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Abuso sexual, Intervención, Resiliencia    
     

 
Resiliencia familiar en el abuso sexual infantil
 
Manzi, Laura
Instituto de Psicología de la Familia y Terapias Breves de Santa Fe
Centro de Asistencia a la Víctima de la Defensoría del Pueblo, Pcia. de Santa Fe
Universidad Católica de Santa Fe (UCSF)
 
Asensio, Carolina
Centro de Asistencia a la Víctima de la Defensoría del Pueblo, Pcia. de Santa Fe
 

 

Introducción

El trabajo en abuso sexual infantil, implica abordajes complejos y desalentadores que nos impulsan de manera permanente a la búsqueda de recursos que contribuyan a la reparación.

El ASI (Abuso Sexual Infantil) se define como "Contactos e interacciones entre un niño y un adulto cuando el adulto (agresor) usa al niño para estimularse sexualmente él mismo, al niño o a otra persona. El abuso sexual puede ser también cometido por una persona menor de 18 años cuando ésta es significativamente mayor que el niño (víctima), o cuando el agresor está en una posición de poder o control sobre otro" (Save the Children, 2001, p. 18).

Hay dos elementos presentes en el ASI, "la coerción y la asimetría de edad", la diferencia de edad impide la libertad de decisión y hace imposible una actividad sexual común; es esta asimetría la que supone en sí misma un poder que vicia toda posibilidad de relación igualitaria (Cantón Duarte, 1997).

Atender a la complejidad del abuso supone corrernos de representaciones donde el niño queda en un lugar de víctima, dañado; esquema que afecta al mismo, su familia y los profesionales que lo asisten.

Resulta importante trabajar el ASI, considerando al niño parte de un proceso de interrelaciones, no signado por un destino trágico e inamovible. Como señala Aldous Husley "la experiencia no es lo que le ocurre a uno es lo que uno hace con lo que le ocurre" (en Freeman, Epston, y Lobovits, 2001, p. 16).

El ASI resulta una experiencia habitualmente relacionada con desorganización personal y familiar, crisis, incomunicación, capacidades parentales deficitarias, falta de habilidades para reorganizar el entramado de posiciones y roles de cada componente del sistema, indiferencia, desapego, ausencia de otras personas significativas, escasa disponibilidad de fuentes de apoyo externo, aislamiento social, pobreza, etc.

En el ASI es frecuente encontrarnos con familias arrasadas ante el impacto de lo vivido, donde emociones como culpa, confusión, duda, se refuerzan en modelos familiares rígidos, la expresión de las emociones no circula de modo natural, y el ambiente familiar está más asociado a la distancia o amenaza que a la proximidad y comprensión empática.

Hay lecturas que se asientan en el déficit, teñidas de preconceptos y prejuicios, tomando como punto de partida lo que no se tiene o lo que falta en lugar de considerar las fortalezas y recursos para construir.

Sin embargo, el trabajo con estas familias nos ha demostrado que es posible que su respuesta frente a la adversidad sea diferente, donde al dolor y angustia pueden sucederse la contención, protección, afrontamiento, crecimiento y comunicación. La crisis también puede disparar la posibilidad de redireccionar objetivos de vida, nuevas lecturas en torno a lo vivido, mayor involucramiento y desarrollo de capacidades en cada uno de los miembros de la familia.

Precisamente la RESILIENCIA es un concepto comprometido con la promoción, con la maximización del potencial y bienestar entre los sujetos. Un proceso donde la familia, el grupo de pares, las instituciones, entre otros, son nichos contextuales que contribuyen a su desarrollo.

 

Resiliencia y resiliencia familiar

Durante mucho tiempo se puso énfasis en la resiliencia individual entendida como "la capacidad de resistir y tener éxito frente a los desafíos críticos de la vida" (Walsh, 2005, p. 76).

El análisis estaba puesto en los recursos individuales, considerando a la familia como variable a descartar ante la disfuncionalidad.

