la diagnosis (del griego: conocimiento). Vale decir que diagnosticar es entender algo, conocer en profundidad (Maganto, 1995).

A su vez, el Psicodiagnóstico se presentó asociado en algunos países anglosajones y posteriormente en algunos países latinoamericanos - como Argentina - con el modelo psicoanalítico.

El término Evaluación Psicológica deriva de la voz inglesa Psychological Assessment y se originó en una publicación, Assessment of Man, de la Oficina de Servicios estratégicos del ejército de EE.UU. La novedad de este concepto es que al mismo tiempo que mantenía la indagación de variables psicopatológicas se proponía valorar los recursos potenciales del sujeto y sus fortalezas. Se afirma que la noción de Evaluación es más amplia que la de Psicodiagnóstico (Casullo, 1999; Forns, 1993); siempre subyace al concepto de evaluación la noción de valoración de comportamientos. Valorar es entonces, ejercitar un juicio antes de tomar decisiones.

 

Qué es la Evaluación Psicológica

A partir de las consideraciones precedentes se puede definir la Evaluación Psicológica como un proceso cuyos objetivos son describir, analizar, categorizar, contrastar, comprender y en lo posible explicar el comportamiento de un sujeto tanto en sus aspectos saludables como psicopatológicos (Casullo, 1999, 2009; Fernández Ballesteros, 1990; Maganto, 1995; Kirchner, Torres y Forns, 1998; Jiménez Gómez et.al., 1992; Sendín, 2000). La tarea esencial es integrar numerosos datos provenientes no solo de los instrumentos específicos de la disciplina – a los que se hará referencia más adelante -, sino de otras áreas de la Psicología y de las Ciencias Sociales. Es así que se concibe a la Evaluación Psicológica como una tarea multidimensional y pluridisciplinar. Para poder llevarla a cabo se utiliza una serie de instrumentos y técnicas que le son propias y que van a estar condicionados por el marco teórico del Psicólogo (Kirchner et al. 1998). En Argentina el modelo psicoanalítico ha logrado amplios desarrollos, y ello ha incidido en el empleo preferente de técnicas proyectivas más que de psicométricas. En cambio, en los países anglosajones, han tenido mayor predicamento modelos como el cognitivo –conductual y el sistémico.

A su vez, la Evaluación Psicológica como proceso, enlaza la etapa de diagnóstico con otra, de toma de decisiones. Sobre la base de los resultados obtenidos se determina qué estrategias de intervención debieran concretarse a fin de lograr el cambio que mejore la calidad de vida del sujeto. Cuentan como importantes las funciones de orientación al consultante y de propuestas de intervención (Fernández Ballesteros, 1990; Casullo, 1999; Kirchner et al. 1998; Sendín, 2000). Por todo lo expuesto se considera a la Evaluación Psicológica como una forma de intervención preventiva (Sendín, 2000) y una forma breve de intervención terapéutica (Castro Solano, 2017). Este último concepto alude al valor de la entrevista de devolución de información. Con ello se quiere significar que, cuanto más tempranamente se identifiquen las problemáticas, habrá mayor oportunidad de intervenir, evitando la cristalización de un cuadro.

Siguiendo a Casullo (1999) se dirá entonces que, mientras el Psicodiagnóstico es una forma de evaluación que se realiza vinculado al campo de la Psicología Clínica, y por lo tanto conectado con las polaridades salud-enfermedad, la Evaluación Psicológica es un proceso más amplio, que se distancia del modelo médico y que contiene como una subcategoría al Psicodiagnóstico. La Evaluación Psicológica puede llevarse a cabo en campos diferentes del clínico, tales como el educacional, laboral, forense o comunitario. A su vez, en las últimas décadas se ha ampliado aún más el concepto, aplicándola a áreas como la valoración de programas de intervención que se alejan totalmente del campo del Psicodiagnóstico clásico.

