ISSN 2618-5628
 
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Inmanencia    
Presencia entre, Reciprocidad radical    
     

 
La filosofía práctica de Spinoza y el paradigma centrado en la persona
 
Rud, Claudio
Asociación Casabierta
 
Rey, Viviana
Asociación Casabierta
 

 

“En un universo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna” {ver nota del autor 1}

 

Introducción

La filosofía práctica de Spinoza es un filosofía es afirmativa, desde este punto de vista, hay una solo fuerza expresiva, que es afirmativa. La muerte, la destrucción, la comprenderemos como parte de la interacción de todo, pero ya no como fuerzas intrínsecas. Desde la filosofía de la inmanencia, la esencia es la potencia, y la potencia es todo lo que puedo aquí y ahora, en acto. En el desarrollo del trabajo presente, desplegaremos las cuestiones de poder que se desprenden de esta mirada. Nuestra tarea entonces, es acompañar a quien nos consulta, con el rigor que implica estar presentes en ese acontecimiento con toda nuestra potencia y contemplando activamente, sin mandatos ajenos a la constitución de ese particular y único encuentro. Con la certeza en que, allí reside nuestra eficacia como terapeutas.

Queremos compartir en esta comunicación, de qué modo la filosofía practica de Baruch Spinoza, con su visión ética, inmanente y no dualista del mundo, aporta un soporte epistemológico que da coherencia, claridad y eficacia a nuestro modo de estar y de trabajar en las relaciones de ayuda.

Como profesionales, estamos comprometidos con el Enfoque Centrado en la Persona, al que ya hace años preferimos llamar Acercamiento Centrado en la Persona, en el que aparece un lenguaje propio, nacido de la experiencia y del aporte de otros autores congruentes con esta mirada del mundo y de la vida.

Hemos elegido un orden particular en la exposición de los conceptos, pero advertimos que, en cada paso, está el todo, cada concepto está íntimamente relacionado con todo. Como en la esfera de Pascal o el Aleph borgiano cada concepto contiene a todos los otros y cada uno de los otros permite acceder a una praxis que los contiene. Podríamos probar diferentes recorridos, empezar por otro lado, relacionarlos de diferentes maneras. Comenzar con un ejemplo de la práctica y desde allí, acceder en forma ascendente hacia los conceptos más fundantes desde el punto de vista lógico. O bien comenzar por la noción de sustancia única e inmanencia y desde allí acceder al entendimiento de lo que ocurre donde el ser humano es uno de los componentes de aquello que definimos como acontecimiento. Hoy elegimos este último, pensando didácticamente en facilitar la comprensión y en la utilidad de lo que queremos exponer.

Presentamos a grandes rasgos la filosofía de Spinoza y sus conceptos fundamentales, en relación con las ideas más importantes del ACP, y que inciden directamente en nuestra tarea psicoterapéutica. Comenzaremos por un primer concepto que, de alguna manera, nos va a permitir comprender todo lo demás.

 

Inmanencia:

Inmanencia es un concepto que nos invita a preguntarnos por las causas, pero no como quien pregunta por el "por qué" de algo, sino más bien, la pregunta por la causa nos remite al cómo es posible, de qué modo se hace posible algo; la causa como condición de posibilidad. En un todo inmanente, la causa de su existir, permanece en el efecto, que es el todo. Spinoza nombra este proceso causal como causa sui. Cada ente, (todas las cosas y el hombre incluido) es expresión de ese todo, que no es una totalidad indiferenciada. Su potencia es la de expresar la infinita diversidad a través de los distintos modos singulares. Entonces, no hay nada que esté por fuera de ese todo, en otro plano u otro orden.

La filosofía práctica de Spinoza comienza por definir un universo absolutamente interconectado, único y actual.

“Inmanencia es uno de esos conceptos que tienen la característica de parecer inocuos y de resultar, luego de un análisis, claves para abordar la concepción política, social, religiosa de un autor.

En principio se trata de un concepto que alude a un proceso que es por completo interno a algo, que tiene lugar por la simple relación entre sus componentes. De modo que, para explicar lo que allí sucede, no hace falta recurrir a nada exterior, ya que nada exterior o trascendente lo afecta.

