ISSN 2618-5628
 
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Regulación emocional, Terapia de activación emocional (EAT)    
     

 
Terapia de activación emocional (EAT). Nuevos aportes a la regulación emocional en terapia cognitiva conductual desde la integración de técnicas de embodiment
 
Dall’Occhio, Mirta
Instituto Sincronía
 

 

Surgimiento de la Terapia de Activación Emocional

Muchas veces deseamos cambiar conductas pero no sabemos cómo lidiar con las emociones. Los síntomas afectan el buen desempeño, disminuyen la calidad de vida e impactan negativamente en el entorno. Poseemos mecanismos de regulación automáticos y prevalentes que actúan, en primer lugar, de acuerdo con las emociones involucradas, y en segundo, con la organización de la personalidad, y que, además, guían los procesos describiendo pautas de acción repetitivas. Estos mecanismos están asociados a la evitación emocional y son los que desvían el foco de atención. Cambiamos el medio interno modificando las cogniciones asociadas. Cambiamos el medio externo modificando la situación en la que estamos, ya sea variando el contexto o una de sus características. Podemos así distraer nuestra atención y focalizar en otros aspectos de la situación; pero cuando estos sistemas de regulación resultan insuficientes volvemos a regularnos a través de síntomas físicos o conductuales.

En la conceptualización clásica de la Terapia Cognitivo-Conductual (CBT), un cierto estímulo conduce a una experiencia mental que deriva en una emoción. Esta a su vez vendrá acompañada de sensaciones corporales y ciertas acciones físicas. Por consiguiente, resulta muy productivo para esta corriente terapéutica incluir conceptos que propicien un enlace entre los estados corporales y las funciones cognitivas. Además de los probados métodos de la CBT, pueden implementarse otros que permitan procesar eficientemente situaciones problemáticas concretas mediante el uso deliberado del cuerpo, ampliando así el repertorio de intervenciones que guían los procesos de cambio. La metodología verbal puede ser complementada con tareas de movimiento. El contacto terapéutico consistiría, por lo tanto, no solo en una conversación, sino también en una acción. Este enfoque activa a los pacientes y también a los terapeutas. Esta fue la premisa inicial compartida con el doctor Gernot Hauke cuando desarrollamos la Terapia de Activación Emocional (EAT, según su denominación en inglés: Emotional Activation Therapy) en 2013. Este modelo terapéutico constituye una nueva perspectiva que ya se ha extendido desde la clínica individual a tratamientos específicos para la ansiedad social, la terapia de pareja y con niños, grupos de trabajo en empresas y programas de educación.

Procesos top-down y bottom-up. Existe una jerarquía de módulos cerebrales que interactúan entre sí (Ochsner et al., 2009). Aquellos que se hallan más arriba ("top") son, desde un punto de vista evolutivo, los ámbitos corticales "más jóvenes" (especialmente la corteza prefrontal medial). Los módulos superiores intervienen en el pensamiento, la abstracción, la interpretación y la verbalización de la información. Tal información es suministrada por módulos que se encuentran en los escalones más bajos ("bottom") de esta jerarquía, es decir, aquellos que tienen que ver con estructuras evolutivas "más primitivas", como el sistema límbico y el tronco encefálico (Davis et al., 2013; Hariri et al., 2000).

Nuestras reacciones emocionales son el resultado de la interacción de dos procesos mentales identificables según el sentido en que se desarrollan. Comparativamente, los de orientación bottom-up ("de abajo hacia arriba") se desarrollan mucho más rápidamente; basándose en impresiones sensoriales, transmiten una valoración casi inmediata de la situación. En ellos se arraiga el "instinto", que indica si una situación será favorable o desfavorable para la persona. La reacción corporal se manifiesta, por ejemplo, en un impulso automático de fuga. Los procesos de orientación top-down ("de arriba hacia abajo") se basan en experiencias previas. Son más lentos, ya que comparan el tosco boceto creado por los procesos bottom-up con una imagen que contiene más detalles. Evalúan el contexto y habilitan opciones de acción, al tiempo que vetan algunas que serían perjudiciales para la persona.