El marco de la resiliencia familiar propone un desplazamiento en el análisis de los recursos familiares "relaciona el proceso de la familia con los desafíos que se le plantean, evaluando el funcionamiento familiar en su contexto social y su grado de ajuste a éste según las diversas exigencias.... Incorpora una visión evolutiva de los desafíos que la familia enfrenta a lo largo del tiempo y etapas del ciclo vital" (Villalba Quesada, 2003, p. 292).

Implica una mirada de respeto y compasión hacia familias desorganizadas y con limitaciones, intentando poner el foco en aquello que se puede rescatar o mejorar.

Un proceso resiliente implica una diferente interpretación de acontecimientos y de las influencias de los contextos, y por ende una nueva mirada de las personas.

"Cuando las familias van ganando recursos, reducen el riesgo y la vulnerabilidad y están en mejores condiciones para enfrentar desafíos venideros. Así pues, construir la resiliencia también es una medida preventiva" (Walsh, 2005, p. 92).

Podemos afirmar que el concepto de resiliencia familiar constituye una alternativa o propuesta esperanzadora y positiva para el trabajo en maltrato infantil, negligencia, abuso, etc.

Es una respuesta que considera a la familia como una red que involucra a otros, no sólo a los progenitores, donde todos los miembros del sistema familiar son desafiados por las circunstancias adversas, con potencial para crecer.

Se la concibe como engranaje relacional y ecosistémico, ya no un escudo o armazón individual, no es un concepto estático, sino que tiene un carácter dinámico, contextual e histórico.

"El concepto de resiliencia familiar va más allá de considerar a cada uno de los miembros de la familia como miembros exclusivos de la resiliencia individual y se focaliza en el riesgo y la resiliencia en la familia, tomada ésta como una unidad funcional" (Walsh, 2005, p. 78).

La resiliencia familiar implica habilidades que la unidad "familia" demuestra en momentos de adversidad, que contribuyen a recuperarse manteniendo su integridad como tal, impactando sobre el bienestar de cada miembro de la familia como un todo (Madariaga, 2014).

Una premisa básica de la mirada sistémica es que las crisis y la adversidad impactan sobre toda la familia. Los procesos familiares que se activan en la adversidad pueden generar la recuperación de todos y cada uno de los miembros, así como de la familia entendida como sistema.

El modelo propuesto por Walsh (2005) destaca procesos claves en la resiliencia familiar, como sistema de creencias, modelos organizacionales, comunicación/ resolución de problemas, poniendo énfasis en la importancia de los procesos, esto es, la resiliencia se encuentra entrelazada con movilidad, flexibilidad, interrelación de procesos que incluye al individuo, la familia y espacios socioculturales más amplios.

En síntesis, la resiliencia implica una cualidad inestable, dinámica, que se desarrolla, que se crea en el tiempo y se mantiene en la dialéctica de las personas y el contexto (Uriarte Arciniega, 2005, 2013).

 

La intervención profesional

La intervención para promover, activar y acompañar los procesos de resiliencia debe orientarse siempre hacia los derechos humanos y la búsqueda de mejores caminos de vida y desarrollo, así como con posicionamientos y principios de respeto y autonomía de las personas (Madariaga, 2014). Este horizonte debe estar presente en cualquier intervención, teniendo en cuenta que son innumerables las situaciones donde no es la técnica terapéutica la que en sentido estricto garantiza el éxito de las mismas si perdemos de vista tal posicionamiento ético.

Cuando la subjetividad del ser humano es descalificada, éste se vuelve en objeto social, y el desarrollo de la resiliencia se bloquea y entorpece, perpetuándose en lugares donde otros deciden por él.

Es imprescindible que los profesionales que acompañamos en la recuperación de familias que han sufrido sucesos tan conmocionantes como el abuso, reconozcamos las posibilidades de transformación de sus historias de vida, de manera que identifiquen y luchen por sus derechos y necesidades. No prestar atención a los fenómenos sociales promueve la adaptación a un modelo de sociedad no igualitario.