Pero tan importante como lo que encierra el concepto es lo que excluye. Porque inmanencia se opone a trascendencia. Cuando un proceso tiene lugar de modo inmanente, invalida cualquier tipo de intervención externa. Un proceso inmanente es, ante todo, autosuficiente.” (Santiago, 2008)

Spinoza nombra ese todo como la “sustancia única”, sinónimo de Dios o Naturaleza. De esta manera rompe nítidamente con el dualismo cartesiano, que reconoce dos sustancias separadas (res cogitan y res extensa) y que aún hoy día está presente con consecuencias en el pensamiento científico y en nuestra vida cotidiana.

El hombre pertenece a ese mismo orden inmanente; ya no se trata de pensar al hombre como un “imperio dentro de otro imperio” (Spinoza, 2011), sino de considerarlo como un modo más entre los diferentes modos en que la sustancia única se expresa. Ya veremos como la comprensión y el entendimiento de este orden al que el hombre pertenece, tiene profundas implicancias en nuestra tarea como terapeutas centrados en la persona.

Estamos en un plano de interrelaciones, donde ya no podemos concebirnos como individualidades, sino como expresión de relaciones, nudos de una trama mayor. Cae de esta manera, otro de los dualismos, consecuencia del pensamiento dicotómico: la idea de que el otro y yo, somos individualidades separadas. Desde la inmanencia, comprendemos como el otro y yo somos expresiones diferentes de la misma sustancia y esa diferencia no implica separación, sino más bien inevitable mutua implicación y mutua potencia.

Lejos en la casa divina del gran Dios Indra cuelga una red maravillosa que se estira infinitamente en todas direcciones. En cada nodo cuelga una joya resplandeciente. Gracias a que la red es infinitamente grande, el número de joyas es infinito. En cada joya podemos ver las imágenes reflejadas de todas las otras joyas. Cada joya contiene no solamente la imagen reflejada de todas las otras joyas, sino también de sí misma reflejada en todas las otras joyas y así ad-infinutum.  El reflejo de cada joya es lo que la hace una joya, sin él no existiría. Cada joya es parte de todas las otras joyas y contiene todas las otras. Cuando alguna joya es tocada, todas las otras joyas se ven afectadas. “ {ver nota del autor 2}

La filosofía practica de Spinoza, es una filosofía afirmativa, no es posible en ella entender lo que ocurre desde la negación no es posible desde esta concepción “lo que no”. Un concepto que nos ayuda a comprender esto es el de Conatus: la tendencia de todo lo que existe, a perseverar siendo. Como dijimos al explicar el concepto de inmanencia, todo lo que existe es expresión de la sustancia única, con lo cual todo lo que existe es afirmación, ocupa un lugar expresivo dentro de la totalidad del acontecimiento.

El concepto de inmanencia nos permite resignificar los términos de nuestra práctica, y entonces hablamos de multiplicidades, de singularidades, de devenir, de acontecimiento, de transformación, de potencia compartida. Configuración conceptual que iremos desarrollando a lo largo de este trabajo.

Un ejemplo de ese acontecer inmanente es cuando recibimos a una persona en consulta: suceden ahí, diferentes modos de manifestación de la multiplicidad, de formas y transformas de la singularidad, nada queda fuera de lo que llamamos “encuentro”. Todo lo que suceda será parte de la potencia compartida y la presencia. A esto denominamos, aquí y ahora todo.

 

Somos relación

Sabemos, que toda práctica psicoterapéutica lleva consigo, explícita o implícitamente, una noción de hombre que la impulsa. Comprendemos al hombre, como una expresión de la interconexión de este universo inmanente. Cada hombre en su singularidad es expresión de una trama compleja de relaciones. Somos nudos de esa trama. Con una compleja capacidad de afectar y ser afectados. Al estar mutuamente constituidos, nuestra esencia (aquello sin lo cual no somos) se define en esa mutua constitución, mutua capacidad de afectarnos. Somos constitucionalmente seres afectivos. Es por esto que Spinoza dedica el tercer libro de su Ética a la descripción minuciosa de todos los afectos humanos, no para juzgarlos o criticarlos sino para conocerlos y comprenderlos adecuadamente.