En toda situación, el cuerpo tiene influencia directa sobre los procesos cognitivos, motivacionales y emocionales, por ejemplo a través de la postura, la expresión facial, los gestos, la dirección del movimiento, etc. Hasta ahora, tales ideas han estado poco representadas en la práctica de las terapias psicológicas tradicionales. El enfoque convencional en la CBT, de orientación top-down, puede ser complementado por un enfoque de orientación bottom-up; es decir, una terapia que examina patrones de pensamiento disfuncionales que conducen a emociones problemáticas puede ser potenciada por percepciones relacionadas con el cuerpo y características sensoriales que también contribuyen al desarrollo de las emociones. El resultado de esta unión coincide con la ampliación del concepto de "cognición", reemplazado por el de "cognición personificada" (embodied cognition), el cual se designa en el lenguaje técnico actual como "conciencia encarnada" (embodiment). Se trata de una estrategia destinada a cambiar la actitud hacia la experiencia interna y desbloquear esquemas cognitivos afectivos.

La EAT es un dispositivo terapéutico que utiliza la energía emocional para ayudar a las personas a desarrollar reacciones alternativas ante situaciones complicadas. Es por eso que se anima a los pacientes a profundizar el conocimiento de las emociones activadas, a explorarlas de manera guiada. El paciente aprende a utilizar las emociones experimentadas para alcanzar sus metas.

 

Principios de la terapia

La EAT se basa en los siguientes principios fundamentales: a) los conceptos de emoción y de activación emocional, b) la activación de las emociones con la ayuda del cuerpo, c) la discriminación entre las emociones activadas, d) la existencia de emociones primarias y secundarias, y e) la búsqueda de una mayor y mejor regulación emocional. A continuación, se describirán brevemente cada uno de estos aspectos, indispensables para la posterior comprensión de la estructura del dispositivo, que se detallará en el apartado siguiente.

Emoción y activación emocional. Se pueden definir las emociones como estados de los individuos, con diversas características e intensidades, que se dirigen a un objeto, creando una experiencia particular, y que suelen llevar a cambios fisiológicos y conductuales (Meyer, Schützwohl y Reinsenzein, 1993). Desde la perspectiva constructivista, se presume que nuestro cerebro se encuentra constantemente creando estados emocionales (Barret, 2006, 2013; Barsalou, 2009), combinando varias fuentes de información, tales como el estímulo sensorial externo, las señales sensoriales internas y las experiencias anteriores.

Dentro de este contexto, el proceso de activación emocional puede sintetizarse como sigue

{ver figura 1}: los factores externos e internos son evaluados mediante un proceso que produce una estimulación somato-visceral, y el sistema interoceptivo registra un cambio en el medio interno. Este núcleo afectivo (Russell y Feldman-Barrett, 1999) desencadena una reacción directa que indica si los objetos o eventos son beneficiosos o perjudiciales, gratificantes o peligrosos, y requiere que el individuo los acepte o rechace. Finalmente, la manera en que es conceptualizada la condición afectiva depende del conocimiento previo del individuo sobre la emoción en la que se desarrolla. Así, la experiencia emocional no solo resulta placentera o desagradable, sino que también es registrada conceptualmente. {Ver figura 1}.

Activación de las emociones con la ayuda del cuerpo. Siguiendo a K. Scherer (2005), los componentes de un episodio emocional y sus funciones pueden considerarse una parte esencial del trabajo terapéutico. En este sentido, uno de los ejes centrales del modelo EAT radica en la activación de las emociones con la ayuda del cuerpo. Varias investigaciones (por ejemplo: Ekman, Levenson y Friesen, 1983; Soussignan, 2002; Strack, Martin y Stepper, 1988) permiten establecer que la percepción de un cambio físico puede llevar a un cambio en la experiencia emocional. La modificación de los parámetros corporales ejerce influencia tanto en las reacciones autónomas del cuerpo como en el medio corporal interno y el núcleo afectivo (Price, 2012). Para la terapia de personificación que hemos desarrollado, contamos con la certeza de que es posible activar procesos psíquicos duraderos del tipo bottom-up a partir dela ejecución de patrones efectores, es decir, mediante la regulación consciente de diferentes parámetros físicos, como la postura corporal, el patrón respiratorio y la expresión facial.

