ISSN 2618-5628
 
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Emoción    
Psicopatología, Regulación emocional    
     

 
El estudio dimensional de las emociones y la regulación emocional. Implicancia para la psicopatología
 
Rovella, Anna
Universidad Nacional de San Luis (UNSL)
Universidad Católica de Cuyo (UCCuyo)
 
Giaroli, Alicia Evelina
Universidad Nacional de San Luis (UNSL)
 

 

La emoción se ha estudiado en psicología desde los inicios de la disciplina como ciencia, e incluso antes fue tema de debate para la filosofía. Existe cierto acuerdo que la emoción se refiere a algún cambio en la experiencia subjetiva, en las respuestas autonómicas, en la acción física (un aumento de la probabilidad de realizar una acción, como los movimientos faciales, movimientos del músculo esquelético, etc), así como cambios en la percepción, el pensamiento o el juicio del mundo circundante.

LeDoux y Hofmann (2018) expresan que el sustantivo emoción se usa de formas variables para referirse a experiencias subjetivas, movimientos, respuestas fisiológicas y cogniciones que están relacionadas con una multiplicidad de referentes, y no sería raro, por lo tanto, que este concepto devenga en múltiples discusiones o confusiones.

En la actualidad también podemos mencionar algunos acuerdos, como la idea que sostiene que las emociones evolucionaron como herramientas para hacer frente a los desafíos de la vida (Darwin, 1859, 1872; LeDoux, 1996; Gross y Barret, 2011); que se manifiestan en tres o más sistemas: cambios comportamentales, alteraciones de las respuestas fisiológicas y en la experiencia subjetiva. Incluso existen acuerdos respecto a la funcionalidad que cumplen las emociones: como adaptativa, social y motivacional.

Está bien documentado por los enfoques biológicos de la emoción que la función adaptativa conlleva un principio organizador de la conducta. Así, el miedo evolucionó para favorecer las conductas de defensa. Es una conducta cuya motivación favorece la acción de protección que va acompañada de cambios autonómicos que colaboran con estos comportamientos y con la experiencia consciente de peligro. Tiene la capacidad de colapsar la conciencia para que sólo seleccione aquella acción preprogramada (Fanselow, 2018). Representa la mente evolucionada sobre las respuestas de máxima adaptación frente a ambientes recurrentes, aunque a veces esto no sucede, como en el caso de las fobias.

En líneas generales las emociones son un sistema de procesamiento de información prioritaria para la supervivencia y la adaptación al medio, y es por ello que se convierten en el proceso que coordina a los restantes recursos psicológicos necesarios para dar la respuesta más rápida y puntual ante una situación concreta.

En cuanto a la función social, se ha estudiado básicamente desde la perspectiva discreta de las emociones. No podemos evitar atribuir emociones al comportamiento de los demás y realizar inferencias sobre el mismo. Esta función favorece la comprensión de los estados emocionales y requiere flexibilidad cognitiva desde la orientación y reconocimiento de señales relevantes para clasificarlas según el filtro del aprendizaje y la cultura, y predecir respuestas (Punt y Adolphs, 2017).

En relación a la función motivacional, las emociones facilitan la aparición de una conducta motivada. Las emociones positivas favorecen las conductas prosociales de bienestar psicológico, de toma de decisiones y de búsqueda de recompensa, así como las emociones negativas protegen frente a la amenaza y la evitación del dolor (Fernandez Abascal, 2009).

Sería de gran relevancia otorgarle a la emoción una nueva función, la de integración. Diversos autores hacen referencia a la importancia de la emoción como disparador de otros procesos psicológicos. En muchas ocasiones inicia la dinámica de coordinación de la atención, memoria, motivación, articulando el procesamiento de la información. Cada modalidad de percepción (visual, auditiva, táctil, etc.) proporciona una información de entrada que requiere la activación de diferentes sistemas neuroanatómicos parcialmente superpuestos y con diferentes grados o niveles de procesamiento (Schirmer y Adolphs, 2017). El reconocimiento de las emociones faciales, por ejemplo, precisa de un reconocimiento holístico de diferencias y similitudes, un proceso de diferenciación, comparación, categorización y finalmente integración multisensorial tanto perceptual como conceptual. (Schimer y Adolphs, 2017). Va en la dirección de las conclusiones aportadas por Lench, Flores y Bench (2011) en su revisión de 687 estudios sobre la emoción. Para éstos "las emociones son respuestas adaptativas de naturaleza evolutiva que sirven para organizar de manera cognitiva, experiencial, conductual y fisiológica la experiencia psicológica frente a los cambios en el medio ambiente". En consonancia con esta conclusión, Pessoa (2018) afirma que comprender las interacciones de las emociones se requiere caracterizar la causalidad en sistemas complejos. El procesamiento emocional parece estar entrelazado con la percepción, la cognición, la motivación y la acción (Fernandez Abascal, 2009).

