ISSN 2618-5628
 
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Comunicación    
Inconsciente, Psicoanálisis    
     

 
Problemas de comunicación
 
Lombardi, Gabriel
Universidad de Buenos Aires (UBA)
 

 

En su segundo seminario, sobre el Yo en la teoría y en la técnica psicoanalítica, enero de 1955, Lacan comentó la noción de información, en ese momento recientemente renovada por la teoría matemática de la comunicación del ingeniero Claude Shannon (1948). Ya hacía algún tiempo que la comunicación era una preocupación para las empresas telefónicas que padecían “atasco” (“jam” en la jerga americana) por el enorme flujo de datos que se intercambiaban por cable entre los dispositivos telefónicos fijos que alquilaban a sus clientes. Los cables unían distancias de miles de kilómetros a través del vasto territorio americano y del lecho del Atlántico.

 

Shannon

Este autor no trata el tema de la información como un problema de matemática pura, como había hecho Alan Turing en 1936 con su máquina universal, capaz de pro-gramar cualquier proceso automatizable incluyendo el del cifrado y la transferencia de datos {ver nota de autor 1}. Shannon enfoca en cambio las dificultades concretas en la comunicación a partir de la medida promedio de pérdida de datos que resultan de la transmisión entre una fuente (“source”) y el destino (“destination”) de un mensaje telegráfico, telefónico o en cualquier otro soporte o hardware concreto. Entre la fuente y el destino, se produce entropía o pérdida de información, y eso puede estudiarse teniendo en cuenta que, en un sistema de transmisión, entre fuente y destino, existen al menos los siguientes elementos:

- el transmisor, dispositivo que codifica y eventualmente encripta el mensaje de la fuente transformándolo en señales binarias (0 ó 1, pasaje o no de corriente), y emite el mensaje a través del cable;

- el canal que lleva las señales hasta el receptor, con limitaciones ciertas en la velocidad y el volumen de transmisión de datos, según el “ancho de banda”;

- el receptor, que decodifica las señales y reconstruye el mensaje de voz o alfabético, volviéndolo legible para el destinatario.

Como buen ingeniero, Shannon piensa en la eficiencia, le interesa el porcentaje de información que no se pierde en el proceso de transmisión, llamando “entropía” al promedio de los datos que sí se pierden en la comunicación. La entropía no es una constante, como cree Lacan, sino un promedio variable según correlaciones medibles entre software y hardware.

Entre Turing y Shannon, hubo otro matemático e ingeniero brillante, fabricante de las primeras computadoras en los EEUU, John von Neumann, quien sugirió a Shannon el uso del término “entropía”, que ya se empleaba en mecánica estadística, con el divertido argumento de que, como nadie sabe qué es realmente la entropía, “en un debate siempre tendrás ventaja” (Lombardi, Holik, y Vanni, 2016a, p. 4).

En su texto de 1948 Shannon distingue entre:

- la equivocación [“equivocation” literalmente es “llamado indistinto”, invocar por igual, 0 ó 1, cara o cruz, da igual]: es el promedio de la entropía por estancamiento de datos en la fuente, que no llegaron al receptor;

- información comunicada [ “mutual information”]: es el promedio de lo que se logra transmitir desde la fuente al destinatario; y

- ruido: se refiere a la entropía resultante de la información que llega al destinatario pero que no fue generada por la fuente [el término inglés es “noise”, ampliamente conocido en las tecnologías de transmisión y de reproducción de datos].

Es llamativo el lugar donde Shannon sitúa la equivocación, precisamente en el conjunto de datos que no pasan. De modo que se puede reproducir la voz del interlocutor con mayor o menor distorsión, descifrar algunas de las palabras que emitió, quedando la equivocación polarizada del lado de la fuente o emisor. En su primer impulso innovador, Shannon señaló que los aspectos semánticos de la comunicación son irrelevantes desde la perspectiva del ingeniero (p. 379). Más adelante, en colaboración con Warren Weaber, intentará atenuar este desprecio de la significación, que resulta de dejar la equivocación del lado del emisor (Shannon y Weaver, 1964).