Uno de los trabajos pioneros en este campo fue el de Susana Bloch y sus colaboradores (Bloch y Santibañez, 1972; Santibañez y Bloch, 1986). A través de sus investigaciones experimentales, demostraron que era posible que se generasen emociones específicas por la ejecución precisa de ciertas actividades físicas, como establecer el ritmo de respiración, la postura y las expresiones faciales. Lograron caracterizar seis emociones básicas: 1) alegría-risa, 2) tristeza-llanto, 3) miedo-ansiedad, 4) enojo, 5) amor erótico y 6) ternura. En un trabajo más reciente, Bloch (2006) sistematizó las instrucciones para la inducción emocional de manera didáctica, desarrollando un programa de entrenamiento para actores llamado Alba Emoting.

La base del modelo EAT consiste en la aplicación de este programa al ámbito de la psicología clínica. En este sentido, se propone como un modelo pionero de activación emocional focalizado en procesos terapéuticos (ver, por ejemplo: Boiten, Frijda y Wientjes, 1994; Philippot, Chapelle y Blairy, 2002). La utilidad de un dispositivo de activación emocional como la EAT radica en que las actividades físicas descriptas no solo cambian el medio interno (el núcleo afectivo), sino que también activan el conocimiento conceptual, lo que implica que el esquema emocional correspondiente se completa y percibe. La percepción consciente y la comprensión permiten al paciente otorgar un sentido a sus emociones.

Discriminación entre emociones activadas. Mientras que algunas personas son capaces de distinguir con precisión sus experiencias emocionales, otras solo pueden definir sus percepciones a partir de expresiones como "me sentí bien" o "me sentí mal". Algunos estudios (Barret, Gross, Conner y Benvenutto, 2001; Kang y Shaver, 2004) demuestran que aquellas personas con poca capacidad para describir sus experiencias emocionales son menos capaces de utilizarlas para instrumentar cursos de acción adaptativos. Incluso, podrían generar estrategias desfavorables para la regulación emocional, que muchas veces adoptan la forma de trastornos mentales, como abuso de sustancias e ingesta compulsiva de comida, entre otros (Taylor, Bagby y Parker, 1997). En contrapartida, aquellos que sí pueden diferenciar sus emociones tienden a ser sustancialmente mejores en el manejo de emociones, sus estrategias de regulación son diversas y son más exitosos en sus esfuerzos por tolerar emociones desagradables. La capacidad de identificar las emociones suele incrementar la flexibilidad psicológica y, en particular, promueve una buena autorregulación emocional. El modelo EAT ayuda al paciente en el reconocimiento emocional, hace posible el acceso a su núcleo emocional temático e implementa objetivos de acción para lograr una mejor autorregulación.

Emociones "primarias" y "secundarias". Las emociones primarias son reacciones normativas, adaptativas y universales frente a un contexto dado (por ejemplo: enojo ante un obstáculo que impide la satisfacción de una necesidad). Las emociones secundarias, en cambio, son una reacción hacia esa emoción primaria (siguiendo el ejemplo anterior, ansiedad frente a la aparición del enojo). Las emociones secundarias, entonces, son respuestas aprendidas frente a emociones primarias (Fruzzetti, Crook, Erikson, Lee y Worral, 2008; Greenberg y Safran, 1987). Trabajos como los de Hauke (2013) o los de Sulz (1994) tratan la activación de las emociones primarias y secundarias dentro del contexto de una "reacción en cadena", constituida por: a) una emoción primaria, b) un impulso primario a la acción, reflejo de la emoción primaria, c) una anticipación de posibles consecuencias temidas del impulso primario, y d) una emoción secundaria, que se dirige en oposición al impulso primario con el objeto de que el individuo no lo siga.

Dentro de este esquema, la emoción primaria constituye una emoción prototípica que el individuo, con el fin de prevenir consecuencias no deseadas y asegurar su supervivencia emocional, inhibe. Las emociones secundarias, por su parte, llevan a reacciones inadaptadas. La autorregulación de la persona no corresponde al disparador original. Las señales que se emiten al ambiente desencadenan reacciones consecuentes, de manera que la persona recibe una respuesta social completamente inadecuada a la situación disparadora inicial.