El término Psicodiagnóstico prevaleció hasta la década del '80 en Argentina, tanto en las prácticas profesionales como en la formación universitaria del Psicólogo. Progresivamente se fue diferenciando del modelo médico, y fue criticado desde los ámbitos psicoanalíticos por el uso y abuso de tests, que se pensó rotulaban al sujeto y dejaban afuera su singularidad. Se desarrolló vinculado al modelo psicoanalítico y al empleo casi excluyente de técnicas proyectivas con devaluación de los procedimientos cuantitativos. Maganto (1995) afirma que el progreso en la comprensión y explicación de los fenómenos psicológicos ha ido asociado a las posibilidades de medición, pero al mismo tiempo lleva a un cuestionamiento de fondo referido a temas complejos, tales como, la correspondencia entre unidades de medida y propiedades del objeto de estudio, a la objetividad de lo que se mide y la utilidad de la misma. Inclusive el término medición o medida ha ido perdiendo terreno por el trasfondo que implica en el campo de las Ciencias Humanas.

 

Evaluación de fortalezas y debilidades

Se dejó planteado que la Evaluación Psicológica se fue distanciando en la segunda mitad del siglo XX del modelo médico y que no solo identifica síntomas, psicopatología y déficit, sino también fortalezas (Casullo, 1999; Contini, 2011; Forns, 1993; Maganto, 1995). Igualmente se destacó que el proceso de Evaluación Psicológica supone la integración de resultados de instrumentos empleados, con aportes de otros campos de la Psicología y de las Ciencias Sociales. En tal sentido, la Psicología Positiva, que ha tenido un inusitado desarrollo en las últimas dos décadas, ha impactado en el campo de la evaluación, ampliando la perspectiva de análisis del comportamiento.

Resulta atinada la crítica de Seligman (2003) a la Psicología centrada solo en curar la enfermedad y reparar el daño, luego de concluida la Segunda Guerra Mundial. El beneficio de este enfoque fue el conocimiento riguroso de diversos cuadros psicopatológicos, como así también el tratamiento más adecuado para muchos de ellos. El costado negativo es que se dejó de lado otros aspectos que hacen a la condición humana. La propuesta de Seligman es entonces, recuperar objetivos que se consideran esenciales y que sintetiza en hacer más productiva la vida de los sujetos, lograr una mayor calidad de vida y promover el potencial humano. Estos conceptos sintonizan con los desarrollos de la Evaluación Psicológica. En el ámbito de la evaluación de la discapacidad intelectual es donde impactó inicialmente este modelo teórico. Así, se puso énfasis no solo en el Cociente Intelectual como medida cuantitativa, sino en las diversas habilidades adaptativas y sociales.

Como bien señala Gancedo (2008) este cambio de posición, de una mirada psicopatológica a otra salugénica, que Seligman propuso, encuentra sus raíces en la Psicología Humanista y se reinstaló en el campo de las Ciencias Sociales en las últimas décadas. El bienestar será uno de los temas primordiales objeto de estudio de la Psicología Positiva, recuperados dentro de los objetivos de la evaluación psicológica.

En suma, la Psicología Positiva plantea que el campo de la Psicología había sido deformado. Su objeto de estudio no sería solo la enfermedad, el déficit y el daño; no solo ausencia de síntomas y ajuste a normas de acuerdo a criterios estándar, sino que es también el estudio de las fortalezas, poniendo énfasis en el desarrollo de potencialidades. Se trata de identificar el capital psíquico con que cuenta el sujeto. La salud se presenta asociada, dice Seligman (2005) a la vida plena.

Falta aún la construcción de instrumentos que permitan identificar científicamente constructos tales como emociones positivas, sabiduría, resiliencia, espiritualidad, capacidad de perdonar. Habiéndose heredado del siglo XX numerosas problemáticas de salud, la tendencia natural es emplear el modelo clásico psicopatológico a la hora de dar respuesta a la consulta psicológica.

 

Valorización y desvalorización de la Evaluación Psicológica y el Psicodiagnóstico

Con posterioridad a la creación de la técnica de Rorschach, que dio nombre a las tareas de Psicodiagnóstico, fueron surgiendo nuevas propuestas teóricas y tecnológicas centradas en el modelo médico clínico, con énfasis en el empleo de tests psicológicos, tanto psicométricos como proyectivos (Casullo, 1999). Posteriormente se desencadenó una polémica entre los defensores del modelo médico clínico y los que adscribían a la predicción en base a la estadística. En Argentina, el sesgo psicoanalítico en la formación universitaria del psicólogo ha impactado en el área de la evaluación. Persiste aún hoy la tendencia a dar mayor valor a las técnicas proyectivas que a las psicométricas. En la actualidad comienzan a tener mayor presencia las técnicas objetivas, pero sobrevive el preconcepto de que se trata de técnicas sencillas, de aplicación mecánica, con las que se puede obtener datos cuantitativos en un tiempo breve. Puede afirmarse que se mantienen las resistencias a todo intento de medición y posturas dogmáticas, a partir de concepciones epistemológicas reduccionistas.