¿Podemos con esta secuencia equivocación información común ruido, interrogar las dificultades en la comunicación humana verbal o escrita, dicho de otro modo, la entropía que ella produce? La pregunta se justifica porque, aún sin cables de por medio, dos personas que están muy cerca una de la otra, que hablan el mismo idioma, pueden tener serios “problemas de comunicación”. La información se atasca. ¿Cuenta realmente, después de un siglo de psicoanálisis, el aspecto semántico, es decir la relación entre los significantes y la significación (sentido y/o referencia) que ellos vehiculan o inducen en el intercambio verbal?

 

Jakobson

Antes de desarrollar esa pregunta desde la perspectiva psicoanalítica, quiero recordar que uno de los tres lingüistas preferidos de Lacan, Roman Jakobson, advirtió que también ellos, los lingüistas, se sintieron tentados de ocuparse de los aspectos formales del lenguaje y dejar de lado las cuestiones semánticas del estudio de los mensajes verbales. Sin embargo, ese movimiento debió rápidamente revertirse. “Los intentos de construir un modelo lingüístico sin ninguna atención a la significación para el hablante ni para el oyente, y reducir así el acto de la comunicación a un código asemántico, amenaza en convertir el lenguaje en una ficción escolástica”, escribe (Jakobson, 1961). Debe distinguirse tajantemente el intercambio verbal de los humanos y el intercambio mecánico de información, “a la que se intenta dar un aspecto antropomórfico llamándola también ‘comunicación’”, dice, lo cual “atasca” cualquier desarrollo de este concepto, al menos en la lingüística.

De hecho, Jakobson muestra que el lugar de la equivocación cambia cuando se trata del intercambio verbal entre seres hablantes. En este caso, dice, no es del lado del emisor-fuente donde se concentra la equivocación, sino del lado del oyente. En efecto, argumenta, quien habla puede emplear secuencias de fonemas tales como “(h)errar”, sabiendo perfectamente si está hablando de cometer un error o si se refiere a herrar, colocar un hierro. El oyente, por el contrario, ha de emplear un enfoque estocástico: debe elegir entre significaciones equívocas, múltiples y azarosas de los símbolos que le llegan, decidiendo su significación, cuando puede, según el contexto en el que cree poder situar el mensaje. La información común está también aquí sometida a la entropía, al azar, a la probabilidad, pero de otro modo. Es fundamentalmente el oyente quien queda sujeto a probabilidades desconocidas de significación.

Para el lingüista, la equivocación se polariza entonces del lado del oyente, a quien el mensaje le ofrece ambigüedades que para el emisor no eran evidentes. La poesía y el chiste se fundan en la ambigüedad que corresponde a la recepción [input] del mensaje, pero cargándola sobre la emisión [output] {ver nota de autor 2}. Lo cual le permite recordar, de paso, que la prevalencia en la comunicación humana del modelo receptivo se encuentra señalado por la prioridad temporal de la adquisición pasiva del lenguaje por parte de los niños, y también de los adultos.

 

Lacan

Esta otra posición de la equivocación permite vislumbrar la razón por la que Lacan precozmente ubica el inconsciente-equívoco [une-bévue] del lado del Otro. Recordemos algunas de sus tesis: el inconsciente es el discurso del Otro (es decir, del oyente que ha de interpretar lo que dice el hablante), el deseo inconsciente es el deseo del Otro, el deseo es su interpretación… Y también, “es al ver jugar toda una cadena a nivel del deseo del Otro, que el deseo del sujeto se constituye” (Lacan, 1964a, p. 213) {ver nota de autor 3}.

Para Lacan, psicoanalista, la comunicación humana funciona mal. Pero no por problemas de cableado neuronal, telefónico u otras limitaciones tecnológicas, sino por la excesiva riqueza del lenguaje ordinario, sus ilimitadas aptitudes y posibilidades de significación —ese exceso que llevó a Freud a hablar de equívoco y de sobredeterminación—. A diferencia del lenguaje de las abejas y los delfines, el malentendido es la ley de la comunicación humana. La sobredeterminación pesa sobre cada elemento del lenguaje, haciendo que cada significante, en lugar de ser algo transparente, que permite transmitir significación, sea como un ladrillo opaco o un diamante iridiscente, con déficit o exceso semántico variable. La medida de la entropía en una charla entre humanos es cercana al 100% de lo que se intercambia, aunque a veces lo esencial no se pierde, se transmite, pero de modo contingente, como en un encuentro afortunado. Se imagina el lenguaje animal como unívoco, y esa comunicación participa de lo real, escribe Lacan más tarde, añadiendo: “con la salvedad de que sus símbolos no son jamás equívocos” (1972, p. 34).