La regulación emocional. La EAT busca que los pacientes puedan vivenciar emociones con una alta calidad perceptiva. De acuerdo con este modelo de interacción entre las emociones primarias y secundarias, la EAT propone activarlas e identificarlas con el objeto de que los pacientes puedan mejorar su autorregulación y, específicamente, su regulación emocional (Gross y Thompson, 2007). El punto central es ayudarlos a manejar sus emociones y los disparadores relacionados con ellas de un modo más funcional respecto de su ambiente. Estos objetivos conforman la fase final del modelo EAT, la de la "maestría emocional".

 

Estructura de la terapia

La estructura de la EAT consta de una fase preparatoria y siete pasos que, en conjunto, conforman una secuencia de acción terapéutica que puede implementarse en un lapso breve de tiempo (aproximadamente 14 sesiones), aunque cada caso particular implica potenciales modificaciones. A modo de descripción global, puede sintetizarse el proceso de la siguiente manera: luego de recabar datos clínicos, utilizando el modo de exploración típico de la terapia cognitivo-conductual, se parte de una escena representativa, emocionalmente estresante para el paciente, y se formula una serie de preguntas específicas a partir de cuyas respuestas se elabora su estrategia de supervivencia o esquema afectivo cognitivo. Mediante la integración de recursos de atención plena (mindfulness) y la ejecución de patrones efectores emocionales (técnicas de embodiment), se recorre con el paciente su campo emocional, donde se lo guía durante el proceso de activación emocional. El tratamiento posibilita la expresión de emociones secundarias y primarias asociadas a la escena conflictiva inicial, las cuales son vivenciadas y profundizadas focalizando en los mecanismos automáticos de evitación y desregulación, que a su vez estarán predeterminados por el esquema afectivo cognitivo del paciente. En la fase final, se establecen proyectos de cambio y metas, relacionados con emociones que se han vuelto ya accesibles y regulables para el paciente. La tabla 1 presenta las etapas del tratamiento. {ver tabla 1}

Esquema afectivo cognitivo o estrategia de supervivencia emocional. Durante esta fase preparatoria, se deben recolectar datos de la historia vital del paciente: sus patrones de comportamiento y sus modos de regulación emocional. De esta información es posible recortar una situación conflictiva central, con síntomas concomitantes y potenciales trastornos mentales asociados. A continuación, el terapeuta puede identificar las escenas estresantes de dicha situación y las necesidades centrales del paciente, que conllevan conductas disfuncionales y de evitación, con grados variables de impacto corporal. Todos estos elementos permiten formular la estrategia de supervivencia emocional (Hauke y Sulz, 2006; Hauke, 2013), es decir, un esquema afectivo cognitivo en el que el paciente halla un modo típico de acción para resolver situaciones estresantes. Esta estrategia permite, además, identificar leyes y prohibiciones impuestas por la conducta. Su contenido se revela con la ayuda de un cuestionario específico.

Paso 1: atención y enfoque corporal. El cuerpo funciona como ancla para la observación atenta de las sensaciones físicas. Las señales sutiles en varias áreas del cuerpo pueden ser registradas en pleno estado de conciencia y, por lo tanto, representan fuentes de información importantes para la autorregulación de nuestras necesidades y límites cuando estamos atrapados en un modo de acción inflexible. La terapia conductual denominada "dirección de la atención", mediante la focalización o la atención plena (mindfulness), trabaja con la concentración en el aquí y ahora de una situación. De este modo, ayuda a los pacientes a entrar en contacto emocional con situaciones difíciles, a observar su comportamiento, a no juzgar y no ceder a sus impulsos. Sin desatender los pensamientos y los sentimientos, las señales corporales son el principal objeto de observación. La comprensión precisa de la tendencia a la acción percibida y la cognición vinculada a ella habilitan una conducta alternativa. El entrenamiento de la atención plena mejora la sensibilidad para la compleja interacción entre las percepciones físicas y los procesos cognitivos y emocionales. Un trabajo exitoso con técnicas de personificación requiere el desarrollo de la atención plena, ya que esta es la puerta de entrada a la correcta implementación de esas técnicas.

La persona percibe sentimientos (impulsos y variaciones) en las reacciones corporales; nota, fundamentalmente, cómo tales sentimientos dependen del estilo de los movimientos (de su dirección y velocidad), de la gesticulación, y de la profundidad y frecuencia respiratoria. Puede incluso percibir su pulso cardíaco y contar los latidos. En este paso se guía la defusión cognitiva, ya que la persona se percibe como observadora de sus pensamientos. Se la anima a estar bien presente bajo las condiciones dadas y a reconocer experiencias de aprendizaje pasadas. De esta forma, ya estará lista para explorar lentamente áreas que se encuentran más allá de su actual zona de seguridad y confort.