Al comprender esto, ya no podemos concebirnos como sujetos aislados. El universo todo es un sujeto compuesto. Donde decimos hay entonces, estamos hablando de encuentros. En rigor todo lo que ocurre está constituido por encuentros, que son la manifestación de todo lo que hay. Somos un rosario de afecciones, vivimos tocando y siendo tocados por infinidad de contactos, algunos agradables, otros desagradables, otros nos resultan indiferentes. Lo que nos resultará agradable no está normatizado a priori, ni por una ley general acerca de lo agradable ni siquiera por una experiencia anterior, (nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo) (Spinoza, 2011). La idea de Inmanencia, como vimos, excluye cualquier referencia a un orden ajeno al acontecimiento.

Tomamos un ejemplo banal con la intención de no referirnos exclusivamente a personas: hay botellas, es decir encuentro de partes constitutivas, de partículas, de fabricantes, de consumidores, de propagandas, de heladeras, de borrachos, de estantes en los que son colocadas, de árboles que dieron su madera para construirlos, etc., etc. Así podríamos continuar hasta el infinito o bien hasta concebir de ese modo lo que entendemos por inmanencia. Es decir que en cada cosa se puede encontrar la totalidad del universo.

Los contactos ocurren en la experiencia total del organismo es decir cuerpo y mente (no es que ocurren simultáneamente, es que es el mismo fenómeno visto desde dos perspectivas diferentes).

Spinoza demuestra cómo los hombres son también un HAY; un modo en el que se expresa el todo. El hombre participa de dos de los infinitos atributos, extensión (todo lo que entendemos por lo material) y pensamiento (todo lo que entendemos como el mundo de las ideas). Esos atributos son algunos de los infinitos caminos de expresión de aquello que es el todo, al que Spinoza llama indistintamente Dios, Sustancia, Naturaleza.

Vemos a la botella desde su extensión: una cierta organización estable de partículas en movimiento y reposo que se relacionan o encuentran con mi cuerpo (que también es una organización estable de partículas en movimiento y reposo) de una manera en particular. A esa huella en el cuerpo, le corresponde una idea de la botella en el atributo pensamiento. Entonces también me relaciono con la imagen de la botella.

Ninguna cosa vista desde esta perspectiva puede pensarse aislada o recortada. El recorte es una tarea de la imaginación (que es uno de los géneros de conocimiento que nombra Spinoza, el primero). Tendemos a imaginar que es posible lo individual, existiendo separado de su entorno. La identidad es posible de ser comprendida como un fenómeno no preexistente que se constituye en cada encuentro, como multiplicidad móvil, y por lo tanto siendo siempre circunstancial, y ligada al acontecimiento.

Cuando conocemos, comprendemos las cosas en términos de encuentro, entre los diferentes modos de expresión o singularidades y sus relaciones. Las personas podemos ser entendidas como redes, trama, tejido, plexo, complexos. Somos relaciones constitutivas siempre cambiantes. Nudos de una red en transformación que se anuda y desanuda en forma incesante. Cada nudo se constituye como singularidad en relación, que desaparece como tal en el tiempo reingresando a una nueva relación constitutiva y así al infinito.

Esto implica que aquello que definimos como identidad, en rigor es una estructura móvil, siempre cambiante, que ocurre en cada encuentro. A esto nos referimos cuando decimos que la relación funda sus términos. Cada individuo singular es un nudo de relaciones y cada relación es un nudo de individuos singulares, conformando una trama.

Es a partir de la trama, que cada acontecimiento va definiendo quien soy y cada relación establece nuevas identidades. Uno no es idéntico a sí mismo, nuestra identidad se configura a partir de relaciones y eso es siempre cambiante. También somos parte de una complejidad mayor que es el universo, es por eso que la perspectiva del encuentro como modo de considerar el encuentro terapéutico implica necesariamente revisar la noción de identidad.” (Rud, 2008)

Lo que podemos está determinado causalmente, o sea depende, de la complejidad de relaciones de las que formamos parte en el momento presente. Esa potencia expresada, es nuestra singularidad.