Las tareas de Evaluación Psicológica han pasado así por períodos de desvalorización y revalorización (Frank de Verthelyi, 1992). La década del '70 del siglo XX fue la de mayor desvalorización por las críticas a los déficits que se observaban tanto en el modelo psicométrico como en el enfoque clínico. En cambio, a partir de los '90 se asiste a una revalorización de las tareas de Evaluación Psicológica, por cuanto hubo una consciencia creciente de que no era posible tomar decisiones a ciegas, sin contar con un diagnóstico de situación. También por el progreso de los métodos estadísticos e informáticos que respaldan la construcción y validación de técnicas. De igual modo se avizora un progreso epistemológico ya que, en la actualidad, en primer lugar, se formula la teoría y, sobre esas bases recién se construyen los instrumentos de valoración. Este procedimiento va a dar mayores garantías a la evaluación de comportamientos.

 

Psicología Transcultural y Evaluación Psicológica

Se hizo alusión en párrafos anteriores a un período de desvalorización de la Evaluación Psicológica. Tal estado de cosas llevó a interrogar acerca de los métodos que se empleaban para evaluar y las teorías que los sustentaban. Gran parte de las pruebas surgieron en contextos ecológicos y culturales diferentes del ámbito de aplicación local, lo que conllevaba el riesgo de subdiagnosticar o sobrediagnosticar a los sujetos.

A partir de 1930, estudiosos de la Antropología se guiaron por la formulación axiomática de que cultura y personalidad estaban relacionadas. Visualizaron a la cultura como un conjunto de condiciones que determinaban experiencias tempranas y concluyeron que aquella sería la mayor formadora de la personalidad.

La Psicología Transcultural recupera estos conceptos y busca determinar el vínculo entre las variables ecológicas, sociales y culturales y el comportamiento. Trata de describir cómo y en qué grado el ambiente influye en el sujeto; se interesa tanto por las semejanzas (uniformidad) como por las diferencias (diversidad) en el funcionamiento psicológico individual en varios grupos étnicos y culturales. (Berry, Segall y Kagitçibasi, 1997; Berry, Poortinga, Breugelmans, Chasiotis, y Sam, 2011; Casullo, 2009; Contini, 2003; Georgas, van de Vijver y Berry, 2004; Sam y Berry, 2006).

Eckensberger (2006) señala que la investigación en Psicología Transcultural es la sistemática comparación de variables psicológicas bajo diferentes condiciones culturales a fin de poder especificar los antecedentes y procesos que median en la emergencia de diferencias en el comportamiento.

Se destaca la noción de cultura como concepto clave, entendida como los modos de vida compartidos por un grupo de personas (Berry et al, 1997) o como la parte del medio ambiente construida por el hombre (Herskovits, 1981). De la cultura concebida como proveedora de un marco estable para el desarrollo del sujeto, se ha pasado a otro enfoque que la considera como un contexto en cambio, tanto por su dinámica interna, como por el contacto entre culturas (Berry et al 2011). Sobre la base de esta diversificación no es prudente arriesgar definiciones simples.

Asimismo, Berry puntualiza la importancia de incluir en este análisis del comportamiento las variables ecológicas, por cuanto se considera a los diversos grupos humanos en un proceso de adaptación a su medio ambiente natural. Como afirma Berry, et al (2011) una cuestión central en inacabado debate en Psicología Transcultural refiere hasta qué punto las funciones psicológicas y los procesos subyacentes son comunes a la condición humana (Universalismo) o, por el contrario, si son específicos de ciertos grupos culturales (Relativismo). Estas funciones psicológicas son las que se espera identificar en un proceso de evaluación y diagnóstico psicológico.