El lenguaje humano, supuestamente idóneo para la comunicación, la comprensión, el diálogo, funciona como un muro. El malentendido es su ley, Babel su metáfora. Significar demasiado equivale a no significar nada, e inversamente, el significante que parece asemántico, neológico, llama a la significación, que deberá aportar con urgencia el propio sujeto que, “como efecto de significación, es respuesta de lo real” (p. 14).

De allí se desprenden algunas advertencias y resguardos metodológicos para el psicoanálisis. Cuando un practicante, en una sesión de control, dice: “comprendí, el paciente quería decirme tal cosa”, Lacan señala que, en nombre de la inteligencia (que para él es un afecto entre otros, especificado por la mera suposición de que hay hecho inteligibles), hay simplemente supresión de lo que debería detenernos, lo que habría que comenzar por escuchar: lo que no se entiende (1963, p. 73). En esto debemos imitar a Shannon, e interesarnos más en el atasco que en lo que pasa automáticamente. No somos abejas, ni ovejas.

Todavía hoy, los analistas se preguntan cómo intervenir con un paciente psicótico, a pesar de que Lacan explicó que no es tan complicado ni peligroso, a condición de partir con el buen pie: en lugar de comprender, hay que comenzar por lo que no se entiende. Y si no se entiende, ¡se puede preguntar!, se pueden intentar interpretaciones tentativas, a condición de que ellas sean pronunciadas desde una posición despojada de saber, y no desde un lugar de certeza —la certeza, para el psicótico, suele quedar de su lado—. “Una estricta sumisión a las posiciones subjetivas del enfermo”, escribió (1958a, p. 534).

El ejemplo de la psicosis es clave, ya que si hay una certeza que constatamos con frecuencia en ella, es que el lenguaje no comunica bien, que el lenguaje conduce a contradicciones angustiantes para quien lo emplea o es su empleado, y también para quien lo escucha. En los momentos de psicosis activa, se evidencia que el lenguaje, al mismo tiempo que hace posible el lazo social, lo vuelve algo muchísimo más complicado de lo que sabe el hombre “normal”, que cree comprender lo que otros dicen. Si el psicótico gusta de apelar a neologismos (palabras o giros lingüísticos que no tienen una significación compartida), es porque intenta expresar algo que excede las posibilidades de la comunicación usuales en el lazo social. Ese rasgo lo transforma en un irónico nato, que interpela o ataca el lazo social tanto en su intención comunicativa como en su intención pragmática.

 

Freud

¿Cómo sería una teoría de la comunicación, no entre máquinas, sino de inconsciente a inconsciente? Dos o tres décadas antes que Shannon, Jakobson y Lacan elaboren o interroguen la teoría de la comunicación, Freud escribió su texto Consejos al médico (1912), donde interroga la posición de oyente del analista en la terapia analítica. En el contexto actual, podríamos resumir su argumentación del siguiente modo: pedimos al analizante que cumpla la regla fundamental de no omisión y de no sistematización, en una suerte de ejercicio metódico y confidencial de parresía [pan rhésis es decir todo], de decir todo cuanto se le ocurra. Esa no selección debiera regir también del lado del analista, dice Freud, no en lo que dice sino en lo que escucha. Se anticipa así a las observaciones de Jakobson. En efecto, cualquier interpretación del lado del analista supone una suerte de censura, de elección que seguramente se rige por sus propias preferencias, prejuicios, fijaciones. De modo que es mejor dejar también al inconsciente equívoco del analista interpretar más o menos libremente. Es preferible una posición estocástica que la reiteración de lo que ya sabe, por experiencia o por prejuicio. De modo que la comunicación en el análisis resulta ser de esta índole, citemos aquí textualmente a Freud: el analista “...debe volver hacia el inconsciente emisor del enfermo su propio inconsciente como órgano receptor, y acomodarse al analizado como el auricular del teléfono se acomoda al micrófono” (p. 115).