 

Poder y potencia

A esa potencia expresada, que configura nuestra singularidad, Spinoza la llama conatus, como ya dijimos y es la fuerza con la que cada existente tiende a perseverar en el ser. Es una única fuerza, la de existir, la que nos conforma esencialmente y cada existente es expresión de esa potencia. El poder personal entonces, es una fuerza presente, no direccional, (no tiende a la realización de una esencia, ya que dicha fuerza es la esencia misma), expresándose (expresa todo lo que puede en acto). Ser consiente o conocer esa fuerza, que siempre es en relación, implica ligarla al contexto de relaciones en las que se configura.

Desde la filosofía de la inmanencia, la esencia es la potencia, y la potencia es todo lo que puedo aquí y ahora, en acto. Esa potencia siempre está plenamente expresada, y su aumento o disminución dependen del tipo de relación que establezco con todas las fuerzas expresivas presentes en el entorno. Esta manera de entender el poder en la relación, como potencia expresiva, coloca al terapeuta en un lugar de profunda implicación y compromiso en el encuentro. Más que mantenernos a distancia, nos percibimos partícipes y cooperadores de ese movimiento de transformación que ese presente vivo trae. El encuentro terapéutico es una experiencia viva, transformándose. Y nuestro poder reside en disponer nuestra potencia a asistir a lo que hay.

 

Reciprocidad radical

Como dijimos, es la relación la que funda los términos, la que permite la expresión de los mismos. En este sentido, hay ya allí una reciprocidad fundante en tanto que la relación, distribuye recíprocamente una identidad circunstancial a cada uno de los participantes del encuentro. Es decir que el contacto al menos entre dos, desnudo de toda atribución a alguna de las partes, librado de toda significación, eximido de toda finalidad, es profundamente igualitario. Esto es la reciprocidad radical a la que nos referimos.

Soy el que se constituye en la plenitud del encuentro con el otro que a su vez también se constituye ahí. Esa reciprocidad constitutiva que es originaria funda lo que nombramos como identidad. Y considerar la noción de identidad desde este punto de vista nos permite comprenderla como un fenómeno no preexistente que se constituye en cada encuentro, como multiplicidad móvil, y por lo tanto siendo siempre circunstancial.

“Que el “Otro” no sea nadie propiamente hablando, ni usted ni yo, significa que es una estructura que se encuentra solamente efectuada por medio de términos variables en los diferentes mundos perceptivos – yo para usted en el suyo, usted para mí en el mío. No basta siquiera con ver en otro una estructura particular o específica del mundo perceptivo en general; de hecho, es una estructura que funda y asegura todo el funcionamiento del mundo en su conjunto. Y es que las nociones necesarias para la descripción del mundo (...) permanecerán vacías e inaplicables, si el “Otro” no estuviera ahí, expresando mundos posibles.” Gilles Deleuze (citado por Carlos Skliar, 2002).

 

Implicancias en la relación terapéutica

Querríamos desarrollar ahora, la articulación de algunos de los conceptos que describimos, con el paradigma centrado en la persona, especialmente vinculado a la relación terapéutica. Acercarnos a lo comprensión de esa mirada recíproca, es una toma de posición frente a la realidad y a la práctica, donde la transformación es posible, desde la mutua implicación.

Cuando estamos frente a otro en el consultorio, al igual que lo que explicábamos antes, hay en el encuentro una mutualidad radical, reciproca, inevitable, la inter-subjetividad, la inter-corporeidad, son originarias.  Estamos allí, siendo otros frente a un otro, constituyéndonos mutuamente en ese presente de la relación, expresando un orden inmanente. Toda nuestra potencia esta expresada allí, en comunión con la potencia del otro. “Yo siento que en un tiempo incierto como éste, realmente no hay lugar para categorías en la psicoterapia en general. Esta psicoterapia en el mejor de los casos, o cuando yo estoy en lo mejor haciendo psicoterapia, es cuando me convierto en un real compañero, explorando con esa persona sin juicios, sin fijar una meta; sin noción de hacia dónde vamos a emerger; ayudando a la persona a escucharse a si mismo, cuerpo, sentimiento y todo lo demás; cuando mi esencia está en contacto con la esencia de la otra persona y estamos buscando juntos en un mundo desconocido y una solución desconocida, y con todo es fortalecedor saber que hay un compañero con él o con ella en esa búsqueda.” (Rogers, 1980).