En términos generales se puede afirmar que gran parte de las investigaciones en Psicología y en Evaluación Psicológica del siglo XX se ha focalizado en universales psicológicos. De este modo ha sido frecuente la expresión el niño, el adolescente, el sujeto, estando ausentes las referencias al contexto. El área de la cognición ha sido una de las más estudiadas desde la Psicología Transcultural. Los sujetos permanentemente deben resolver problemas de la vida cotidiana a fin de ajustarse al entorno en el cual viven. Para poder resolver tales problemas se ponen en marcha actividades intelectuales (Binet y Simon, 1905; Terman, 1916, Wechsler, 1939, 2011; Bruner 1991). A lo largo del siglo XX se diseñaron tests y técnicas que permitieran identificar esas capacidades. Es en el campo de la infancia - con la democratización de la escolarización - donde se realizaron numerosas investigaciones y construcción de pruebas. Desde la Psicología Transcultural como bien señalan Segall, Dasen, Berry y Poortinga (1992) las preguntas giran en torno a si la cualidad de esas capacidades es única o diversa, a cómo se implementan tales procesos de pensamiento, a los contenidos que se procesan y a los contextos en los que se desarrollan (Berry et al, 2011; Contini, 2000). ¿Qué relación existe entre diversas funciones psíquicas – en este caso la cognición - y el contexto cultural? ¿Es posible construir pruebas libres de influencias culturales? ¿Es posible elaborar categorías diagnósticas de uso universal?

También el área de la personalidad ha sido muy sensible a los estudios transculturales. Cabe preguntarse, a modo de ejemplo, si las situaciones de prueba de técnicas que evalúan retraimiento y orientación interpersonal internalizante, en la adolescencia tienen la misma significación para un habitante de zona rural que para otro de zona urbana de una sociedad tecnológica. En igual sentido, si la Escala Bajas aspiraciones adolescentes del MMPI-A evalúa la misma función si se administra a adolescentes urbanos de nivel socioeconómico alto, que si se evalúa a un adolescente que vive bajo condiciones de pobreza.

En la segunda mitad del siglo XX en Argentina destaca la figura de M. Martina Casullo como impulsora de los estudios transculturales. Estas investigaciones han precisado que es necesario definir el constructo a evaluar, realizar la adaptación lingüística y conceptual de la prueba para la población con la cual se la quiere emplear; o bien, diseñar una prueba específica para una determinada población; por último, se trata de profundizar el estudio del vínculo entre la función estudiada - tipo de inteligencia, orientación interpersonal - y el contexto en el cual habita el sujeto. Ello puede evitar la confusión entre diferencias culturales y desvíos de la norma o deficiencias entre un grupo cultural y otro.

Como ya se ha puntualizado, la Evaluación Psicológica requiere articular los datos que se genera sobre el sujeto, con otras áreas de la Psicología. Una esencial es el campo de la psicopatología, que deslinda comportamientos saludables de otros disfuncionales. La necesidad de comunicar resultados entre profesionales y la prestación de servicios en los sistemas de salud ha traído como consecuencia que se empleen categorías diagnósticas de uso internacional.

La Psicología Transcultural señala al respecto, que la cultura ejerce cierto grado de influencia en los procesos psicopatológicos, no habiéndose encontrado trastornos que sean inmunes al modelado cultural.

El enfoque universalista plantea que es posible construir categorías aplicables en diversos contextos, tales como la CIE 10 (OMS, 1999), el DSM V (APA, 2014) y la CCMD-3 (Chinese Society of Psychiatry, 2001) y sistematizan los trastornos mentales en diversos tipos basándose en una serie de criterios con rasgos definitorios.

Si bien desde la concepción universalista el DSM V puede ser empleado en cualquier contexto, desde la 4a. edición se ha incluido un apartado referido a cuadros propios de determinados contextos culturales. El objetivo es lograr un diagnóstico más fiable e implícitamente reconoce la importancia de los factores culturales en la configuración y expresión de la psicopatología.