La resiliencia y la vulnerabilidad nunca constituyen características permanentes ni en las personas ni en los grupos. Pueden variar según las circunstancias. "La resiliencia implica una cualidad inestable, dinámica, que se desarrolla, que se crea en el tiempo y se mantiene en la dialéctica de las personas y el contexto" (Uriarte Arciniega, 2013, p. 12).

Desde este marco hay una conexión entre ética y resiliencia, que conduce a un cambio de mirada como inspiración para repensar nuestras prácticas donde no siempre lo que parece más positivo o protector es lo único adecuado, ni lo negativo o de riesgo rechazable desde un principio.

El carácter integrativo de la noción de resiliencia habilita a pensar en posibilidades múltiples.

Con gran frecuencia observamos que en las familias que han transitado vivencias de abuso, son las madres y/o abuelas quienes inicialmente solicitan ayuda y son capaces de implementar y activar recursos protectores hacia el niño y demás miembros del sistema, en contraposición a representaciones populares acusatorias, que las ubican y describen como cómplices, negligentes, descreídas y no protectoras, aunque en las últimas décadas también se las considera víctimas secundarias que padecen la victimización de sus hijos e hijas (Madariaga, 2014).

Resulta esencial pensar las soluciones y estrategias para trabajar en ASI desde una perspectiva integral y comprensiva, esto es, de no enjuiciamiento, que se abra del modelo tradicional, padre- madre e hijos y atienda a otros miembros de la familia como hermanos u otros significativos.

Muchas veces la institucionalización, con la resultante separación del niño de su entorno, resulta una respuesta que muestra la incapacidad de responder a las necesidades de otro acompañamiento en la reconfiguración, aporte y soporte a estas familias.

Los miembros de la familia reaccionan de diferentes formas de acuerdo a sus condiciones emocionales, sociales, económicas, para construir caminos de superación, por lo tanto centrar la responsabilidad solo en uno de estos miembros, por ejemplo la madre, constituye un recorte.

"En este sentido, resulta importante sondear y potenciar posibles redes de apoyo, con el objeto de estimular vínculos comunitarios que la mayoría de las familias han perdido" (Villalba Quesada, 2003, p. 297).

Proponemos un ejemplo de la práctica clínica, como modo de ilustrar las ideas y nociones teóricas.

Lucas es un niño de seis años de edad, muy cariñoso e inquieto. Durante aproximadamente ocho meses vivió encerrado junto a su madre Inés, en la casa de la pareja de la misma, Juan, quien era muy violento con ambos.

El niño fue testigo de insultos y malos tratos hacia su progenitora. Los golpes y amenazas formaban parte de lo cotidiano.

El niño sufrió maltrato verbal, físico y psicológico, lo encerraba en el baño, donde permanecía durante períodos prolongados y su madre le pasaba alimentos por una ventana. No asistía a la escuela ni podía jugar con otros niños.

Los daños físicos incluyeron: quemaduras en el pie realizadas con un encendedor, golpes en la espalda y cabeza, asfixia con un balde con agua, etc. Sufrió abuso sexual, además de ser obligado a realizar acciones como comer su propia materia fecal.

Inés logró escaparse y actualmente viven con el niño en casa de sus padres y hermanas con quienes no tenían relación desde que comenzó su vínculo con Juan.

Lucas manifestó miedos, tristeza, dificultades para conciliar el sueño, dolores en el cuerpo, específicamente en la espalda y zonal anal.

La madre de Lucas se sentía devastada, vulnerable, culpable y con intensos sentimientos de temor.

Desde un comienzo de la instancia terapéutica se generó un espacio confortable, priorizando el establecimiento del vínculo y una relación de confianza que se fue retroalimentando entre el niño, su madre y la terapeuta.