Paso 2: elección y activación de la situación problemática. Los problemas más concretos de los pacientes proveen las situaciones que conducen a la experiencia emocional. El paciente debe sentirse lo más parecido posible a como se sintió cuando experimentó la situación originalmente. Para facilitar este propósito se utiliza una técnica de imaginación escénica.Si la descripción del problema es inicialmente amplia y excesivamente "cognitiva", la experiencia debe restringirse a una situación significativa.

Una situación es significativa cuando la experiencia conflictiva es claramente palpable en la imaginación. Hacia el final de este procedimiento, los pacientes deben haber filtrado una escena de la "película" que refleje más claramente la experiencia. En este sentido, el terapeuta ayuda al paciente a mantener el foco en la escena emocionalmente más estresante; está atento a las tendencias de evasión y redirige la atención. El modo en que acompasa el proceso, la sincronicidad con el paciente y su empatía contribuirán a que el proceso sea guiado desde lo racional hacia lo afectivo, facilitando la continuidad del desarrollo de toda la terapia. El paciente recupera lo que sintió en la situación conflictiva original.

Paso 3: desarrollo del campo emocional. Para construir el campo emocional se utiliza la experiencia inducida. Se continúa trabajando con la escena conflictiva inicial. Como en un juego con reglas y pautas claras, se le explica al paciente lo que va a suceder. Sobre el piso, se pone a su disposición lo que llamamos un campo, esto es, una superficie vacía y delimitada. El paciente se encuentra de pie, con el terapeuta a su lado o un poco más atrás. En el campo se asignan posiciones que, por estar separadas espacialmente, pueden diferenciarse con claridad, lo cual facilita las instancias de comparación y discriminación. La delimitación espacial favorece el proceso de guiado y le brinda al despliegue un marco de orden y contención preestablecido.

En un principio el foco de la atención está en la persona más significativa de la situación conflictiva imaginada. Un papel con el nombre de esa persona se ubica en el piso, cerca de una pared. El paciente "proyecta" a la persona en la pared, describiendo su postura, su expresión facial, su vestimenta, y otras características. También debe asignarle una frase típica. A partir de este momento, la atención del paciente es dirigida hacia lo que está sucediendo dentro de sí: sus reacciones corporales, las tensiones y los mínimos impulsos motores. Por el momento, la situación disparadora se deja de lado en función de este foco corporal.

El terapeuta describe las posiciones del campo emocional: la ya mencionada proyección en la pared de la persona significativa; la posición "neutral"; la posición "no quiero"; la de la "emoción primaria"; la de la "emoción secundaria"; la de "otras emociones"; y la de "expertos". La posición neutral se establece como recurso de regulación. Si una emoción resultara abrumadora al momento de la activación, el paciente es guiado a la posición neutral con un ejercicio físico para ganar control y calma. También puede suceder que se sienta exigido y prefiera no abordar esta instancia del tratamiento; así se introduce la posición "no quiero": se le permite al paciente evitar la situación por algún tiempo.

Las emociones que surgen son nombradas por el paciente, quien las escribe en sendos papeles y las ubica en el piso. Nuevamente la atención se dirige hacia el cuerpo y sus impulsos. Además de la primaria y la secundaria, generalmente aparecen otras emociones (posición "otras emociones"), que también son anotadas y ubicadas en el campo. El terapeuta observa los papeles con el nombre de cada emoción activada y mueve al paciente de un lugar a otro. Usualmente, la primera emoción que surge y se nombra es la emoción secundaria. El paso a la posición de expertos puede ser dado tanto por el terapeuta como por el paciente. El terapeuta juega el rol de experto en psicología y el paciente es el experto en su propia vida. Aquí ambos reflexionan sobre lo que está sucediendo en el campo emocional. Estas reflexiones tienen como meta llevar al paciente a que comprenda más acabadamente sus procesos internos. Esta actividad metacognitiva lo prepara para el paso 7, asociado al despliegue adecuado de emociones para el logro de sus objetivos. {ver figura 2}

Consideramos el campo emocional como el corazón del modelo EAT, ya que en este paso se realiza el despliegue que reorienta las opciones de aprendizaje de los procesos bottom up y top down. Dependiendo de la emoción, es posible que se reactiven experiencias problemáticas, nocivas o sumamente amenazadoras, vinculadas, por ejemplo, con situaciones que originaron un trauma. Aunque estas experiencias resultarán sin duda desagradables para el paciente, poder recuperarlas constituye un paso fundamental para el proceso terapéutico.