A las críticas por la falta de especificidad cultural del DSM V subyacen, como bien lo señalan Tanaka-Matsumi y Draguns (1997), problemas fundamentales con relación al diagnóstico psicológico, que se refieren a cómo se define el funcionamiento normal y anormal en sujetos de diferentes contextos culturales y cómo se puede reconocer si se trata de un trastorno del comportamiento clínicamente significativo en el medio en el que vive ese sujeto. En tal sentido, el DSM V reconoce que las decisiones diagnósticas que impliquen comparaciones transculturales constituyen un reto para el profesional, ya que éste deberá apelar al juicio clínico que atenúe las limitaciones propias del enfoque categorial.

La crítica a esta perspectiva universalista apunta a que es improbable que los sistemas clasificatorios provean de un modelo de diagnóstico que pueda ser empleado en poblaciones de distinta cultura; igualmente se considera que la construcción de instrumentos estandarizados de diagnóstico ha afectado significativamente la investigación transcultural puesto que dichas pruebas emplean los mismos criterios para identificar la anormalidad en diferentes culturas.

No obstante estas críticas, la posición universalista ha registrado avances en los métodos de diagnóstico mediante la comparación de datos epidemiológicos entre culturas y en estudios multinacionales sobre trastornos específicos. La inclusión de muestras clínicas y no clínicas ha enriquecido la comprensión del comportamiento normal y anormal desde una perspectiva transcultural.

En contraposición al enfoque universalista desde la concepción relativista se desconfía de estos sistemas de categorías diagnósticas generalizables a cualquier ámbito; Kleinman (2008) señala que las categorías psiquiátricas están limitadas al contexto de las teorías y prácticas psiquiátricas occidentales. Esta posición sitúa al fenómeno psicopatológico que se va a estudiar en un determinado contexto cultural y busca comprenderlo en ese marco de referencia. Por ende, esta posición va a tener un efecto sustancial en el uso de pruebas psicológicas estandarizadas en el marco de un proceso de Evaluación Psicológica

Además de estas dos posiciones, se puede mencionar una tercera, más bien ecléctica, que no se basa en una distinción conceptual, sino en la realidad de la práctica profesional, en la cual el psicólogo se ve enfrentado a problemáticas concretas de salud y a la necesidad de intervenir de un modo eficiente en países multiculturales como han sido los americanos. Esta posición incluye variables universales y rasgos específicos de una cultura.

Hoy la expectativa está centrada en que las investigaciones vinculen los estudios relativistas y los métodos estandarizados de diagnóstico empleando instrumentos de evaluación y criterios como el DSM V; ello puede contribuir a superar los enfoques dicotómicos, tanto como evitar confundir etnicidad con aculturación, cuyo mayor riesgo es subdiagnosticar o sobrediagnosticar en el campo de la Evaluación Psicológica.

 

Acerca de las pruebas psicológicas

La Evaluación Psicológica se nutre del empleo de diversos tipos de pruebas que hicieron su aparición a comienzos del siglo XX en el campo de la educación y de las fuerzas armadas. Desde entonces se dio un largo camino de investigación y refinamiento de los instrumentos. Tuvieron un notable éxito y un alto impacto en lo que posteriormente se denominaría la medición en psicología (Cohen y Swerdlik, 2000).

La Primera Guerra Mundial (1917) determinó que el ejército de EE.UU necesitara evaluar numerosos reclutas a fin de identificar problemáticas intelectuales o emocionales. La Segunda Guerra Mundial exacerbó esta necesidad y dio gran impulso al diseño de pruebas psicológicas. A partir de estos desarrollos su empleo se fue generalizando y así, la década de 1950 y comienzos de 1960 fueron de auge en su uso. En EE.UU. se utilizaron en los ámbitos clínico, educacional, laboral y gubernamental. Pero luego ocurrieron excesos en su empleo y cuestionamientos éticos de sus alcances.

A su vez, cabe señalar que se denominó tests, técnicas objetivas, pruebas psicológicas a instrumentos de características muy disímiles.

Ahora bien, cuando se hace referencia a tests o a pruebas, la pregunta que subyace alude a si es posible la medición en psicología (Cortada de Kohan, 1999). Tal como señala Cortada, el principal objetivo de la ciencia no es solo la descripción de los fenómenos, en nuestro caso, el comportamiento, sino el establecimiento mediante leyes y teorías de principios con los cuales se puede explicar y pronosticar tales fenómenos empíricos. Por medio de la medición, el lenguaje matemático se aplica a la Psicología. Para llegar a este fin, la Psicología necesita recoger y comparar datos para obtener correlaciones que conduzcan a la formulación de tales hipótesis, leyes y teorías. Un modo de recoger dicha información es por medio de tests y técnicas psicológicas. La Evaluación Psicológica sin el empleo de estos instrumentos puede llevar a serios errores de diagnóstico por el sesgo que subjetivamente el evaluador puede imprimir al proceso de evaluación.