Las entrevistas permitieron identificar en la progenitora algunas habilidades y fortalecerse desde el rol, comenzó a sentirse menos culpable y más continente, con una participación activa, y cariñosa que enriquecía una interacción también afectada por el encierro, aislamiento y malos tratos, empezando a poner en palabras y caricias el afecto.

Lucas logró reconocer emociones con un registro más integrado de su corporalidad, construyendo paulatinamente habilidades sociales.

En el trabajo con el niño, su progenitora fue un recurso facilitador en un proceso de aprendizaje conjunto.

La misma se descubrió en su lugar de madre, ejerciendo su maternaje, lugar desde el que promovió algunos rituales asociados a la higiene personal, el baño, que hacían sentir al niño más seguro y con mayor confianza a su madre, confirmándose mutuamente en imágenes de sí mismos positivas.

Es importante no perder de vista que la resiliencia implica afrontamiento y fundamentalmente transformación, aprendizaje y crecimiento, esto es, va más allá de la resistencia a la dificultad (Madariaga, 2014).

En esta misma línea de trabajo podemos afirmar que tanto el niño como su unidad familiar contaron con capacidades propias donde lo que emergió fue resultado de un proceso de construcción dinámico, de no imposición de creencias y valores del terapeuta.

La motivación de ambos de participar del espacio terapéutico y las habilidades del profesional, en la escucha respetuosa, la empatía, los mensajes de validación, aceptación y reconocimiento, la creación de alternativas lúdicas y adecuadas a este niño, etc., permitieron que los cambios se trasladaron del contexto del consultorio a otros ámbitos y vínculos, como la escuela, otros familiares, sus pares, entre otros.

El vínculo terapéutico se configuró en pilar de la resiliencia, vínculo de confianza y solidaridad que promovió otros más positivos, así como la recreación de sí mismos.

Añadiendo posibilidades tanto Lucas como su madre fueron armando narrativas que modificaron la intensidad de lo vivido situándolo en una dimensión diferente. Surgió la esperanza e inscripciones placenteras de nuevas experiencias.

Cada acontecimiento adquiere un significado personal, distinto para todos. La elaboración de narrativas en torno a lo vivido, favorece a la emergencia de nuevos significados.

"El término narrativa implica escuchar y contar o volver a contar historias sobre las personas o los problemas de su vida… El lenguaje puede dar a los hechos la forma de relatos de esperanza" (Freeman et al., 2001, p.15).

Con dibujos, pinturas, rituales, el pequeño se enfrentó de modo divertido a sus dificultades y temores, y del mismo modo su progenitora fue reescribiendo sus propias experiencias de maltrato.

En las conversaciones que se sucedieron en el espacio terapéutico surgieron otras formas de hablar sobre lo vivenciado, menos saturado de dolor y problemas, atenuando también emociones de culpa.

La resiliencia es una posibilidad de respuesta que oscila siempre entre el realismo y la esperanza, pero que se fundamenta en la capacidad de participar en la construcción de relaciones amorosas, de buen trato y solidaridad" (Madariaga, 2014, p.149).

La terapeuta salió del consultorio para analizar, discutir, pensar con otras instituciones y profesionales alternativas para el niño y su familia. La propuesta de talleres en el aula, las entrevistas con otros miembros de la familia, la articulación con la fiscalía resultaron acciones donde el accionar siempre se direccionó hacia el cuidado, ayudando al desarrollo de respuestas adecuadas y orientadas a no reforzar o ampliar el daño y por ende la revictimización, cuestión que muchas veces ocurre en la falta de coordinación interinstitucional. En este caso, los ámbitos intervinientes se constituyeron como tutores o promotores de resiliencia, tejiendo presencias activas, comprometidas y no silenciosas que acompañaron en el camino de reparación y crecimiento.