Ahora bien, emplear el “inconsciente” como instrumento de análisis, supone que del lado del analista también interviene la represión inherente al vínculo del ser hablante con el lenguaje. De allí la necesidad de su experiencia previa de análisis personal para adquirir la aptitud de no censurar, dejando de lado sus preferencias explícitas, e incluso también su juicio íntimo. La puesta a punto del deseo del analista lleva a una posición distinta de la represión respecto del inconsciente. Es más bien permitirle a éste intervenir cuando resulta oportuno, es decir, dejarse sorprender por él; habrá que bancarse luego las consecuencias asociativas o transferenciales del analizado. Los no incautos (y)erran [les non-dupes errent], dirá Lacan (1976-77) para recuperar una nueva versión, de cuño freudiano y tal vez también anterior, de la sabiduría tradicional que el inconsciente preserva {ver nota de autor 4}. Ahora bien, cualquier conflicto no solucionado en el analista, advierte Freud en el mismo texto, representa un “punto ciego” en su percepción analítica, ruido en el sentido de Shannon, algo que añade opacidad a los retoños del inconsciente del analizante, que ya de por sí llegan cifrados.

 

El uso analítico de la equivocación

Es en este marco que toma un sentido el retorno de Lacan a Freud, y la pregunta por la información que llega del inconsciente vía interpretación. Si la sobredeterminación semántica de lenguaje atasca la comunicación entre analizante y analista, al punto de reducir los dichos de ambos a monólogos entrecortados y alternantes, la salida que encuentra Lacan en su lectura de Freud es en dos pasos.

El primero supone admitir que “el registro del significante”, es decir su inscripción en el dispositivo analítico, se realiza bajo la forma del significante representando al sujeto para otro… significante, es decir, codificando las formaciones inconscientes bajo la forma alienada de la transferencia. Ese momento evidencia y magnifica el atasco de la comunicación, y recibe en psicoanálisis el nombre paradójico de “transferencia”. Cuando llega ese momento, el analista ya no cuenta por su receptividad de sujeto, por el contrario, ha de pagar con su persona asumiendo una máscara vacía que asegura la suposición de un sujeto al saber, vale decir, la mera suposición de un sujeto a la articulación de significantes en el inconsciente del analizante. En su texto “Posición del inconsciente” (1964b) Lacan lo plantea así:

El registro del significante se instituye por el hecho de que un significante representa un sujeto para otro significante. Es la estructura, sueño, lapsus, chiste, de todas las formaciones del inconsciente. Y es también la que explica la división originaria del sujeto. El significante, produciéndose en el lugar del Otro todavía no ubicado, hace surgir allí al sujeto del ser que no tiene todavía la palabra, pero al precio de coagularlo. Lo que había allí listo a hablar, (…) desaparece por no ser ya más que un significante. (p. 840)

En este proceso, el cifrado de lo que había allí listo para decir, como formación del inconsciente, suele ser evidente, y también efímero. En el caso del síntoma, ya no es algo puntual sino, como un sueño cada día repetido, como un lapsus que no cesa de cometerse, la neurosis primitiva se codifica y atasca como neurosis de transferencia, “neurosis de engaño”: lo que se dice no es lo que había para decir, quien dice ha desaparecido, no quedando de él sino un resto alienado (Lacan, 1964b). La mentira instala en lo simbólico lo real del (des)encuentro analítico.

Esa pérdida puede sin embargo ser aprovechada en un segundo movimiento en el proceso analítico, si retorna como deseo; y la división subjetiva, el “o bien… o bien” [vel… vel…] de la alienación primera, puede ser recuperada como velle, como voluntad afirmada en un segundo momento de la constitución subjetiva, momento al que Lacan llama “separación”, por el cual el sujeto viene en reencontrar en el deseo del Otro su equivalencia a lo que él es como sujeto del inconsciente (1964, pp. 842–844).

Este segundo momento, que es el propiamente analítico, no es engañoso. El vel retorna como velle, voluntad, deseo que se realiza socialmente, se da un estado civil, desprendiéndose de las marcas significantes del “sistema de registro”. La in-formación del inconsciente llega así a destino. ¿Pero qué información? Justamente esa que la palabra produce y al mismo tiempo impide al hablante: el deseo.