Dijimos que todo lo que existe, incluido el hombre, es esencialmente lo que puede, y eso que puede, está plenamente expresado en el aquí y ahora del encuentro. Se nos hace necesario entonces, revisar la noción de tendencia actualizante. Comprendemos el conatus, como tendencia formativa de todo lo que hay; si todo está expresado, no hay nada en estado potencial, ya no esperamos que se actualicen potencialidades, sino que entendemos que la tendencia actualizante es la tendencia a actualizar la potencia, de acuerdo a aquello que nos es de utilidad, que siempre es tender a relaciones que aumenten nuestra plena expresión. La transformación, es esa actualización de nuestra potencia.

Nuestro maestro Carl Rogers, explora la relación terapéutica y, considera las actitudes del terapeuta como facilitadoras de un encuentro humano transformador en donde el contacto (mutua afectación del campo experiencial) es la primera condición. Nosotros entendemos que, en toda relación, el contacto es inevitable, y comenzamos el encuentro llevando la conciencia a esa mutua afectación (contacto). Experimentamos que las actitudes básicas son expresión de una sola actitud, que es la que nombramos como presencia terapéutica. Como todo lo que ocurre está mutuamente constituido, dicha presencia, no es algo que ofrece el terapeuta, sino que es un acontecimiento dentro de esa mutua implicación, dentro de esa trama expresiva que es el encuentro terapéutico. Por lo tanto, no estamos hablando de dos presencias que se suman sino de una única que se expresa.

La aceptación “positiva” incondicional, es para nosotros la aceptación del proceso de ir siendo con todo lo que existe en el aquí y ahora. La vida misma es un proceso afirmativo que supera la antinomia implícita entre negativo y positivo No se trata entonces de una aceptación “moral” como una especie de deber, sino de una aceptación que es un si al recién llegado que es el otro y que soy yo constituyéndome ahí, de donde nacerá un lenguaje común de expresión única.

Todo lo que experimentamos en el encuentro terapéutico es afirmativo de la potencia de existir que, desde el punto de vista inmanente, siempre esta expresada en su totalidad.

Rogers señala que la aceptación hacia lo que el cliente sea en un momento dado, aumenta la probabilidad de que el cambio terapéutico ocurra. "El terapeuta está abierto a que el consultante sea lo que sus sentimientos inmediatos le dicten". Con lo cual no hay nada que cambiar, modificar, reparar ya que el consultante está siendo todo lo que puede ser de manera afirmativa. Y eso es lo que aceptamos, su potencia aquí y ahora y eso es lo que comunicamos, lo que afirma, aun lo que no puede o cree que tendría que poder. Todo afirma, tanto la confusión como la claridad tanto la abundancia como la carencia, tanto la alegría como la tristeza. La confianza en la tendencia actualizante, desde esta perspectiva, es la confianza en que lo que está ocurriendo es perfecto, ya que todo está expresado. No es la confianza en lo que podrá sino en lo que puede, y en lo que podemos ahí en ese encuentro íntimo y transformador. Y la aceptación incondicional, se desprende naturalmente del entendimiento de la “necesariedad” de todo lo que ocurre.

Cuando habitamos plenamente el momento presente, la trasformación ocurre “naturalmente”, la noción de sí mismo se acerca cada vez más a la experiencia personal, en constante transformación; somos la experiencia, aquello que nos pasa, que nos sucede, que nos atraviesa.

El éxito en la psicoterapia es facilitar el darse a conocer, tanto del consultante como del terapeuta. Darse a conocer es el modo en que se expresa la congruencia o transparencia, otra de las actitudes que describe Rogers como facilitadoras. El terapeuta es “eficaz” cuando es su experiencia en el encuentro, y la ofrece al servicio de quien consulta. Desde esta mirada es otra la relación de poder que se establece no existe para el terapeuta la exigencia de producir una respuesta, que es un mandato que impone la lógica medica que supone que debemos “curar” a quien nos consulta. Es autorizarse a estar presente, más que forzarse a hacer. Nuestra tarea entonces es acompañar a quien nos consulta, con el rigor que implica estar presentes en ese acontecimiento con toda nuestra potencia y contemplando activamente, sin mandatos ajenos a la constitución de ese particular y único encuentro. Con la certeza en que, como decíamos, allí reside nuestra eficacia como terapeutas