Por otro lado, es posible advertir que las teorías de la emoción se clasifican según el énfasis que cada perspectiva de estudio le otorgue a algunas de las dimensiones que configuran la activación en el procesamiento emocional, así las teorías evolucionistas (Darwin, 1998, 1872) le dan relevancia a la conducta (expresión), las teorías psicofisiológicas al funcionamiento del sistema nervioso autónomo (James, 1989), las teorías neurológicas al papel del sistema nervioso central (Ledoux, 1996) y las teorías cognitivas, que fueron evolucionando desde la posición de Schachter y Singer (1962) a nuestros días, a la valoración cognitiva. Cada una de estas posiciones fue abordando el estudio de la emoción centrándose en el comportamiento, en los cambios a nivel fisiológico o en la expresión subjetiva de la misma.

Más allá de estos puntos de acuerdo, sin embargo, la ciencia de la emoción está plagada de divergencias (Gross y Barrett, 2011). Un tema que ha persistido durante el último siglo es considerar o no, como categorías a las emociones (la ira, la tristeza, el miedo, el asco, felicidad, etc.), que se conocen normalmente como "emociones discretas" o primarias, es decir que existen en la naturaleza, independiente de un perceptor humano. Este debate equivale a la pregunta de si éstas emociones son categorías de género natural con límites biológicos firmes (Barrett, 2006) que poseen criterios empíricos claros. Sugerir que las emociones son clases naturales, es afirmar que cada categoría tiene una esencia biológica que la causa o propiedades específicas (cambios coordinados en relación al funcionamiento sensorial, perceptivo, motor y fisiológico) que se repiten con suficiente consistencia y especificidad como para ser parte de esta categoría. El punto de vista alternativo es que las emociones pueden ser construcciones de la mente humana. Esto no quiere decir que las emociones son ilusiones, alude en cambio al hecho de que las emociones implican percepciones complejas (Barrett, 2012).

La idea que un estímulo (sus propiedades físicas o la valoración cognitiva del mismo) desencadena una emoción, que a su vez provoca un cambio coordinando en la experiencia, comportamiento y fisiología, se corresponde con el enfoque de emoción discreta. Éste supone que, mecánicamente, la emoción es independiente de las reacciones que provoca, lo que significaría que en todas las instancias en que se produce una misma emoción debería haber algún tipo de mecanismo común. Este modelo también asume que los efectos de la emoción (por ejemplo, la experiencia subjetiva, el comportamiento, la fisiología) se pueden utilizar para diagnosticar la presencia de la emoción.

La hipótesis "dimensional" de las emociones considera que no hay perfiles específicos para cada emoción discreta, sino más bien una diferencia en la activación y la valencia afectiva (dimensiones que comparten las diversas emociones, así como otros fenómenos psicológicos como pueden ser los pensamientos). Para esta postura la categoría o etiqueta que se refiere por ejemplo a la ira no siempre va acompañada de las mismas reacciones comportamentales, fisiológicas y de experiencia subjetiva. (Barret, 2006). Así, la diferencia entre emociones sería una clasificación que hace el individuo que la está experimentando de acuerdo al contexto; por lo que las emociones son estados mentales que surgen de la interacción con otros procesos psicológicos básicos (Barrett, 2013).

Ninguno de estos enfoques es excluyente del otro (Mauss y Robinson, 2009). Tal vez un acercamiento a las emociones desde el punto de vista dimensional sea más parsimonioso en un principio, pero por otro lado no hay que olvidar que muy probablemente un acercamiento a las emociones en término de valencia y activación no sea suficiente para explicar íntegramente el fenómeno de las emociones (Barret, 2011). Dentro de esta postura se encuentran Lang y Davis (2006) y Lang y Bradley (2010) quienes consideran que la organización fundamental de la emoción es compleja.