Paso 4: discriminación de las emociones primaria y secundaria. El paciente deja la posición de expertos luego de que acepta profundizar el proceso. Se le pide que se ubique en la posición de la emoción secundaria. Para no interferir con la concientización del paciente, el terapeuta se mantiene detrás o a un lado de este. Lo invita a focalizar nuevamente en sus reacciones físicas y en sus procesos internos. El terapeuta pone su atención en el cuerpo del paciente: sus mínimas tensiones, leves movimientos, cambios en la expresión facial y sus gestos. Esto le permite identificar la emoción secundaria que comienza a surgir. Si los indicios son lo suficientemente claros, el terapeuta introduce el patrón efector correspondiente (la respiración, la postura o la expresión facial) por mímica.

Luego de la exposición a la emoción secundaria, suele aparecer la emoción primaria junto con otras emociones. El paciente toma nota de estas emociones y las ubica en el campo. A continuación, tanto el paciente como el terapeuta vuelven a la posición de expertos y hablan sobre lo sucedido, concentrándose particularmente en los impulsos a la acción de la emoción primaria y reflexionando sobre el rol de la emoción secundaria. El terapeuta se asegura de que la conversación no se aleje del aquí y ahora. Desde esta posición, se delimita la reacción en cadena característica del caso. La tabla 2 ilustra sus componentes con los respectivos ejes a clarificar. {ver tabla 2}

Es evidente entonces el rol que cumple la emoción secundaria: ayuda a frenar o anular la emoción primaria en la situación problemática. En la estrategia de supervivencia del paciente la emoción primaria suele aparecer como un "impulso prohibido". Lo que sigue es abordar aquellas condiciones de la historia de aprendizaje que podrían conectar la emoción primaria con la secundaria.

Paso 5: profundización del trabajo con la emoción primaria. Una vez delimitados los componentes de la reacción en cadena, lo importante es que el paciente reconozca que la emoción primaria es la adecuada para la situación problemática planteada. En este punto, se le sugiere que tome contacto con esta emoción en el marco protegido del consultorio. Debe entender que lo que es familiar deja de ser amenazante y puede ser desplegado de manera competente. Una vez que el paciente acepta la profundización del trabajo con la emoción primaria, se ubica en esta posición con el terapeuta a su lado. Este realiza la mímica del patrón efector correspondiente. Es importante que el paciente comience a elaborar la emoción primaria con una baja intensidad, para que perciba los cambios en su cuerpo de manera apropiada.

Dado que, frecuentemente, es una emoción evitada, el paciente puede requerir apoyo especial de parte del terapeuta en este ejercicio de exposición. Generalmente el paciente puede decir lo que necesita; sin embargo, el tipo de apoyo que eventualmente se brindará debe ser acordado previamente. Instrucciones verbales y medidas de contención pueden ser de gran ayuda. Cuando se completa el ejercicio se vuelve a la posición neutral. Luego se reflexiona acerca del proceso en la posición de expertos.

El objetivo es que el paciente incorpore la emoción primaria. Se lo alienta para que practique el patrón efector con variada intensidad. Cada ejercicio concluye con la vuelta a la posición neutral. De esta manera, el paciente aprende, mediante la experiencia, que es capaz de regular la emoción primaria a través del patrón físico-mental. Ya no requiere de la emoción secundaria para hacerlo. El proceso de aceptación y regulación de la emoción primaria se evalúa una y otra vez en la posición de expertos. Los objetivos de este paso radican en que el paciente pueda distinguir entre las emociones primaria y secundaria y las regule de manera separada, utilizando la posición neutral.