Así resume Lacan el fin de la dirección de la cura:

4) La demanda es puesta entre paréntesis en el análisis, quedando excluido que el analista satisfaga ninguna.

5) Al no interponerse ningún obstáculo a la confesión del deseo, es hacia allí que el sujeto es dirigido e incluso canalizado.

6) La resistencia a esta confesión, en último análisis, no depende de ninguna otra cosa que de la incompatibilidad del deseo con la palabra (1958b, p. 641).

Se reconoce en la trayectoria de los autores fundantes del psicoanálisis el tratamiento de la información que interesa en la comunicación humana: no es lo que puede ser demandado y rápidamente codificado con barras o QR [quick response], sino que, por el contrario, es el deseo lo que insiste en comunicarse a través del muro del lenguaje, que al mismo tiempo que lo produce, le impide pasar. Llamamos “in-formaciones” del inconsciente a las señales que llegan al oyente, y que éste, vía interpretación, con suerte, puede, luego de decodificar, deducir como deseo, metonimia a la que el significante alude, pero no representa ni significa.

Por eso, es a través de las formaciones del inconsciente que el Otro ha de interpretar ese margen, esa metonimia del ser que es el deseo inconsciente, que no terminará de constituirse si no es en el lugar de ese Otro. Primero engañándolo, sorprendiéndolo, inquietándolo. Los síntomas y formaciones de la neurosis, de la perversión y de la psicosis, son formas de mentir al partenaire. Teniendo en cuenta que la mentira es lo simbólicamente real, lo simbólico insertado en lo real (Lacan, 1976-77), acaso logra transmitir algo con la ayuda del lenguaje, diciéndolo de modos ambiguos, disfrazados, desplazados. Al hacer pasar gato por libre, o viceversa, algo pasa de la chispa del deseo, metonimia de ese ser que ha quedado dibujado por la eficacia alienante, aislante del lenguaje.

Los síntomas y formaciones del inconsciente son formas de comunicar algo que no encuentra expresión directa. Con muy poco de sentido, con contenidos absurdos como el de los relatos de los sueños o el de los comportamientos psicológicos, sean o no conscientemente patéticos, puede lograrse, si hay una oreja interpretante, el paso del sentido, la verdad o el deseo. Lo explica Freud en el caso del chiste, vale también para las otras formaciones del inconsciente.

El inconsciente, menos profundo que inaccesible a la profundización consciente, tiene más chances de ser escuchado por el Otro (para el cual los equívocos pueden ser evidentes y perturbadores) que por la conciencia del hablante, que no quiere o no puede saber nada.

Y el indicador de que algo se ha logrado comunicar, enfáticamente señalado por Freud, es la sorpresa. Lacan lo evoca en su seminario sobre las formaciones del inconsciente, indicando que no se trata de un accidente, sino de una dimensión fundamental. El fenómeno de la sorpresa tiene algo de originario e inherente a la información inconsciente que logra pasar, sea porque sacude al sujeto por su carácter in-esperado, sea porque la interpretación que se produce en el lugar del Otro devela algo de una importancia esencial para el hablante, y desconocida por él mismo. La dimensión de la sorpresa es consubstancial al deseo, en tanto que éste ha pasado a nivel del inconsciente.

Y de todas las sorpresas, la mayor suele ser la terminación del análisis. El ser que estaba allí listo a hablar, que se dividió para realizar su ejercicio analizante, se reúne finalmente en un decir conclusivo, performativo de una nueva posición en el ser, hablante y deseante. A pesar de las incidencias mortíferas del significante, substancia al mismo tiempo gozante y aislante, de la que en alguna medida pudo despegar —aprovechando la elasticidad del nudo estructural—.

 

El tiempo de la información

La mayor preocupación de la teoría de la información ha sido siempre la economía en los medios de transmisión, y consecuentemente la eficiencia en el flujo de datos. Actualmente, con la creciente digitalización de los procesos tecnológicos, se puede no sólo prescindir de cables, sino incluso poner en cuestión el bit, la unidad de información que, por restringirse a la elección entre dos estados, informa poco, digamos. Con el crecimiento de los procesamientos de datos a niveles exponencialmente superiores a los que se planteaban en la época de Shannon y Lacan, se piensa en reducir la cantidad de unidades de información y el tiempo de transmisión. La información misma tiende a reducirse a la más breve cadena de bits posible.