Evaluar emociones configura uno de los mayores problemas a los que se enfrenta la ciencia afectiva. La perspectiva dimensional argumenta que los estados emocionales son organizados por factores subyacentes tales como valencia, activación y estado motivacional; mientras que la perspectiva discreta sugiere que cada emoción (ira, miedo, felicidad) tiene un único correlato conductual, fisiológico y experiencial.

En la ciencia de la emoción, los estudiosos suelen contrastar una hipótesis como fenómeno discreto frente a la otra hipótesis que denominan como dimensional. Diversos estudios han reportado resultados contradictorios en relación a las dimensiones afectivas generales de valencia hedónica y la excitación (Barrett y Bliss-Moreau, 2009), la activación de afecto positivo y negativo (Watson, Wiese, Vaidya, y Tellegen, 1999), afecto positivo y negativo (Caccioppo, Gardner, y Berntson, 1999), el enfoque y la retirada (Davidson, 1992; Lang y Davis, 2006). Un problema con estos modelos radica en que no proporcionan una suficientemente diferenciación entre las emociones, y por lo tanto no dan cuenta de la complejidad del constructo.

Afectar es de hecho una característica común de los modelos dimensionales/ constructivistas psicológicos de la emoción (Barrett, 2011). Sin embargo, la hipótesis es que la valencia y la excitación son elementos necesarios en la emoción y que se necesita un proceso de significado adicional para poder otorgar un sentido psicológico de estos cambios afectivos generales. Este análisis de significado incluye diversos constructos como el uso de las ideas, la referencia social (Schachter y Singer, 1962), de atribución, (Russell, 2003), las expectativas culturales, ideas preconcebidas o núcleos de creencias que ejercen algún grado de interacción y/o modificación.

En un marco de construcción psicológica, las emociones se corresponden a una amplia gama de eventos mentales que varían en fisiología, comportamiento, cognición y experiencia. Por ejemplo, cuando una persona se siente enojada, puede a veces gritar y sentir la necesidad de agredir y su presión arterial puede elevarse, pero no siempre actuará así, depende del contexto y otras variables. Asimismo tampoco se evidencian idénticos cambios a nivel neurofisiológico. Desde este punto de vista, las emociones no son estados mentales únicos en su forma y función, del mismo modo que no originan estados mentales idénticos en la cognición y la percepción. Las emociones no estarían "causadas" por mecanismos específicos, sino que pueden surgir de un proceso constructivo en curso que involucra un conjunto de procesos psicológicos básicos que no son específicos a la emoción (Barrett, 2012). Si hacemos referencia a otras emociones, estas diferencias inter e intra individuales se hacen más evidentes, por ejemplo en el caso de los celos, el orgullo y el amor, entre otras.

Quizás el desafío para una posición más constructivista de la emoción sería lograr integrar las perspectivas dimensionales y categoriales. En tanto, por ejemplo, dado que las personas significan los cambios afectivos de diferentes maneras en diferentes contextos, no esperamos que haya una única forma de significar la tristeza, y mucho menos los celos.

Una persona que vive en un determinado contexto cultural podría haber aprendido a asociar ciertos eventos de miedo con cambios en el cuerpo (por ejemplo, el miedo a objetos peligrosos podría estar asociada con un aumento de la frecuencia cardíaca, y/o la evitación conductual), y estas representaciones sensoriomotoras en parte conforman su concepto de "miedo" (Barrett, 2006). Cuando se utiliza este conocimiento para ayudar en el futuro a desentrañar el significado de un cambio afectivo en un contexto particular (por ejemplo, cuando se encuentra ante un objeto peligroso o amenaza), su naturaleza podría centrarse en las activaciones corporales particulares (por ejemplo, un aumento de la frecuencia cardíaca), de tal manera que ese "miedo" inducirá el patrón de cambios fisiológicos. Este escenario es consistente con algunas propuestas recientes que le dan relevancia al aprendizaje en la respuesta emocional (Ekman y Cordano, 2011).

Uno de los principales objetivos de la investigación actual en Psicología es la evaluación de las emociones y de las dimensiones que la conforman (Bradley, 2009). Los hallazgos y las formulaciones en este campo son de vital importancia para la psicoterapia, ya que los procesos emocionales tienen una incidencia directa sobre la salud mental de las personas (Estrada, Rovella, Brusasca, 2018).