Las denominadas pruebas objetivas responden a lo que se denominó Psicología Actuarial, que pone énfasis en el análisis estadístico de los datos, y en la interpretación de la producción del sujeto con referencia a normas. Tales procedimientos se asocian a la tradición de la ciencia nomotética, interesada en la obtención de leyes generales (Bellak, 1990). Este enfoque se contrapone sustancialmente con el de las técnicas proyectivas, vinculadas a la ciencia ideográfica que se centra en la comprensión de un suceso en particular.

Otro aspecto a destacar es el sorprendente desarrollo que en la actualidad se observa en las pruebas objetivas. El respaldo teórico de las mismas está dado por los estudios sobre análisis factorial y, que se han visto impactadas por los vertiginosos desarrollos informáticos que hacen posible la construcción de pruebas y el procesamiento de datos de un modo riguroso.

Los detractores de las técnicas objetivas argumentan que estas identifican signos que conducen a puntajes compuestos, todo lo cual surge de una concepción atomística de la personalidad (Anzieu, 1961). En un intento de respuesta a estas críticas se dirá que en la actualidad se destaca un esfuerzo notable de refinamiento de las técnicas, a partir de teorías contemporáneas de construcción de instrumentos. La expectativa es que todo ello permitirá arrojar datos cada vez más confiables. Se considera que será tarea del Psicólogo, integrar esos datos atomísticos en una totalidad con sentido. Y ello será posible si cuenta con una sólida formación teórica y una capacidad de observar y de escuchar que supere paradigmas aparentemente irreconciliables (psicométrico versus clínico).

 

Técnicas proyectivas

Las técnicas proyectivas fueron designadas con ese nombre a partir del término proyección procedente de la teoría psicoanalítica. Se caracterizan por ser instrumentos que evalúan variables inconscientes y conscientes del comportamiento. Al respecto Frank (1939) afirma que los aspectos más importantes del mundo interno del sujeto son aquello que no puede decir o no dirá. Con ello quiere señalar que es improbable que aquel pueda verbalizar contenidos que le resultan angustiantes y excesivos para el yo. En ese sentido, las técnicas proyectivas permitirían al sujeto, poner fuera de sí tales contenidos significativos en el contexto de su biografía, constituyéndose de este modo, en un valioso recurso para la etapa de diagnóstico.

Se caracterizan por ser multidimensionales, es decir, evalúan diversas variables de personalidad. Estas técnicas se proponen indagar la personalidad total o dimensiones de la misma, pero consideradas dentro de una estructura. La indagación es globalista, en contraste con la atomística, que evalúa rasgos de personalidad puntuales propios de los cuestionarios e inventarios. Son técnicas de amplio espectro y serán mejores cuanto mayor repertorio de respuestas puedan controlar en el menor tiempo posible (Bell, 1944).

Otro aspecto distintivo es que a un ítem específico le puede corresponder una variedad de significados según el modo en que esté integrado dentro de la totalidad de la producción del sujeto. De allí es que estas técnicas sean de difícil tratamiento estadístico en comparación con las pruebas objetivas. Se las denomina también enmascaradas por que el sujeto no conoce el objetivo de las mismas y por ello se las considera como métodos indirectos de evaluación de la personalidad. Por el tipo de tareas que proponen es improbable que el examinado pueda distorsionar a voluntad las respuestas. (Fernández Ballesteros, Vizcarro y Oliva Márquez, 1990; Bellak, 1990; Cohen y Swerdlik, 2000).

Un argumento a favor de las técnicas proyectivas es que no requieren gran destreza lingüística (decir qué ve frente a unas manchas de tinta, relatar un cuento a partir de una imagen gráfica o indicar verbalmente qué se ha dibujado). Por este motivo, inicialmente se pensó que estaban libres de influencias culturales en comparación con otro tipo de tests, hecho que fue puesto en duda posteriormente por diversas investigaciones transculturales (Berry et al, 2011; Contini, 2013, Segall, Dasen, Berry y Poortinga, 1992).