A partir de la teoría de la complejidad algorítmica, Kolmogorov y Chaitin definen la información x en una cadena binaria como “el más breve programa que produce x en una máquina universal de Turing” (Chaitin, 1987). Pero la ciencia aspira a abreviar aún más la cadena, e intenta superar por diversas vías la “barrera” impuesta por la máquina de Turing, donde por ejemplo lo macro prevalece sobre lo micro (Hoel, Albantakis y Tononi, 2013). La más audaz tal sea la información cuántica donde el bit es reemplazado por un qubit (Lombardi, Holik, Vanni, 2016b); se la plantea como una “generalización” del ya clásico bit por el “estado cuántico” en un sistema mecánico-cuántico de dos estados, formalmente equivalente a un vector bidimensional en el espacio de los números complejos.

El qubit la interesante noción de entanglement o entrelazamiento entre un elemento que se ve y otro que no. De manera que una unidad puede aportar lo que en el sistema de Shannon sería información oculta. El paralelismo entre la información inconsciente y el deseo como información oculta es tentador. En uno de esos gestos que algún Sokal crítica con certera avaricia, podemos incorporarlo al psicoanálisis para actualizar el lenguaje y tener en cuenta la fuerza de los paradigmas científicos imperantes, en los cuales no nos reconocemos y por eso mismo imperan más radicalmente sobre nosotros.

La abreviación y economía de los procesos es una preocupación también desde los comienzos del psicoanálisis. Las herramientas están allí desde siempre, pero lo que viene de otro discurso permite a veces discernirlas mejor, concebir otro empleo, generalizar sus capacidades. La potencia sobredeterminante del significante, en sus múltiples niveles (lalengua, la agramática, la (a)lógica, los equívocos del dis-curso), permite interpretaciones sorprendentes, y sorprendentemente penetrantes: a veces en cuestión de segundos. Freud mostró quanta información está codificada en el único resto consciente de un sueño, la palabra “canal”, o el significante “Signorelli”.

Otro ejemplo, reciente, puede ser el de un analizante que oscila entre la sensación de ser poca cosa y la potencia del ser; en el fulgor de esta segunda variante, dice “a mí me llama la atención que yo, que yo no…, que yo no cometo…, que yo no cometo lapsus, lapsus del lenguaje. Nunca.”

Si hubiera pronunciado por ejemplo el enunciado: “llama la atención que yo no cometa lapsus”, hubiera informado un hecho del mundo en cierto sentido exterior, una descripción vacía que nada dice del sujeto analizante. Pero con unos qubits de más él añade:

- A MI ME llama la atención que yo,

- QUE YO NO…

- QUE YO NO COMETO…

- que yo no cometo LAPSUS

- lapsus DE LENGUAJE.

En mayúsculas escribimos la información que claramente está de más, redundancia informática que sin embargo in-forma del sujeto analizante (éste siempre es señalado por algún qubit que sugiere hidden information). El “A-MI-ME” del narcisismo es negado por el “QUE YO NO…” del sujeto del inconsciente, que lo señala precediendo la elipsis o pausa “(…)”; la duplicación redundante de “LAPSUS” producida luego, no es necesaria, sino para señalar la repetición del decir en el enunciado: “lapsus DE LENGUAJE.”

La in-formación del inconsciente que vectoriza esta breve secuencia es enorme, y se puede entrever allí la estructura misma del sujeto en análisis y su posición sintomática en el lazo social. Su sustracción, su no decir, y antes aún su pre-decir un silencio que, en el contexto de su análisis, resuena y consuena estruendosamente como respuesta a los silencios de padre. Operación que al mismo tiempo codifica y realiza el lapsus, la caída del yo para hacer lugar a ese deseo que, como en los poemas, se filtra en los silencios entre los significantes efectivamente pronunciados. Lapsus es “caída”, étimo de “síntoma” que es “caer con” o “venir al caso”. Este lapsus negado in-forma en menos de diez segundos la posición del sujeto en el deseo inconsciente, señalando la causa, el porqué de su silencio, el porqué de su caída o apartamiento del discurso, el porqué de esa afánisis que Lacan (1966) nos enseñó a escribir con una S tachada ($) ante … ¿ante qué?