La experiencia emocional subjetiva, el sentimiento, es la esencia de una emoción. Las manifestaciones objetivas del comportamiento, son sólo indicadores indirectos de estas experiencias internas. La forma más directa de evaluar las emociones conscientes es a través del autoinforme verbal (Ledoux y Hofman, 2018). Sin embargo otros piensan que los autorreportes de emociones son probablemente más válidos en la medida que se relacionan con emociones experimentadas cotidianamente. Sin embargo, no todos los individuos son capaces de informar sobre sus estados emocionales (Mauss y Robinson, 2009).

En síntesis, las emociones han sido conceptualizadas en ambos términos, dimensional o discreta. La perspectiva dimensional argumenta que los estados emocionales son organizados por factores subyacentes tales como valencia, activación y estado motivacional (Barret y Russell, 1999; Watson, Clark y Tellegen, 1999). Las emociones desde la perspectiva discreta por lo contrario, sugiere que cada emoción (ira, miedo, felicidad) tiene un único correlato conductual, fisiológico y experiencial (Mauss y Robinson, 2009).

Adherimos al enfoque dimensional porque consideramos plausible que los componentes de la emoción pueden ser investigados como programas afectivos. La revisión de la bibliografía acerca de la medición de las emociones indica que las medidas de respuesta emocional parecen estar estructuradas a lo largo de dimensiones (por ejemplo, valencia, activación) más que organizadas como estados discretos. Por lo cual no existiría una medida o instrumento ideal de la respuesta emocional. La emoción constituye un proceso variable, individual y situacional.

Estudios recientes indican algunas limitaciones psicométricas para el uso de medidas válidas y confiables (Mauss et al., 2005). La falta de convergencia a través de medidas de la emoción, tiene importantes implicaciones: 1) parece ser que el constructo emoción no puede ser captado con algunas de las medidas usuales administradas por separado (Lang, 1998). En este contexto, 2) las investigaciones que evalúan los mecanismos que median y explican los sistemas de respuesta disociados serian particularmente útiles. 3) no es probable que los afectos converjan a través de las medidas de la emoción. Si éste es el caso, adicionar un enfoque idiográfico podría ser necesario para entender la naturaleza de la coherencia de la respuesta emocional (Malmo, Shagrass y David, 1950).

Un instrumento que podría adecuarse a la evaluación dimensional de la respuesta emocional es el propuesto por Lang, Cuthbert y Bradley (1998), cuya adaptación al contexto local da un fuerte apoyo a la perspectiva dimensional en el estudio de la emoción, en cuanto evidencian que la respuesta emocional se organiza de manera jerárquica. La valencia afectiva es la dimensión que ejerce mayor influencia en los procesos emocionales, debido a la existencia de los sistemas motivacionales primarios que orientan la respuesta emocional, mientras que en las dimensiones activación y dominancia ponen de manifiesto la influencia del aprendizaje y cultura respecto a la modulación de la respuesta emocional. Estos resultados también son coherentes con los encontrados en las muestras española, colombiana y chilena (Estrada, Rovella, Brusasca y Leporati, 2016; Rovella et al, 2017).

Las personas difieren en su experiencia emocional, algunos experimentan sus emociones de manera muy diferenciadas según tipos de emociones e intensidad emocional. En cambio, otros los viven de manera indiferenciada, sin distinguir la valencia ni la activación. Esto nos remite a otro apartado: la regulación emocional.

 

Emoción y regulación emocional

El campo de la regulación de las emociones desde hace unos años aparece como un campo emergente con grandes potencialidades que permiten entender la dinámica psicológica (Silva, 2003, Rovella, 2018). Es una variable transdiagnóstica que puede observarse en psicopatología tanto en síntomas o síndromes clínicos como en trastornos de personalidad. (Esbeck, 2014; Giaroli, Torres, Rovella, et al, 2017).

Cuando hacemos referencia a la regulación de las emociones estamos aludiendo a la activación de un objetivo para modificar el impacto de una emoción. Cuando se siente, cuando se experimenta y cómo se expresa la emoción. (Gross, 1998). Es diferente al concepto de claridad emocional, que es un metaconocimiento sobre la experiencia afectiva, y que implica la capacidad para distinguir la experiencia en categorías discretas (por ejemplo ira frente a miedo) (Boden, Thompson, Dizen et al 2013).

Evolutivamente existe diferencia en relación al sesgo de negatividad y positividad. Los bebés se orientan de manera confiable a los estímulos negativos más que a los positivos, y recuerdan mejor los estímulos amenazantes (Baltazar, Sentts y Kinzler, 2012). En tanto que los adultos mayores atienden y recuerdan información positiva más que negativa (Mikulincer y Shaver, 2009).