Paso 6: familiarización con otras emociones. Según dijimos, durante el trabajo con la emoción primaria y la secundaria es habitual que aparezcan otras emociones. Si, por ejemplo, el enojo fuese la emoción primaria y el miedo la secundaria, podrían surgir también la tristeza y la ternura. Aunque pueda parecer que se pierde de vista el marco general, debido a los diferentes grados de excitación y las tendencias a la acción que se manifiestan en el campo, la problemática total de la situación elegida se vuelve más evidente: el paciente se encuentra paralizado por su incapacidad para actuar y resolver problemas. La ocupación de las diferentes posiciones en el campo y el ejercicio del patrón emocional correspondiente lo ayudan a enfrentar la situación problemática y a validar su actuación.

El paciente experimenta visualmente que el campo representa una red emocional. Normalmente, la situación problemática contiene varias anclas emocionales eficaces para la atención. Según los aspectos con que se enlace la atención, el paciente puede llegar a experimentar más de cuatro emociones. También pueden surgir fragmentos de la historia de vida. En la situación problemática, el referente significativo podría, debido a su presencia exigente, desencadenar, por ejemplo, enojo primario y miedo secundario. A su vez, determinados aspectos de la expresión facial podrían inducir sentimientos amigables o incluso de ternura, probablemente unidos a la tristeza. Pueden surgir también recuerdos e imágenes de la historia de aprendizaje del paciente, que se hacen presentes automáticamente al exponerse a una escena prototípica que activa su esquema afectivo cognitivo.

A esta altura del tratamiento, todas las emociones del campo emocional ya son conocidas para el paciente, quien, además, ha experimentado corporalmente las diversas características de cada una de ellas. Por lo tanto, ya es capaz de observar el desarrollo y el progreso de un episodio emocional. Conoce bien el tema afectivo cognitivo central que organiza tales emociones.

Paso 7: maestría emocional. En el trabajo que se ha realizado hasta el momento, la atención del paciente ha sido centrada, una y otra vez, en sus procesos internos, tanto físicos como mentales. Ahora el foco se ubica en las cuestiones externas de la situación problemática. El paciente tiene que aprender a utilizar las emociones experimentadas más eficientemente para poder alcanzar sus metas. En este paso, se aborda el tema de los valores personales asociados a las emociones y las escenas conflictivas. Para ello, las emociones en el campo emocional se organizan en una tabla. Posteriormente, paciente y terapeuta analizan cuáles son los temas y características de la situación problemática que se vinculan con las diferentes emociones. Un ejemplo del armado de la tabla se puede observar a continuación.

Como muestra la tabla 3 {ver tabla 3}, en primer lugar se trabaja con las emociones primaria y secundaria, y luego se integran las otras emociones. La posición de experto marca la perspectiva metacognitiva, donde el paciente habla sobre lo que está experimentando. El proceso subsiguientepasa por tres fases: exposición, experimentación y decisión. Lo que el paciente ha aprendido hasta el momento, así como los puntos de inicio de la regulación emocional, se tienen en cuenta en este momento. Durante el curso de la exposición, el paciente nuevamente imagina la situación problemática. Para ello, se ubica frente a la pared en la que la persona de referencia se encuentra proyectada. La fase de experimentación es esencial para observar los factores influyentes y las posibilidades de regulación emocional. Ejecutar el patrón emocional en diferentes grados de intensidad le aporta al paciente una experiencia de regulación emocional esencial. Luego de intentar varias alternativas en el consultorio, y de discutirlas con su terapeuta, debe tomar una decisión: elegir el camino que resulte más prometedor para alcanzar sus objetivos, plenamente consciente de los valores que lo guiarán en el proceso de cambio, ya que –libre de conflicto– nadie se transforma en lo que no quiere. Debe, además, identificar un "lema" que orientará sus acciones hacia sus metas.

El terapeuta intenta asegurarse de que aquello que se aprendió hasta el momento sea utilizado en situaciones diarias. En este contexto, se realiza un proyecto de acción. Su implementación se prepara en el espacio psicoterapéutico. Para este propósito, paciente y terapeuta diseñan un plan que contempla posibles fracasos. El propósito de este paso es que el paciente logre regularse a sí mismo y logre regular su interacción con ayuda de las emociones, para así poder alcanzar las metas elegidas.

 

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Figura 1
 
 
Figura 2
 
 
Tabla 1
 
 
Tabla 2
 
 
Tabla 3
 
 
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