 

Conclusiones

Considerar lo presentado en este caso clínico nos llevó a pensar en cuestiones tales como: ¿toda familia tiene capacidad de actuar con resiliencia?, ¿pueden las intervenciones profesionales entorpecer la emergencia de la resiliencia?, ¿qué miramos o hacia dónde nos dirigimos cuando nos enfrentamos con experiencias como las de Lucas, con una familia vulnerada en sus derechos, y donde participan otras instituciones?

Responder a estos interrogantes supone también considerar el conjunto de procesos de intervenciones institucionales de organismos del estado, así como de la justicia ante situaciones de riesgo para los niños. Estas, en muchas ocasiones, responden o están impregnadas de representaciones y modelos preestablecidos sobre cómo debe ser y operar una familia, con prejuicios y supuestos que en lugar de acoger al niño y su sistema familiar refuerzan obstáculos y resistencias.

Pensar en las intervenciones es considerar, el sujeto, su sistema familiar, las tareas y las miradas de todos los operadores intervinientes con el desafío de entrelazar todos estos elementos.

Entonces, cuando hablamos de procesos de reparación las propuestas de trabajo deben apuntar no solo al niño, sino también a la familia, generalmente devaluada en su lugar de protección. Del mismo modo, también a las instituciones que intervienen en donde suele prevalecer un paradigma acusatorio- persecutorio desde el cual tanto el sistema familiar como el desarrollo del niño quedan prácticamente determinados.

En el caso presentado, la cooperación del contexto fue altamente beneficiosa, estableciendo con la fiscalía, institución escolar y la familia extensa redes e intervenciones que ayudaron a su seguridad personal, autonomía y socialización.

Son pocos los programas promotores de resiliencia, resultando imprescindible deconstruir teorías lineales para unificar perspectivas de abordaje que permitan dejar de recortar soluciones.

Las características y competencias del terapeuta también son vías de promoción de resiliencia, ya que aportan a la construcción de estrategias, recursos y narrativas diferentes.

La revisión de las propias prácticas, el diseño de estrategias flexibles, la construcción de perspectivas semejantes en cuanto modos de abordar situaciones y crear dispositivos, habilita la resiliencia, en la interrelación de procesos, prácticas, miradas, sujetos e instituciones, que deben adecuarse a la experiencia de cada niño y su familia, solo así pueden emerger nuevas posibilidades para todos los involucrados.

Este modo de entender el impacto de lo doloroso, así como el afrontamiento a la adversidad se ubica en el marco de una mirada social de la resiliencia, entendida como el compromiso y responsabilidad que todos debemos alentar para un desarrollo sano de los niños y la construcción de contextos seguros y libres de violencia.

 

Referencias

Cantón Duarte, J. y Cortés Arboleda, M. R. (1997). Malos tratos y abuso sexual infantil. Madrid: Siglo Veintiuno Editores.

Freeman, J., Epston, D. y Lobovits, D. (2001). Terapia narrativa para niños. Buenos Aires: Paidós.

Madariaga, J. M. (2014). Nuevas miradas sobre la resiliencia: ampliando ámbitos y prácticas. Barcelona: Gedisa.

Save the Children. (2001). Abuso sexual infantil. Manual de formación para profesionales. Save the Children con la colaboración del Ministerio de trabajo y asuntos sociales. Recuperado en https://www.savethechildren.es/sites/default/files/imce/docs/manual_abuso_sexual.pdf

Uriarte Arciniega, J. (2005) La resiliencia: una perspectiva en psicopatológica del desarrollo. Revista de psicodidáctica, 10(2), 61-79.

Uriarte Arciniega, J. (2013). La perspectiva comunitaria de la Resiliencia. Psicología Política, 47, 7-18.

Villalba Quesada, C. (2003). El concepto de resiliencia individual y familiar. Aplicaciones en la intervención social, 12(3), 297.

Walsh, F. (2005). Resiliencia familiar: un marco de trabajo para la práctica clínica. Sistemas Familiares, 21(1-2), 76 – 96.

 
 
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