Existen diversos modelos que explican este proceso, uno de los pioneros en este campo fue Gross (1998, 2015, 2016) que entendía que la emoción puede regularse en un proceso de cinco pasos: 1) la selección de la situación: que implica buscar o evitar ciertos estímulos, 2) la modificación de la situación: requiere de la alteración de la situación para regular el impacto emocional; 3) el despliegue atencional que se refiere a seleccionar el foco de la atención para modificar la emoción; 4) los cambios cognitivos que aluden al cambio de significado o la reevaluación de la situación ; y 5) la modulación de las respuestas que demandan ajustar la conducta a la situación ocasionando, por ejemplo, la supresión. Cada estrategia tiene sus consecuencias afectivas, cognitivas y sociales (Gros, 2015). Así la supresión correlaciona de manera significativa con elevado afecto negativo (Suri y Gros, 2015), con deterioro de la memoria y altos costos sociales. En tanto la reevaluación, se asocia con la disminución del afecto negativo, no altera la memoria y facilita la comunicación social (Nowlan, Wuthrich y Rapee, 2015).

Dadas las consecuencias asociadas con diferentes estrategias regulatorias, se podría pensar que con los cambios evolutivos y las experiencias personales, se implementan y seleccionan estrategias regulatorias más adaptativas, pero esto no siempre es así. (O´Leary, Suri y Gross, 2017, Colditz, Wolin y Gehlert, 2012).

Al igual que en el terreno de la ciencia afectiva, en el ámbito de la psicología aplicada, los intentos de plasmar y/o integrar las perspectivas categorial y dimensional vienen transitando derroteros de distinta índole. Es coincidente, sin embargo la clara percepción de que ambos sistemas no explican de modo acabado lo que se pretende abordar, y que son necesarias nuevas definiciones y estudios que contemplen la adaptabilidad funcional. En el terreno psicopatológico, los Trastornos de Personalidad (TP) son una de las dos temáticas en las que se hace necesario mayor cantidad estudios (Robles et al., 2014) por su falta de validez, especificidad y confiabilidad (Esbec y col., 2011). En esta dirección, se esperaba del DSM 5 (2013) que, como institución de Salud Mental, validara con mayor peso la perspectiva dimensional estableciendo una nueva definición operativa de los TP. La mayor expectativa era que la misma incluyese, además de la referida adaptabilidad funcional mediante una clasificación de tipo dimensional, una valoración de la gravedad en términos de gradualidad que permitiera establecer puntos de corte sobre la anormalidad, la disolución de límites entre los ejes II y III, y la realización de valoraciones desde dimensiones y rasgos que evitaran superposiciones diagnósticas, entre otras (Esbec y Echeburúa, 2014).

En contraposición a lo esperado, el cuestionado Manual conservó el formato categorial tradicional, aun cuando no solucionara los problemas que habían sido denunciados por la comunidad científica. Y agrupó en la sección 3, un modelo alternativo con el objeto de hacer frente a las deficiencias planteadas por el modelo actual, invitando a futuras investigaciones y argumentando que este enfoque híbrido para el diagnóstico de los TP es complejo y requiere mayor evidencia empírica para ser incorporado a la práctica clínica (Esbec y Echeburúa, 2014). La mayor fortaleza de esta propuesta dimensional probablemente se encuentre en el criterio A, referido al nivel de funcionamiento de la personalidad. Las dificultades en el nivel de funcionamiento personal e interpersonal constituyen el núcleo de la psicopatología de la Personalidad, cuyo diagnóstico se evalúa en un continuo. El funcionamiento con uno mismo (self) implica la comprensión de (DSM 5):

a. identidad: experiencia con uno mismo con límites claros entre el yo y los demás, estabilidad en la autoestima, exactitud en la autoevaluación y la habilidad de regular una amplia gama de experiencias emocionales

b. autodirección: persecución de objetivos y metas a corto y largo plazo, uso de normas internas de comportamiento constructivas y prosociales y capacidad de reflexionar productivamente.

Mientras que el funcionamiento interpersonal comprende:

a. empatía: comprensión y valoración de experiencias y motivaciones de los demás, tolerancia de los diferentes puntos de vista y discernimiento sobre los efectos de la propia conducta en los demás.

b. intimidad: profundidad y duración de la relación con los demás, deseo y capacidad de la cercanía, reciprocidad de la relación reflejada en el comportamiento interpersonal.