Las técnicas proyectivas surgieron como una rebelión contra las pruebas llamadas objetivas basadas en datos normativos (Cohen y Swerdlik (2000). Los investigadores de la personalidad que empleaban métodos sujetos a normas y a la búsqueda de uniformidades fueron criticados por quienes adherían a las técnicas proyectivas basadas en un enfoque psicoanalítico y, por lo tanto, ideográfico. Así, en contraste con las pruebas objetivas, las técnicas proyectivas fueron vistas como las más apropiadas para enfocar el estudio de la individualidad desde una perspectiva clínica. Se proponían evaluar la forma singular en que un sujeto proyectaba sus contenidos internos a partir de estímulos ambiguos. Las técnicas proyectivas fueron de uso corriente en el proceso Psicodiagnóstico durante 40 años del siglo XX y, a partir de la década del '60 fueron sometidas a fuertes críticas debido a los resultados negativos de investigaciones básicas referidas a su validez (Fernández Ballesteros et al., 1990).

Por otra parte, si bien el énfasis estuvo puesto inicialmente en un enfoque ideográfico, las críticas a la confiabilidad, a la validez y su puesta a prueba durante muchos años de práctica clínica, han conducido a la intención de que cada vez más estén referidas a normas. Este propósito, por la misma naturaleza de las pruebas, se torna una labor difícil y aun inconclusa.

 

Perspectivas futuras

La Evaluación y Diagnóstico Psicológico es hoy un proceso de toma de decisiones, de intervención preventiva y de intervención terapéutica breve. Se ha redimensionado sustancialmente con relación al inicial Psicodiagnóstico clásico. Además del ámbito clínico donde nació, ha tenido un despliegue considerable en el campo educacional, laboral, forense y comunitario. Si bien mantiene el objetivo de identificar déficit y/o psicopatología, se propone valorar el capital psíquico con que cuenta el sujeto.

Con respecto a los logros se observa un marcado desarrollo de técnicas monorrasgo con respaldo psicométrico refinado; jerarquización de las autopercepciones del consultante y una mayor articulación entre el juicio clínico y una metodología rigurosa en la generación e interpretación del material. Cabe destacar el impacto que ha tenido en la disciplina los planteos de la Psicología Transcultural. Existe mayor consciencia de la diversidad ecológica y cultural del consultante, y de la notable incidencia de estas variables en el comportamiento. De este modo la Evaluación Psicológica no puede circunscribirse a la identificación de universales psicológicos - la inteligencia, la personalidad –. Es preciso, de cara al futuro una mayor y sistemática comparación de variables psicológicas bajo diferentes condiciones ecológicas y culturales, a fin de especificar los antecedentes y procesos que intermedian en la emergencia de diferencias en el comportamiento. Este es quizá el mayor desafío de lo que aún falta consolidar.

Igualmente falta superar las antinomias: técnicas cuantitativas / cualitativas; objetivas / proyectivas e integrar la variedad de información que todas ellas proveen.

Así también se hace necesario lograr mayor precisión en la búsqueda de consistencia lógica de los diagnósticos. Otro punto débil reside en la diversidad de modelos teóricos que se han desarrollado en forma inconexa unos de otros y que sostienen variados tipos de pruebas psicológicas. Es un reto lograr una mayor integración de dichos cuerpos teóricos. De todos estos factores va a depender el progreso de la disciplina.

 

Referencias

Asociación Americana de Psiquiatría (APA). (2014). Guía de Consulta de los criterios diagnósticos del DSM 5. Primera reimpresión 2014 (Primera edición, 2013).

Madrid: Editorial Médica Panamericana,

Anzieu, D. (1961). Los métodos proyectivos. Bs.As.: Kapelusz.

Jiménez Gómez, F., Ortiz Quintana, P. y Rodríguez Sutil, C., Ávila Espada, A. (1992). Evaluación en Psicología Clínica I. Salamanca: Amarú.

Bell, J. (1944). The concept of projection: an experimental investigation and study of the concept. Psychiatry 4:353-370.

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