ISSN 2618-5628
 
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Historia    
Biografía, Hugo Rosarios    
     

 
Biografía Hugo Rosarios (1932 -1988). Lo que aprendí de Hugo Rosarios y espero seguir transmitiendo a otros
 
Hirsch, Hugo
Centro Privado de Psicoterapias (CPP)
 

 

Nota editorial: Este artículo fue originalmente publicado en la Revista Argentina de Clínica Psicológica V (3). Agradecemos el permiso para su reproducción.

 

La dirección de la revista me encomendó una rota biográfica sobre Hugo Rosarios. Fue mi jefe, mi maestro, mi amigo, mi socio. Sin embargo, ¿a quién, hoy, le puede interesar su biografía? No a sus amigos o enemigos, que la tienen en su mente. No a quienes no lo conocieron, y probablemente estén suficientemente ocupados o aburridos como para saltearse una de esas historias que solo parecen interesantes al que las escribe y a los familiares del muerto. ¿Cómo hacer para que una biografía de Hugo Rosarios, que era una persona interesante, interese al lector de esta revista? Quizá contando como él me afecto a mí, cómo modeló mis visiones del mundo como persona y como terapeuta. Quizá contando como sirvió de modelo a otros, que aprendieron bajo su guía a pensar la psicoterapia y la organización de servicios de salud mental de una manera nueva, tan nueva que aun ahora, un cuarto de siglo después, sigue sonando a ciencia ficción en muchos centros de atención de nuestro país.

Puedo empezar por una anécdota, esperando que postergue el temido zapping postmoderno del lector hacia la página siguiente.

Año 1969. Lo habían nombrado jefe del Centro de Salud Mental N° 1 de la Municipalidad de Buenos Aires, institución recién creada, que debía servir de modelo a otras. Yo era un graduado relativamente reciente, interesado en adquirir experiencia en una institución y en conseguir un buen supervisor en terapia analítica. Me lo habían descripto como alguien capaz, simultáneamente, de llegar a ser el miembro titular más joven de la Asociación Psicoanalítica Argentina de su tiempo y, a la vez, de describir a un supervisado la relación terapéutica con un paciente en estos términos: "pareces una albóndiga corrida por un tenedor". Una inteligencia que desconfiaba del formalismo, del engolamiento, de la pedantería. Rico por nacimiento, preocupado por la salud mental publica por vocación. Lo fui a ver con cierto susto. Le pedí entrar al equipo de Adultos, y que fuera mi supervisor de pacientes privados. A lo primero se negó. Dijo que le sobraba gente para eso, pero que le faltaba alguien con alguna experiencia fuera del diván (yo había sido, entre otras cosas, periodista). Me quería en el equipo de Promoción y Protección de la Salud, en contacto con la gente del barrio, con las organizaciones. Le dije que no sabía nada de eso. Me aseguró que aprendería. En cuanto a .ser mi supervisor, se mostró dudoso, no se sentía demasiado competente. Tuve que convencerlo. Fue mi supervisor durante cuatro años, y el único durante mis trece como terapeuta analítico que me resultó valioso.

Esa duda respecto al valor de lo que hacía lo acompañó toda su vida. Fue probablemente su mayor virtud y su mayor defecto. Su inteligencia poderosa le permitía pensar mejor que la mayoría, pero siempre dudaba del valor del producto de su pensamiento. Por lo tanto no lo imponía, lo mostraba, y quedaba en los demás tomarlo o dejarlo. Esta es sin duda la mejor actitud posible en el trato con consultantes. En el desarrollo de organizaciones, facilita el crecimiento do otros líderes, con lo que esto acarrea de enriquecimiento y complicación. En el campo político es un defecto, porque permite que el adversario más estentóreo, aunque sea incompetente, gane la partida. Hugo Rosarios era un caballero, en un país en el que no abundan. Por eso mismo a algunas de sus ideas debieron esperar tiempos mejores, aunque vivan en el recuerdo de los que lo quisimos y admiramos.

Hugo se ocupó de visitar el barrio y las cosas de la gente cuando nadie salía de su consultorio, se ocupó de la terapia breve y de grupo, cuando todo el mundo pensaba que la panacea era el psicoanálisis cuatro veces por semana durante cinco años.

Con cualquiera de esas actitudes le hubiese sobrado para ocupar un lugar importante entre sus colegas. Para mí, sin embargo, fue capaz de algo más importante: primero me ayudo a crecer, y luego quiso aprender de mí. Me ayudó a estudiar terapia breve y pensar en modos de usarla, para después pedirme consejo sobre esos temas. Poca gente es capaz en este gremio de considerar a un ex discípulo como su igual, como alguien de quien se puede aprender.

En definitiva Hugo me dejó dos cosas. La primera, un modo de ver la terapia centrado en la salud y las condiciones que la mantienen, alejado de cierta charlatanería con pretensiones de profundidad. La segunda, un modo de estar con la gente más joven, aprendiendo al tiempo que apoyándola, que trato de imitar.

Participe con el del desarrollo de dos empresas. Bajo su direcci6n, el Centro de Salud Mental N° 1 se transformó en modelo, para una generación, de lo que podía hacerse pensando desde la comunidad más que desde el individuo y desde la salud más que desde la enfermedad. Muchos años más tarde, el Centro Privado de Psicoterapias busco demostrar que es económicamente posible desarrollar programas asistenciales de alta calidad para grandes poblaciones.

Hay tantos más datos en una biografía. Por ejemplo, que nació en 1932, que hablaba varios idiomas a la perfección, que estuvo alguna vez en la comisión directiva del Jockey Club y otra en el Comando Tecnológico, agrupación de profesionales de centro izquierda que apoyó el regreso de Perón al país. 0 que tuvo un solo matrimonio, cuatro hijos, unos pocos amigos entrañables, miles de conocidos y cierta pasión por poner en ridículo - secretamente - la vanidad pomposa de ciertos coetáneos. Como cuando en su hotel invitó a un almuerzo exquisito, pero cambio las etiquetas de los vinos y paso la tarde escuchando alabanzas a un Crespi seco disfrazado de vino italiano de gran precio.

Se murió en 1988. Quizá se podría decir que con su muerte me obligó, como a varios más, a seguir creciendo. Pero a él no le gustaría que se dijese eso. Lo dejaría en un lugar importante, quizá solemne. Y a él la solemnidad le molestaba. Como dije antes, era un caballero, y el señorio es - inevitablemente - modesto.

 
 
 
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