Tal como es definida la propuesta, emoción y regulación emocional parecen articularse de modo vertebrado a lo largo del criterio de Trastorno de Personalidad, sobre todo teniendo en cuenta que las propuestas dimensionales en emoción sugieren que no habría perfiles específicos para cada emoción discreta, sino una diferencia en la activación y en la valencia afectiva (Barret, 2011). Desde esta perspectiva, las diferencias entre las emociones estarían dadas por una clasificación que hace el individuo a partir del modo en que experimenta la emoción en el marco del contexto puntual (Barret, 2013). Lo que sugeriría que las emociones podrían surgir de la interacción de procesos básicos, que organizados den cuenta del proceso de precisión y definición de una emoción (Hervás, 2011, Silva, 2005). Así, por ejemplo, estados de valencia y excitación le darían curso a una emoción que involucra procesos lindantes como cognición, atención, percepción e incluso el aprendizaje.

En el marco de lo referido con anterioridad y de manera muy incipiente, podemos especular que los elementos del funcionamiento de la personalidad en términos generales involucran o requieren de de la mayor parte de las funciones emocionales. Así por ejemplo, la función adaptativa, donde la emoción es vista como un principio organizador de la conducta (Fanselow, 2018) podría advertirse principalmente en la empatía. La dimensión social, que consistiría en realizar atribuciones a otros y/ o realizar inferencias (Punt y Adolphs, 2017), es posible identificarla en mayor proporción en las funciones de autodirección e intimidad. Y, en última instancia la función motivacional que facilitaría la conducta motivada, parece tener un alcance más transversal, pudiendo identificarse aspectos de la misma tanto en la función del self como en la función interpersonal.

Cabe advertir que el estudio de la emoción en el terreno de la psicopatología propiamente dicho está plagado de desacuerdos (Silva, 2005), cuenta con estudios insuficientes (Hervás, 2011) o los mismos se encuentran realizados de modo deficitario (Silva, 2014).

Yendo un poco más allá, en el terreno clínico, podemos señalar que para disponer de todos los recursos que nos facilitan las emociones es necesario contar con habilidades emocionales (Jódar Anchía, Nuñez Partido y Pitillas Salvá, 2004). Pero las estrategias comprendidas en éstas últimas, no siempre dan cuenta de circuitos virtuosos. En ocasiones originan escaladas disfuncionales que pueden acabar afectando muchas áreas. Estas cascadas suelen ser comunes a problemas emocionales y están presentes en problemas psicopatológicos (Hervás, 2011, Cring, 2008). Tal es el caso de los ataques de Pánico -en forma más acotada (Rachman, 2001)- y de TLP (en un plano de mayor desorganización, Linehan, 1993). En éste último se ha estudiado ampliamente cómo el déficit emocional daría cuenta de altas tasas de comorbilidad.

Un análisis más detenido de los procesos de desregulación emocional que dan origen a cuadros de tipo Psicopatológico, evidencian un circuito donde la falla en la escalada disfuncional se amplía e integra hacia otros procesos básicos. Esto último nos permitiría apoyar especulativamente la existencia de la función emocional de integración. Esta podría funcionar operativamente de modo más subrepticio, pero su existencia se revela en los contextos clínicos menos severos (Ruiz, Zalazar y Caballo, 2012) donde el manejo de la emoción activada es más acotada, no se inscribe en cursos erráticos ampliados, y no suele dar cuenta de efectos secundarios de tipo desadaptativo como las autolesiones o las adicciones, entre otras. Allí es posible incluir el chequeo de las tareas previas que hacen a la regulación eficaz, sistematizados por Herváz (2011). Sin embargo, una descripción más acabada requiere de estudios que nos permitan precisar de qué manera se coordina el proceso de integración emocional, cuales son los aspectos con carácter potencialmente vulnerabilizador/protector y qué gatilla la emoción refractaria.

Actualmente existen estudios incipientes que podrían ayudarnos a comprender cómo los intentos de supresión emocional y/o evitación experiencial inciden en el circuito mencionado, sin embargo tanto el nivel de comprensión psicopatológica como el de intervención requieren de estudios abordados con mayor profundidad que permitan la confluencia de investigaciones básicas y aplicadas.

 

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