“La experiencia, la posibilidad de que algo nos pase, o nos acontezca, o nos llegue, requiere un gesto de interrupción, un gesto que es casi imposible en los tiempos que corren: requiere pararse a pensar, pararse a mirar, pararse a escuchar, pensar más despacio, mirar más despacio y escuchar más despacio, pararse a sentir, sentir más despacio, demorarse en los detalles, suspender el automatismo de la acción, cultivar la atención y la delicadeza, abrir los ojos y los oídos, charlar sobre lo que nos pasa, aprender la lentitud, escuchar a los demás, cultivar el arte del encuentro, callar mucho, tener paciencia, darse tiempo y espacio” (Larrosa, 2003).

Habitar la experiencia de ir siendo, nos lleva como de la mano a comprender que somos en relación y esa comprensión implica un aumento de la potencia personal de cada uno de los que participamos de ella. Spinoza construye un camino en la dirección de la comprensión profunda en su segundo y tercer genero de conocimiento a que él llama entendimiento. La tarea de una enmienda (...) procura una transformación de la vida, la producción de una forma de vida cuyos efectos y cuyo significado presentan una dimensión última que es existencial y política. (...) El extravío del entendimiento (...) no es problemático por el hecho de promover el error, sino por la forma de vida que implica...”. Extravío, error, distracción. Estrabismo. Es siempre un problema de visión, de atención. Un juego de cristales. Un problema óptico: hacer visible. Caleidoscopios: latitud y longitud. Y por su diferencia es también un problema táctil, de distancias. De elongación del cuerpo y del espíritu (Spinoza, 2006).

Cuando conocemos mejor, aumenta nuestra potencia de actuar, nuestra potencia de existir, a lo que Spinoza llama alegría. Es en los encuentros, y en la comprensión de los mismos como potencia de lo común, que podemos acceder la ética, y a la propuesta política de Spinoza, que para nosotros incluye además de nuestra tarea específica, un modo de estar en la vida.

El suceso terapéutico es cuando la presencia "aparece" cuando a fuer de parecer redundante, se hace presente como expresión del entre y todos los que participamos del encuentro, sentimos y experimentamos el aumento de nuestra potencia de existir, una mayor lucidez, contacto y bienestar.

Para nosotros esta comunicación, más allá de ser un texto es un pretexto que nos permite “darnos a conocer” en nuestras búsquedas, intentando recuperar conceptualmente lo que experimentamos a diario en la consulta, y conocer los recorridos de cada uno de los participantes, confiando en que este es el modo de mantener vivo, el paradigma centrado en la persona.

 

Notas del Autor

1. La esfera de Pascal. Jorge Luis Borges. Otras Inquisiciones, 1952.

2. La metáfora de la red de Indra se desarrolló en las escrituras Avatamsaka sutra de la escuela majaiana (en el siglo tercero) y posteriormente en la escuela china Huayan (entre el siglo sexto y octavo).

 

Bibliografía

Borges, J. L.(1952). Otras inquisiciones. La esfera de Pascal.

Larrosa, J. (2003). Entre las lenguas. Lenguaje y educación después de Babel. Barcelona. Ediciones Laertes S.A

Rogers, C. (1980). El camino del ser. Editorial Kairos

Rud, C. (2008). Conferencia “Revisión de la noción de identidad”,

Rud, C. (2004). Entre metáforas y caos. Editorial Nueva Generación ISBN 987-43-7314-8

Santiago, G. (2008). Intensidades filosóficas. Buenos Aires, Paidos

Skliar, C. (2002). ¿Y si el otro no estuviera allí? Una pedagogía improbable de la diferencia.Educação & Sociedade, XXIII, 79.

Spinoza, B. (2011) Ética. III. Editorial Alianza

Spinoza, B. (2006). Tratado de la reforma del entendimiento. Editorial Cactus

 

 
2da Edición - Agosto 2019
 
 
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