Evoquemos a Paul Éluard (1939), señalando que los poemas llevan grandes márgenes de silencio. Y también la pregunta del cognitivo que se inserta en el seno del debate entre información sin significado y restitución de la semántica: ¿qué queda del conocimiento cuando uno quita creencia, justificación y verdad?

Este analizante no hace poesía, pero señala, con sus silencios, sus breves caídas del discurso, el lugar del deseo; vectoriza así la hidden information del objeto que lo causa, la voz, ante la cual divide o desvanece su ser como sujeto: $<>a. Así sujetado, el ser dividido entre el significante que lo representa y la sensibilidad que sólo se dice en el silencio, viene al lugar del significado, restituyendo, por decodificación mediante interpretación analítica, una semántica a lo que podría ser mera información redundante e insensata. El casillero vacío, que toma la forma del silencio en este caso, es la única manera de decir algo con la ayuda del lenguaje. Así el análisis restituye, a la información ineficaz de la sesión que se reduce a un relato de aspecto yoico, la in-formación eficaz del inconsciente.

No he llegado a introducir aquí la dimensión del diálogo en que las in-formaciones del inconsciente se realizan: por razones de espacio remito a lo que he desarrollado en otro libro (Lombardi, 2015). Allí comenté un dictum de Lacan, que polariza del lado del oyente la restitución de sentido y razón a las formaciones del inconsciente, esas que permiten filtrar o decir a medias el deseo a través del muro del lenguaje: “el no diálogo encuentra su límite en la interpretación” (Lacan, 1971, p. 551).

Las herramientas que proporciona la teoría cuántica de la información para pensar las in-formaciones del inconsciente en 2019 han sido poco exploradas. También señalo nuestro propósito en este año, de traer al discurso analítico las herramientas de las que nos informa el análisis del discurso, particularmente desde la obra de Jacqueline Authier. Señalo, a título de muestra, el capítulo: “De la explicitación máxima a lo interpretativo” (Authier-Revuz, 2013). Allí explica distintas formas en que, decir menos, es decir más, y viceversa.

 

 

Notas de autor

1. En el mismo capítulo de Le moi dans la théorie de Freud et dans la technique psychanalytique, llamado “Le circuit”, Lacan juzgó la máquina de calcular más peligrosa para el hombre que la bomba atómica. En efecto, ha resultado más peligrosa y también más revolucionaria.

2. Recuerdo el chiste reiterativo de un investigador mayor y de derecha, que solía decir, cuando veía a un ayudante atascado en su tarea: “¡cómo pienso!, estoy herrado”. Advertí, entonces, que los burros, que suelen estar “herrados”, para “ser”, y permanecer burros, comen “pienso”.

3. Las traducciones del francés son del autor.

4. Por ejemplo James Joyce, para quien el padre (a quien jamás criticó, según Colette Soler) no fue un referente metafórico, jugó sus fichas en el rechazo del nombre del padre, sino más bien en dejarse incautar de otro modo por sus referencias ancestrales comunes. Retomó en su obra maestra del inconsciente a cielo abierto, desde sus primeros textos hasta Finnegans Wake, los patterns ancestrales que le llegaron en gaélico, en latín, en griego, y en tantos otros canales de transmisión. Los no incautos erran, yerran, herran. Joyce la pegó, fue el autor literario más importante del siglo XX, y habló todo el tiempo de les-noms-du-père a la manera de les-non-dupes errent, que en francés es homófono. Shannon hace mención explícita de la cantidad de información que emplea Joyce en la elaboración de su obra, midiendo la cantidad de palabras que emplea: unas 40 veces superior a las que consigna un diccionario inglés corriente: “to extremes of redundancy in English prose are represented by Basic English and by James Joyce’s book ‘Finnegans Wake’. The Basic English vocabulary is limited to 850 words and the redundancy is very high. This is reflected in the expansion that occurs when a passage is translated into Basic English. Joyce on the other hand enlarges the vocabulary and is alleged to achieve a compression of semantic content” (1948, p. 15).

 

Referencias

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3ra Edición - Diciembre 2019
 
 
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